• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Demetrio Boersner

El gran juego

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El conflicto venezolano, entre un pueblo sediento de libertad y una autocracia de doble raíz fascista y comunista, constituye un episodio relativamente aislado dentro del acontecer mundial. No formamos parte –como en los años sesenta y setenta del siglo pasado– de un conflicto global entre dos bloques estratégicos que, para bien o para mal, tomaban cartas en nuestras pugnas internas. Por ello, aunque tenemos interés en explicar nuestra situación y en recabar la solidaridad de otros pueblos, debemos tener claro que el mundo exterior no se siente vitalmente afectado por nuestra crisis y que, por ello, solo podemos contar con nuestras propias fuerzas para resolverla. 

Diferente es la situación mundial, que muestra un cuadro de interdependencias complejas, con tendencias hacia un nuevo orden de equilibrio pluripolar o “balanza de poder”. La crisis de Ucrania, distinta de la venezolana por cuanto tiene repercusiones globales inevitables, debería persuadir al Occidente de revisar la visión triunfalista y hegemónica que aún conserva desde los días del colapso de la URSS, pero que ya no refleja sus capacidades estratégicas reales, afectadas por la recesión económica mundial. En los años 1990-2000 las potencias occidentales no tendieron la mano a la Rusia poscomunista para integrarla en plano de igualdad y respeto al consenso globalizador-liberal prevaleciente, sino que invadieron y redujeron el espacio geopolítico tradicionalmente ocupado por esa gran nación desde hace varios siglos, tanto en su período zarista como en el soviético. Aprovechando la transitoria debilidad de Rusia, le arrebataron áreas de influencia en Europa del sureste y el Cercano Oriente y la cercaron estratégicamente, llegando hasta a amenazar sus flancos más sensibles al tratar de insertar la presencia de la OTAN en Georgia y en Ucrania. El gobierno de Putin (demócrata “imperfecto” pero no tanto como Chávez y Maduro) ha logrado rescatar la posición internacional que corresponde a Rusia por tradición histórica. Crimea (siempre rusa y de población rusa, pero cedida por Jruschov a los ucranianos en 1954 a cambio de sus votos para la sucesión de Stalin) es de importancia existencial para Rusia, pues garantiza su seguridad y su libertad de navegación. En cambio, para Occidente, no es vital, salvo como eventual parte de algún cuestionable plan de expansión económica y estratégica. Obama lo sabe y rechaza el concepto neoconservador de una renovada “guerra fría” y de acciones intervencionistas. Aprecia la oferta rusa de ayudar a estabilizar el Medio Oriente y Asia Central, y le espanta la (remota) posibilidad de que Rusia pudiese aliarse con China en contra de Estados Unidos. Sin embargo, está sometido a fuertes presiones y mucho dependerá de la capacidad, tanto de él como de Putin, de limar las asperezas actuales.