• Caracas (Venezuela)

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Ignacio Ávalos

Los grillos del presidente Maduro

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I.

Los problemas se multiplican más que los panes. Hay unos problemas visibles y muy sonoros: el brete eléctrico, la inflación, el desabastecimiento, la inseguridad, la corrupción, la escasez de dólares, el estado de los hospitales, la falta de medicinas, las refinerías. Hay otros, en cambio, que se ven menos y suenan menos, a pesar de que son muy importantes: la alta tasa de adolescentes embarazadas, la crisis universitaria, los ataques a la privacidad ciudadana, la situación de las cárceles.

 

II.

Contamos con un gobierno que no sabe mirar sus responsabilidades y sus culpas. Que ha hecho del golpe de Estado, el magnicidio, el sabotaje, el imperio y la derecha, categorías que sirven para explicar lo que nos pasa. Un gobierno que trata de versionar la realidad para que no parezca lo que es. Que ignora que los números no mienten y manipularlos es suicida, así se logre engañar a la FAO. Que no oye a algunos de sus propios funcionarios, los que le hablan de la realidad, dado que son unos “pragmáticos”. Tenemos, en fin, un gobierno presumido ocupado de su propio gran ombligo y confiscado por un discurso, el del presidente Chávez.

 

III.

Los problemas, los visibles y los no tanto, vienen, cualquiera lo sabe, del gobierno anterior. Son el producto de una manera de entender la sociedad. La consecuencia de haber abandonado un proyecto que inicialmente asomaba como respuesta necesaria a un país desacomodado política, económica, social e institucionalmente. El resultado de no haber tomado en serio la caída del muro de Berlín y de no haberse asomado a las ideas que se cocinaban en la nueva izquierda. El corolario del autoritarismo político, el arrobamiento ideológico y el espejismo de una economía sonriente, navegando en aguas petroleras tranquilas.

Esos problemas terminan, pues, con la historia de un gran líder mesiánico, que fue capaz de sacudir al país y cuyo otro gran logro fue un discurso social que no podrá hacerse a un lado. Un discurso que se tradujo en avances importantes, aunque menos de los que se esperaban, menos de los que se hubieran podido alcanzar y menos consolidados de lo necesario, visto los alfileres de donde han quedado prendidos. Un discurso, pues, que no sirvió para cambiar los cimientos de este país rentista, institucionalmente mal armado, socialmente vulnerable.

 

IV.

Menuda tarea la que le toca al presidente Maduro, y, por si fuera poco, Chávez olvidó dejarle el chaleco antibalas de su carisma, el que lo protegía de los disparos provenientes de la estadística. Tiene, pues, que reconocer la necesidad de desandar caminos. Admitir que el país no va bien por donde está yendo. Que el libreto que heredó no sirve para encarar el futuro. Que los vientos de la época soplan en contra. O, en palabras más crudas, debe suspender el pago del peaje de la fidelidad a ultranza y aceptar que el líder máximo no fue infalible y el testamento plasmado en el Plan de la Patria equivale casi a una calle ciega.

Pero cómo hacerlo. Cómo criticar al líder y enmendarle la plana, soltarse los grillos que lo atan a un “proceso”, varios de cuyos motores se fundieron. Cómo hacerlo, si el líder cuestionado es la fuente de su poder. Cómo llevarlo a cabo desde la debilidad de su liderazgo. Cómo sin que parezca un gesto de Judas. Cómo, después de que ha corrido tanto culto a la personalidad bajo los puentes chavistas.

Así las cosas, ¿sabrá el presidente Maduro que su gestión depende de la capacidad que tenga para alejarse parcialmente del proyecto de Chávez? ¿Sabrá, además, que se trata de una empresa riesgosa, que si lo hace los feligreses chavistas lo estarán esperando en la bajadita? Y, sobre todo, ¿sabrá que para salir bien librado del trance requiere entenderse con el “otro país”?

 

Harina de otro costal

Hasta no hace mucho, para nosotros dejar de ir a un Mundial era resignación. Pero, las cosas han cambiado. La Vinotinto dejó de ser “out por regla”. Cuando gana no es casualidad. Y si pierde es porque el rival puso afán y sudor. Por eso la tristeza, luego de la derrota ante Chile. Tres goles nos mudaron la ilusión de Brasil a Rusia, del año 2014 al 2018.

Parece que aún nos falta. Habrá que cambiar las cosas, dice uno, futbolista de a pie, al que, como a muchos otros, ya no le queda ni una gotica de resignación.