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Natalia Springer

¿Hacia una guerra nuclear?

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¿Estamos cerca de una guerra nuclear? Desde hace apenas un par de semanas está circulando un ensayo de la reputada académica Margaret MacMillan, que está generando gran inquietud, especialmente en Washington. En un argumento muy provocativo, MacMillan sugiere que, entre otros, la falsa sensación de seguridad, el auge de los nacionalismos y las grandes fallas en el liderazgo global nos han llevado a perder de vista que el planeta entero se encuentra en una situación asombrosamente similar a aquella que se configuraba en 1914, antes de la Primera Guerra Mundial (ver The Rhyme of History. Lessons of the Great War. Brookings Institution, december 2013)

No quisiera repetir los argumentos de MacMillan, sino recomendar su lectura, y más bien contestar uno de los pilares de su argumentación. Sí, en efecto, la gran cuestión de nuestro tiempo es la posición de la China como potencia y si esa posición constituye una amenaza para la estabilidad y la seguridad globales, pero no cabe duda de que lo preocupante no es su política exterior, sino su situación interna.

No existe tema de más trascendencia en el siglo XXI que la futura dirección de la República Popular China. La segunda economía mundial después de la de Estados Unidos tiene las reservas de divisas más grandes del mundo. Tan solo en 2013 el comercio exterior chino alcanzó un volumen de 4,170 billones de dólares y superó así la meta de 4 billones anuales y también y reemplazó a Estados Unidos como primera potencia comercial. Si este desarrollo continúa, en un par de años China se convertirá en la primera economía del mundo.

Pero, mientras su crecimiento económico sigue en auge, el rumbo político es incierto. Eventos recientes, como la declaratoria unilateral de una zona de identificación de defensa aérea (ADIZ) en el mar de China oriental, que se extiende sobre islotes reclamados por Japón y por Taiwán; la introducción de nuevas reglas que prohíben la pesca sin permiso de las autoridades chinas en una extensa área del mar de China meridional reclamada por Pekín –condenadas por “provocativas y potencialmente peligrosas” por Estados Unidos–, y la activa campaña que China mantiene para extender su ya notable influencia en África encajan todos en una percepción de la República Popular como una potencia determinada a cambiar rápidamente el statu quo y, por ende, como un desafío para la hegemonía estadounidense.

El régimen comunista es frágil y –luego de la represión del movimiento democrático en 1989 y la caída de la Unión Soviética– le teme a su propio pueblo. Como consecuencia, el Partido Comunista de China conserva su secretismo, influencia omnipresente e impenetrabilidad. Mantiene un control férreo sobre la economía industrial, las fuerzas militares y los gobiernos locales. La corrupción y la tensión entre la descentralización y el control centralizado son temas recurrentes y se pusieron de relieve en el manejo dado por el Partido Comunista de China al caso Sanlu y a los numerosos escándalos de corrupción, de los cuales la caída de Bo Xilai en 2012 fue solo el más visible.

Pero el factor para observar es el fracaso de las reformas políticas. Estas estaban destinadas a frenar el poder arbitrario de los jefes locales y a mejorar la rendición de cuentas de los funcionarios ante el público, pero fueron frustradas por una combinación de intereses burocráticos, principios organizativos y prácticas arraigadas, como los traslados regulares de los secretarios de la organización política, que eliminan a los funcionarios reformistas de la escena. El temor del Partido Comunista chino de perder el control logró paralizar las medidas en favor de los intereses de las élites locales.