El Nacional

• Caracas (Venezuela)

Opinión

Tulio Hernández

La gran tejedora

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En la misa con la que se despidió a María Teresa Castillo en el Cementerio del Este, el padre Rafael Baquedano dijo cosas entrañables sobre lo que había significado para Venezuela la vida de aquella mujer excepcional.

Entre ellas, elevó una plegaria particular que, a mi humilde entender, resume magistralmente lo que han sentido por esta mujer varias generaciones de venezolanos.

"Ayúdanos, señor, para hacer que María Teresa entienda aquello que nuestros corazones aún no han aprendido a pronunciar", pidió el sacerdote cuando el oficio estaba a punto de concluir.

Cito de memoria y corro el riesgo de no ser fiel a las palabras originales. Pero encuentro en su sentido metafórico que la frase, además de recordarnos el gran enigma de la muerte -con el que nunca terminamos de entendernos a pesar del bálsamo de las religiones-, y de reiterar la dificultad humana para abarcar a plenitud y nombrar el milagro de la vida -a pesar de la ayuda que siempre nos da la palabra poética-, viene a subrayar la sensación de que nada de lo que digamos sobre la vida de María Teresa, ninguna forma verbal de la gratitud, es suficiente para devolverle en su justa medida todo lo que ella repartía por doquier.

Vale el lugar común: las palabras no nos alcanzan, no son suficientes.

Enamoramiento colectivo, quisiera llamar al sentimiento mayor que María Teresa generaba. Un enamoramiento que persistió y sobrevivió incluso en la última década del siglo XX, cuando en Venezuela todos los prestigios y los liderazgos tradicionales se hacían trizas y el descreimiento en las instituciones y sus autoridades fueron sirviendo la mesa para el arribo del liderazgo personalista y el retorno del militarismo que hoy nos aflige.

¿Cómo explicar ese enamoramiento? Más allá de la enumeración de las distintas actividades que le confieren tanto valor a su vida, creo que es necesario hurgar en dos condiciones. La primera, el hecho que desde muy joven María Teresa, así , a secas, como la llamaban todos, estuvo destinada a vivir en el pleno corazón de los grandes acontecimientos políticos y culturales que fueron transformando a Venezuela a todo lo largo del siglo XX: la gesta de la generación del 28; el inicio de la incursión de la mujer en la actividad política y la defensa de sus derechos; el nacimiento del Partido Comunista; la primera promoción de periodistas egresada de una universidad del país; la creación de las primeras élites intelectuales de la democracia; y la aparición de la institucionalidad cultural moderna expresada en la conversión del Ateneo de Caracas en el más importante e innovador centro cultural del país.

a segunda condición remite al hecho de que si bien pudo haber vivido esos procesos sólo como testigo de excepción, María Teresa optó por el camino de la acción y del compromiso convirtiéndose en referencia venezolana de una de las grandes revoluciones del siglo XX: la irrupción de la mujer como protagonista de la vida pública que, hasta bien entrado el siglo XX, había sido territorio exclusivo de los hombres.

Donde podemos detectar mejor la mezcla de esas dos condiciones es en su matrimonio con Miguel Otero Silva y en su dedicación al Ateneo de Caracas, su gran obra. Una vez casada con el prestigioso escritor, copropietario y editor del diario El Nacional, María Teresa pudo haberse dedicado a cultivar la paz beatífica del hogar y la vida social a la que estaban destinadas por esa época la mayoría de las mujeres de su condición social.

Pero no fue esa su elección. Por esa razón, a partir del derrocamiento del dictador Pérez Jiménez y el inicio de la difícil construcción de la democracia, la vemos conduciendo frenéticamente el proceso de conformar una institución cultural de vanguardia en el contexto latinoamericano, el Ateneo de Caracas, de donde surgen, entre tantas otras cosas, el teatro profesional venezolano y el primer festival nacional de teatro, la primera escuela de cine, una revista de alto vuelo literario y mirada continental llamada Papeles, dirigida por el gran poeta y filósofo Ludovico Silva, y su obra mayor, el Festival Internacional de Teatro de Caracas.

Pero lo más importante que se conforma en el Ateneo no son obras y agrupaciones sino, por primera vez en Venezuela, la conciencia de que el pluralismo debe ser correlato cultural de la democracia, la idea consagrada en la Constitución de que la creación cultural es libre y el Estado debe apoyarla mas no controlarla y, promovida personalmente por María Teresa con el respaldo de Otero Silva, la apertura y la solidaridad con los países que por ese momento -hablamos de las décadas del sesenta, setenta y ochenta del siglo XX- viven momentos trágicos con la persistencia o el retorno de dictaduras militares que persiguen y mandan al exilio a activistas políticos, intelectuales y artistas.

Para muchos de ellos el Ateneo fue su nueva casa, María Teresa el hada protectora y las asociaciones de solidaridad, con Chile, Argentina y Uruguay, y muy especialmente con la Nicaragua que por entonces luchaba contra la dictadura de Somoza, el instrumento de organización por ella presidido.

 En 1989 fue nombrada diputada del Congreso Nacional. Apenas entra en funciones se crea la Comisión de Cultura y María Teresa, de nuevo en condición pionera, es nombrada su primera presidenta. Tuve la suerte de pasar a formar parte del equipo técnico de la Comisión en condición de asesor y pude comprobar, ahora muy de cerca, las razones de su prestigio.

Para el momento, la nueva diputada ya había arribado a los 80 años de edad y cualquiera podría pensar que el nuevo rol iba a ser ejercido como una especie de cargo honorífico.

No fue así. Con la misma pasión de toda la vida la diputada Castillo se tomó el cargo a plena responsabilidad.

Promovió nuevas leyes, como la de artesanía, y la reforma de otras, como la de cinematografía.

 Viajaba por el país a inspeccionar personalmente la situación de edificaciones patrimoniales. Visitaba cárceles de alta peligrosidad para conocer de cerca la situación de programas como el de Teatro Penitenciario.

Hacía intervenciones en Cámara solicitando incremento del presupuesto de cultura. No descansaba. Fue cuando entendí las razones profundas del enamoramiento colectivo. Hay quienes creen que el enamoramiento provenía sólo de sus dones personales, su calidad humana, bondad inmensa, generosidad sin límites y trato por igual a todos no importa su clase o condición.

Hay también quienes creen que viene de cierta ingenuidad o inocencia de su parte que la llevaba a tolerarlo todo. Que por esa razón se relacionaba muy bien, igual con Fidel Castro que con Rómulo Betancourt. Con los artesanos sentados en el piso del edifico del Ateneo que con Tomaz Pandur o Mario Vargas Llosa. Con Carlos Giménez, escandalizando al poder cuando desnudaba a actores en escena, que con Rafael Caldera quien prefería que fuesen vestidos.

Creo que se equivocan. María Teresa hacía política pero no era lo que se conoce en Venezuela como un político profesional. Tenía opiniones muy bien formadas y las daba, pero no era en sentido estricto--tampoco presumía de ello- una crítico de arte ni una intelectual pública. Fue una protectora y promotora de las artes, pero su rol no puede limitarse al de una coleccionista, una mecenas, ni siquiera lo que hoy se conoce como una gerente o una gestora cultural.

 Cualquier intento de calificar su actividad corre el riesgo de simplificarla. Porque en realidad María Teresa, que conocía con exactitud el lastre del sectarismo, la intolerancia y las dificultades venezolanas para el diálogo entre diferentes lo que más quiso, lo que ofició con inmenso amor, era ser una tejedora.

Una gran tejedora y constructora de puentes. Una tejedora de redes para que las cosas, los proyectos, los afectos, fluyeran.

Ese fue su gran aporte. Lo define muy bien Rubén Monasterios cuando dice que el gran trabajo de María Teresa fue crear "las condiciones para que otros realizaran sus propias obras. Una forma de creación discreta.

Pero también quizá la menos egoísta que pueda concebirse". Se acaba el espacio y termino titubeante a conciencia de que se quedan en el teclado cosas que mi corazón tampoco ha aprendido a pronunciar.

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