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Mario Guillermo Massone

La guerra económica real

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La guerra es real. La ejecuta el Estado venezolano en contra de un enemigo: los venezolanos.

En la Venezuela de hoy toda empresa exitosa es sospechosa, pues el socialismo totalitario no comprende el éxito, ya que el éxito es fruto de la libertad. Además, el éxito de una empresa privada –i.e. Día a Día, Farmatodo– crea una sombra sobre el fracaso de las moribundas empresas públicas, que una vez brillaron con luz propia –i.e. Cada, Diana– antes de ser expropiadas.

 “El proceso” ya fracasó. Fue un verdadero proceso de destrucción nacional. La ideología roja llevó a cabo la titánica tarea de destruir al país con otrora más riqueza del continente sudamericano. Y lo hizo de principio a fin.

Ahora quedan escombros por doquier. Están hechos de todas las tierras y todas las empresas exitosas, que hoy son apenas un recuerdo en la memoria colectiva de los venezolanos. Entre las ruinas quedaron en pie Farmatodo y Día a Día, gracias a las cuales más o menos se resolvía. Pero eso también es pasado. El poder innoble las invadió y las saqueó.

Porque hoy, en Venezuela, la ley es el arma para asesinar las libertades y sus frutos. El malandraje del Estado ha sido legalizado, entre otras, en la Ley de Precios Justos. La conducta del poder es hoy la conducta del hampón. La conducta del gángster en el poder. A una burda invasión se le da el argot legal de ocupación temporal. A un descarado saqueo le llaman venta a cielo abierto. Al desvío de un camión de alimentos de Polar, al delito de robo según el Código Penal, a eso como que no le encuentran un nombre para la conducta delictual cometida por esos funcionarios públicos.

Las colas son el resultado directo de la escasez. En derecho, es una relación causal. El Estado venezolano actual, esta asociación de forajidos en el poder, culpa a los dueños y gerentes de los establecimientos por la existencia de colas a sus afueras. Esto es lo propio del totalitarismo: culpar al inocente de los actos propios. Porque al ser las colas el resultado de la escasez, y la escasez, a su vez, el resultado directo de la acción del Estado, el único culpable de las colas es el Estado. Lo peor es que es una culpa con dolo, es decir, con intención.

El ataque al capitalismo ha sido una forma soterrada de anular la libertad. Toda empresa privada es en este momento enemiga pública del Estado. Ya no hay caretas. La guerra es frontal. El ejercicio del poder va por la destrucción nacional absoluta. Que no quede nada en pie y todo en ruinas parece ser la orden.