• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Elías Pino Iturrieta

La guerra a muerte

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

epinoiturrieta@el-nacional.com

La historiografía no le ha metido el diente como es debido a la Proclama de Guerra a Muerte, dictada por Bolívar en Trujillo el 15 de julio de 1813. De allí que, pese a su anacronismo y a la atrocidad de su contenido, todavía sirva de inspiración para las luchas actuales. Ahora se intenta un comentario diverso del documento, para lo que pueda tener de utilidad.

Cuando Bolívar acepta la ayuda de Cundinamarca para la invasión de Venezuela, en 1812, se compromete a restaurar las instituciones del primer proyecto republicano. Ha criticado sin reservas ese proyecto en documento anterior, el Manifiesto de Cartagena, pero acepta las condiciones de sus patrocinadores antes de llevar a cabo la triunfal campaña que lo lleva a Caracas y le concede el título de Libertador. En el comienzo de la Proclama insiste en la necesidad de volver a los pasos ponderados del primer ensayo de república, pero traiciona el propósito con la sentencia abrumadora con la cual culmina: “Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de América. Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables”. La inmolación y la benevolencia, dispensadas en forma genérica y arbitraria, no hacen memoria de la literatura condescendiente de los padres fundadores, ni de la obligación que adquirió con sus promotores de la Nueva Granada antes de iniciar los combates. ¿Por cuál motivo, si está en capacidad entonces de revelarlo? Un texto que escribe en Mérida, el 8 de junio, ofrece la respuesta: “Todas las partes del globo están teñidas de sangre inocente, que han hecho derramar los feroces españoles (…) ellos desaparecerán de América, y nuestra tierra será purgada de los monstruos que la infectan”. Habla de un conflicto universal entre la maldad de los españoles y la virtud de sus víctimas, sin contemplar matices, y de la necesidad de saldar en Venezuela una cuenta relativa al género humano. Si se requerían argumentos especiosos para ordenar una escabechina, este puede con creces ocupar primera plana.

¿Existía ya la guerra a muerte en Venezuela? Desde luego. La inició Monteverde y la multiplicó Boves hasta extremos de espanto, pero nadie la había consagrado en un documento público que se sentiría como orden terminante, como brújula destinada a orientar los movimientos de la autoridad que se abre paso. Como la medida no pretende restaurar la reciente legalidad republicana, sino borrarla de la faz de la tierra, la aparición de reproches sobre las intenciones de quien la suscribe encuentra tierra abonada. Contra tales reproches, muchos historiadores han supuesto la existencia de una esencial justificación política: la necesidad que tiene Bolívar de deslindar las posiciones de la sociedad frente a la Independencia. Si hubiera sido el caso, fracasa del todo. En cuestión de un año la república se esfuma por la falta de apoyo popular. El deslindador no deslindó nada.

Pero logró un objetivo primordial: convertirse en dictador. Desconoció los poderes anteriores y resumió toda la autoridad en su persona, mediante un plan de gobierno provisorio que le permitía el ejercicio del poder exclusivo partiendo de un principio de origen jacobino: el imperio de la “voluntad general”, es decir, de lo más parecido a la aguja que no puede aparecer en el pajar de una sociedad negada a ser republicana. En el ejercicio de la avasallante potestad, en febrero de 1814, ante la amenaza de las huestes de Boves ordena la muerte de los prisioneros y los enfermos realistas que se encuentran en la fortaleza de La Guaira. Ochocientos hombres son pasados por las armas en el lapso de dos días, una carnicería que mella el filo de las espadas por mandato de la “voluntad general”. Después la república se derrumba otra vez.

Hay que mirar con prevención un documento como el que ahora apenas se ha comentado en algunos de sus puntos, y sobre el cual conviene volver con detenimiento. No solo porque es una obligación de la historiografía profesional, aun ante el caso de testimonios a los que se ha concedido el carácter de evangelio republicano, sino porque también nos puede librar de la calamidad que significa el que ahora, en nuestros días, una masa de combatientes lo tome como fuente de inspiración.