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Marcelino Bisbal

La gran estafa

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Para los que son aficionados al cine recordarán tres películas que tienen este mismo título. En 2001 aparece en las carteleras Ocean´s eleven, que fue conocida y popularizada en la cartelera como La gran estafa. Estupenda película dirigida por Steven Soderbergh con un elenco aún mejor: George Clooney, Brad Pitt, Matt Damon, Andy García y Julia Roberts. Vendría luego, en 2007, una comedia dramática dirigida por Lasse Hallström y que llevó por título también La gran estafa con Richard Gere, Alfred Molina, Julie Delpy y Hope Davis. Y más cercano a este 2014 se estrena en diciembre de 2013 American hustle, retitulada para Iberoamérica como La gran estafa americana y que fuera dirigida por David O. Russell.

Estas tres cintas nos presentan la historia de un grupo de estafadores brillantes, inteligentes, astutos, quizás amorales o con una ética  muy acorde con las situaciones a las que se enfrentan.

La comparación que queremos hacer no tiene nada que ver con el desarrollo de la trama de esas tres películas. Hemos tomado tan solo el título La gran estafa. A partir de allí veamos lo que ha sido para el país estos 16 años de un gobierno –uno es heredero del otro– que se bautizó a sí mismo como “revolucionario, transformador, democrático e indetenible”. Al menos así se define en el  documento que data de 1998, La propuesta de Hugo Chávez para transformar a Venezuela…una revolución democrática.

No se trata de reivindicar el pasado, aunque en él encontremos signos y ejecutorias que podemos y debemos rescatar. Porque si hemos llegado hasta aquí, producto de lo ocurrido en las elecciones de 1999, además aplaudido con entusiasmo por buena parte de nuestra sociedad, es porque ese pasado reciente republicano empezó a hacer aguas, empezó a naufragar cuando los gobiernos –electos por nosotros– le dieron la espalda a sus gobernados. Se olvidaron del “deber ser” de los partidos políticos y se conformaron con disfrutar de las mieles del poder y de las prebendas que le acompañan. Incluso una parte del país también le dio la espalda a su responsabilidad de exigir honradez y justicia a esos gobernantes electos. Tenía que ocurrir lo que sucedió: el advenimiento de unos aventureros militaristas y sectores de una ¿izquierda? anclada en el pasado, con sentido anacrónico, antihistórico, del mundo y de nuestra realidad. Ambos frentes coincidieron en un modo de pensar al país donde el diálogo crítico, horizontal y comunicacional era negado. Además se hizo presente el resentimiento social y el rencor, como producto del maniqueísmo funcional y estructural, al dividir a la sociedad entre buenos y malos, ricos y pobres, los que tienen y no tienen, oligarcas y patriotas, escuálidos y revolucionarios, puntofijistas y bolivarianos… paremos de contar.

La situación actual de Venezuela es francamente deplorable. El intento de establecer una “sociedad socialista”, no contemplada ni en el documento de 1998 presentado al país para transformar a Venezuela, ni en la Constitución, ha sido una suerte de fracaso tras fracaso. Allí están los indicadores de todo orden y naturaleza que dan cuenta de esta catástrofe. En fin, La gran estafa ha sido la idea de construir una nación y un Estado humanista, autogestionario, competitivo  y de justicia, tal como se esbozaba en aquel año de 1999, y absolutamente negado en la realidad del presente.

El show ya dura 16 años, es decir, 14 y medio de Hugo Chávez y 16 meses de Nicolás Maduro. El primero refería sus políticas con lenguaje de predicador y lo que decía una vez el periodista Jon Lee Anderson puede ilustrarnos: “Sus discursos pueden ser muy entretenidos, pero a veces cuesta saber si se cree lo que dice o simplemente se deja arrastrar por su propia retórica”. El segundo no tiene la capacidad de improvisar y la grandilocuencia de Chávez. Está atrapado por la herencia que le dejaron, es decir, la improvisación, la falta de higiene en el manejo de los recursos públicos, la incapacidad y la ineficacia y, sobre todo, por el autismo político. Haberes estos que el nuevo gobierno ha multiplicado con creces. Las palabras del historiador Elías Pino pueden ser clara evidencia del trastorno y de la experiencia inusual que nos está tocando vivir: “El solo verlos da cuenta de un espectáculo manido que, por desdicha, forma parte de las costumbres de los venezolanos. La tierra que llena la fosa no se puede mover como antes si en realidad se quiere efectuar un rito funerario, con paletadas  iguales a las que movieron trabajosamente quienes, hasta ahora, han proclamado la mudanza de una historia cuyos testimonios persisten hasta el punto de evitar la necesidad de ocultarse ante los observadores miopes”.

El des-orden es el resultado de esta Gran estafa. Al final, como en las tres películas referidas al principio, todo se hace evidente y se desarma la trama urdida. ¡Así será!