• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

En el prólogo a su novela Boves el Urogallo, Francisco Herrera Luque se refería a la Venezuela colonial como “un hervidero de odios”, producto del sistema de castas predominante que tanto influyó en los episodios más oscuros del proceso independentista. Desde luego, no es necesario ahondar en los detalles del período histórico que trata la obra para afirmar que es una metáfora terriblemente precisa. Hoy por hoy, a 200 años de Boves, las castas han quedado para la enciclopedia escolar y su infame posición en el desarrollo social encontrado sustitutos a lo largo de nuestra historia republicana. Sin embargo, y a riesgo de parecer extremista, me atrevo a afirmar que la imagen del hervidero de odios vuelve a tomar vigencia –si es que en algún momento la había perdido realmente.

Basta con mirar retrospectivamente el muy atropellado desarrollo político, económico y social de este país, pasearse por las dictaduras, por los gobiernos casi efímeros de algunos y por el corto período democrático para darse cuenta de que el descontento que invariablemente veníamos arrastrando fue prácticamente reciclado, nunca destruido sino transformado, y que la falta de atención hacia un verdadero proceso de reconciliación nacional nos entregó en las puertas del siglo XXI con un resentimiento social  que ya se había mudado del espacio racial y que, pasando por el plano económico, finalmente encontró casa en el espacio político e ideológico.

Sería precisamente la revolución bolivariana la que con su carácter populista habría de exacerbar esta característica para nutrirse significativamente de ella enarbolando un discurso violento, que bajo cualquier episodio de crisis nacional tendría siempre un objetivo constante: la identificación de un enemigo, bien fuese el imperio norteamericano o la “rancia oligarquía criolla”. Pero el solo discurso no era suficiente para entretener a las masas y convencerlas del papel determinante que jugaban en el belicismo de las ideas revolucionarias, y es así como el gobierno da rienda suelta a la creación de las nuevas milicias y la aceptación y apoyo a colectivos de civiles armados, junto con una creciente inversión en armamento militar, que al ensalzar las virtudes de la fuerza y el conflicto por encima de las ideas y la razón dan una aureola de naturalidad a la atmósfera de insensata violencia en que estamos sumidos.

Es esta la Venezuela a la que ha de hacer frente Nicolás Maduro tras las elecciones de abril de 2013. Una nación que ha recibido como herencia de Hugo Chávez una crisis económica, un archidenunciado proceso de descomposición social, un sectarismo creciente y, desde luego, la joya de la familia: el innegable rechazo a aceptar al contrario como individuo, ciudadano y ser pensante. Ante tal escenario las estrategias para afrontar la administración de la miseria eran más que diversas, pero solo había dos caminos posibles a escoger: mantenerse bajo la sombra del difunto presidente intentando calcar su esquema político (lo que no es tarea fácil) o mantenerse al amparo de la imagen chavista mientras abre las puertas al diálogo y al reencuentro nacional. Lo primero le aseguraría la incondicionalidad de las bases más radicales del chavismo, lo segundo le daría la oportunidad de, si bien no atraer a la oposición, al menos ganar cierto nivel de aceptación que le proporcionaría mayor gobernabilidad en medio del caos y, ¿por qué no?, le permitiría convertirse en un reconciliador.

Tanto el presidente Maduro como su entorno, siendo conscientes de esto, intentaron producir una aleación de ambas posibilidades que, probablemente esperaban ellos, contentase a las masas ingenuas calmando los ánimos de unos y manteniendo vivo el ardor revolucionario de otros. El resultado ha sido un completo desastre: invitaciones a diálogos televisados donde se hace alarde de voluntad de cooperación para volver a la prédica descalificativa y hostil, el lanzamiento de un plan de paz en el que se invita a la participación de la oposición y se le corteja con programas de seguridad para luego regresar a las acusaciones de fascismo y hasta nazismo donde los gritos y las pataletas no dejan ver luz al argumento sólido.

Si el tal plan era una muestra auténtica de preocupación e intención con respecto al conflicto generalizado, tuvo muy mal estreno. No había terminado de ser presentado el plan de pacificación cuando las protestas estudiantiles a lo largo del país se convirtieron en el nuevo enemigo nacional según la lógica del Ejecutivo, el supuesto diálogo para desarme de grupos criminales y violentos que contemplaba aparentemente no tenía intención de incluir a los colectivos armados que en palabras de la ministra Iris Varela “son el pilar para la defensa de la patria”, y como tal ha quedado demostrado ante el desdén con que el Ejecutivo trató las muertes de Bassil Dacosta y Robert Redman. Estudiantes asesinados, estudiantes heridos, estudiantes secuestrados, estudiantes apresados, estudiantes torturados a manos de las fuerzas armadas nacionales, bajo el innoble argumento de la legítima defensa, son las primeras víctimas del proceso de pacificación. Al ensañamiento contra la juventud se suma la persecución de líderes políticos, la privación de libertad de uno de los principales líderes opositores y el llamado continuo al hostigamiento y represión de cualquier manifestación opositora, lo que le ha costado la receptividad por parte de una sociedad civil que no ha vacilado en salir a la calle y manifestar descontento e incluso renovado resentimiento social.

Es así como en medio de un escenario controlado por el caos asistimos a la inauguración de algo más que la dramatización de una lucha por la paz. Aquel que hace unos días pretendía dejarse ver ante el país como un pacificador ha mostrado ahora al mundo, con pulso no muy firme, que no es ese su mejor papel y que su mayor cualidad está no en el puño de hierro sino en la capacidad de hacer mofa de las exigencias democráticas y evadir la responsabilidad inherente a su cargo. De este modo, el desdén y la indiferencia ante una sociedad que pide justicia nos llevan al punto de partida de este artículo y nos sitúan en el momento histórico en que se aviva el fuego para poner una vez más en ebullición este hervidero de odios.