• Caracas (Venezuela)

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Antonio Sánchez García

La gran mascarada

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“El comunismo se había visto empujado a no engendrar más que miseria, injusticia y masacres. No por traiciones o infortunios contingentes, sino por la propia lógica de su verdad profunda. Esa era la revelación de 1990. La historia condenaba, más allá del comunismo real, la idea misma de comunismo”. Quien lo dice y lo publica en una deslumbrante requisitoria contra la supervivencia de la utopía socialista, a pesar de la irrebatible demostración de la catástrofe inevitable a la que conducía y de cuya zarrapastrosa versión caribeña llevamos 14 años sufriendo “su miseria, su injusticia y sus masacres”, es el filósofo e historiador francés Jean François Revel en su libro La gran mascarada, editado en el año 2000 en París y, en la misma fecha en España, por la editorial Taurus. Un libro que debiera constituir lectura obligada de quienes nos vemos sometidos a la forma más perversa, criminal y marginalizada del comunismo, el que pusiera en pie Fidel Castro hace 55 años y debiera ser el modelo demostrativo de la estafa más monumental del siglo XX. Arrastrar a un pueblo entero, con territorio incluido, a los infiernos, embobado o convencido a fusilamientos en la ingenua y estúpida creencia de que iba al paraíso.

La implosión del socialismo por motivos de su congénita imposibilidad de existencia arrastró a la debacle y posterior desaparición de todos los satélites de la Unión Soviética luego de la caída del Muro de Berlín en 1988. Se extinguió como por arte de birlibirloque el más cruento y estúpido experimento de ingeniería social de la historia humana. Pulverizando en sus probetas a más de 100 millones de seres humanos. Sobrevivió China, que lanzó al basurero toda la ferretería ideológica de la igualdad absoluta y se abalanzó al más despiadado capitalismo salvaje, manteniendo en pie su única verdad: el terror del Estado dictatorial para conseguir sus propósitos imperiales así sea sobre otros millones de cadáveres. Y dos excrecencias museísticas: Cuba y Corea del Norte. El socialismo había muerto.

Pero como si de una pandemia proveniente del espacio intergaláctico se hubiera tratado, bastó la década de los noventa para que esa brutal certidumbre se esfumara de la conciencia colectiva y volviera a renacer de entre las cenizas todavía humeantes del socialismo real. Los mismos intelectuales que en 1990 se volvían desesperados al liberalismo como hacia la eterna fuente de la juventud y al mercado como el Deus ex Machina de la civilización recayeron en el ensueño de la utopía. Dado que lo real les había dado una lección sangrienta, volvían al universo de las ideas a reparar daños y perjuicios. Como bien lo categoriza Revel: “Liberados de la inoportuna realidad, a la que además negaban toda autoridad probatoria, los fieles volvieron a encontrarse con su intransigencia. Se sintieron por fin libres para volver a sacralizar sin reservas un socialismo que había vuelto a su condición primitiva: la utopía. Pero la utopía, por definición, es imposible de objetar. La firmeza de sus guardianes pudo volver, pues, a no tener límites desde el momento en que su modelo no era ya realidad en ninguna parte”. (François Revel, La gran mascarada, Taurus, 2000, Madrid, pág. 19).

 

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Mientras, en Moscú, capital del socialismo en ruinas arrasada por mafias y nido exportador del crimen organizado, única sobrevivencia del pasado, los bolcheviques más obstinados habían decidido fundir leninismo y religión en un solo manojo de estulticias. Con pendones de Cristo y pancartas de Lenin se reunían dominicalmente en el Kremlin, rodeados de toda la dorada parafernalia ortodoxa, para rezarle a Cristo Lenin, o a Jesús Ulianov. El crudo y maquiavélico realismo de Fidel Castro acometió una tarea semejante. Volvió a gritar una vez más la Unión Soviética ha muerto, viva el socialismo soviético. Y poniendo manos a la obra pasó toda la década en la misma tarea, como ordenada por un Ser Supremo de talante hegeliano, que vigila y administra al espíritu del comunismo universal: el comunismo ha muerto, viva el comunismo. Por cierto, un comunismo que no tuvo jamás del comunismo clásico más que el campo de concentración y la tiranía totalitaria.

Fue la década del montaje de la contraofensiva de las mismas porfiadas y tenaces fuerzas de la barbarie travestida de materialismo dialéctico que, sin la menor consideración a los catastróficos efectos reales de la porfía rojo rojita, reagrupaba sus fuerzas en desbandada, ante un liberalismo carente de las más mínimas previsiones ante un cadáver insepulto, que creía carne podrida de perro muerto, digna de chacales. Estados Unidos creyó resuelto el conflicto ancestral entre el bien y el mal con la desaparición del mal para reiniciar el reparto como si el planeta fuera una hacienda en liquidación. Mientras se agudizaba el conflicto en el Cercano Oriente y las tribulaciones de afganos y pakistaníes daba pábulo a incursiones de paracaidistas y comandos hollywoodenses, ni una sola mención a América Latina. Lo recuerdo como si fuera hoy: uno de los últimos mensajes a la nación de George Bush hijo no contuvo una sola palabra dedicada al patio trasero. Recuerdo haber llamado casi a medianoche escandalizado a Simón Alberto Consalvi, que luego de escuchar mi descarga en silencio zanjó el disgusto con su peculiar y salomónico estilo: “Antonio, nos lo merecemos. Los latinoamericanos no nos merecemos más que el silencio de Estados Unidos”. Y no se crea que estábamos en jauja: el parrillero de Sabaneta ya nos daba vueltas en el asador. Y las gotas de grasa chisporroteaban.

Tenía absoluta razón. Por esos años existía una entidad llamada Coordinadora Democrática, coordinada por el gobernador Enrique Mendoza, en una de cuyas comisiones –nada más y nada menos que la Comisión Política Asesora, a cargo de nuestro querido Alberto Quirós Corradi –hacíamos vida una serie de intelectuales que en rigor se sentían en la política como dice la Iglesia: “In partibus infidelis”, en país de infieles. Formaban parte de ella ilustrísimos venezolanos: Cecilia Sosa Gómez, Pedro Nikken, Alejandro Armas, Adolfo Salgueiro y algunos otros que iban de vez en cuando en plan más deportivo y festival. Como Teodoro Petkoff.

Inolvidable una discusión en que en medio del ardor por definir la extraña naturaleza del régimen frente al que nos encontrábamos más que desconcertados, osé mencionar, creo que por primera vez en ese foro, el concepto de “castrocomunismo”. Teodoro montó en cólera y bufó su desprecio por categorías ultraderechistas, indignas siquiera de ser consideradas entre gente decente.

Estábamos absolutamente inermes.

 

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Mientras buceábamos en nuestro naufragio intelectual, la izquierda latinoamericana avanzaba en su contraofensiva desde el Foro de Sao Paulo y ya había clavado las banderillas sobre el lomo de los Andes, en Venezuela. Sin importarle en lo más mínimo que la dictadura autocrática y militarista tuviera siquiera un asomo de marxismo leninismo, como el stajanovismo –récord de producción obtenido por trabajadores ejemplares, como Stajanov– o espíritu de sacrificio y trabajo voluntario: solo corrupción universal y a destajo, ocio garantizado y criminalidad a mansalva.

Todas esas discusiones acerca del sexo de los ángeles tenían lugar mientras el Foro de Sao Paulo llevaba una década entera preparando su ofensiva de dominio continental. Agarrados a un marxismo desfigurado hasta la caricatura, pero siempre aferrado a su única bomba de efecto inmediato: el rencor de clases, la envidia y sobre todo el odio a Estados Unidos, el antinorteamericanismo. Jurungando en las fuerzas armadas y hundiendo sus colmillos en nuestras crisis políticas endémicas, lo que le permitió iniciar la conquista de América Latina sin encontrar la menor resistencia de los partidos locales ni muchísimo menos del propio Estados Unidos, profundamente hundido en su autosatisfacción imperial. El Foro practicaba en cambio una política schmittiana pura, y se apropiaba de nuestros países sin disparar un solo tiro. El desiderátum de los grandes teóricos de la guerra. Descabezada Venezuela y dueña de sus colosales fuentes de ingreso petrolero, Cuba a través del Foro montó a Morales en Bolivia, a Correa en Ecuador, a Lula da Silva en Brasil y a Néstor Kirchner en Argentina. Daniel Ortega se hizo fuerte en Nicaragua y Honduras se libró por el coraje de su gente, atacado por todos sus flancos desde la OEA, Venezuela y Brasil. Paraguay, por las mismas causas. Por décimas de punto no conquistó México de la mano de López Obrador. Pero en cambio se hizo con el dominio de la OEA en la figura del socialista chileno José Miguel Insulza, que la puso descaradamente al servicio del hegemonismo neocastrista. Nunca antes el castrismo había logrado tal hegemonía regional. Y lo más admirable: mientras agonizaba. Al extremo de hacerse con el control de las dos naciones más importantes del subcontinente –Argentina y Brasil– e imponer el respaldo pleno o la neutralidad de los restantes países. Veremos qué sucede en Chile, mientras Venezuela entra en el limbo de las indecisiones.

Se verifica así en nuestros tristes trópicos una sangrante contradicción que nos hace merecedores del desprecio universal. Si la élite intelectual francesa de proveniencia marxista a la que se dirige Revel se refugia, ante el fracaso del socialismo real, en el abstracto reino de las utopías y se parapeta tras la barricada de las ideas, en Venezuela –y como lo demostrara y lo seguirá demostrando la gran mascarada de la OEA, en la región entera– se reafirma la vigencia del socialismo en medio de su más brutal fracaso, sobre los basurales de “miseria, injusticias y masacres” que dieran al traste con el socialismo real. Un mercachifle germano mejicano llamado Heinz Dieterich nos ha vendido la mercancía descontinuada del socialismo, al que, a pesar de su ya añeja fecha de vencimiento y el manifiesto estado de pudrición que la afecta, ha rotulado “socialismo del siglo XXI”. La pócima milagrosa.

No yace en los contenedores de Puerto Cabello, como carne podrida, leche avinagrada o medicamentos en estado de descomposición, sino en la mente añejada de unos estafadores que la han usado de coartada para robar a mansalva, reprimir en despoblado y asesinar con alevosía. O halar de las narices con promesas viles y vacuas a sus electores para seguir imponiendo sus escabechadas ideologías. No hay caso: tenía absoluta razón nuestro entrañable Simón Alberto Consalvi: solo merecemos el olvido.