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Humberto Márquez

¿Por qué los gochos?

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Desde la invasión de Los Sesenta de Cipriano Castro el 23 de mayo de 1899, la rebelión estudiantil que estalló en San Cristóbal el pasado 5 de Febrero representa la mayor incursión del Táchira, como particularidad regional,  en la política de Venezuela.

En más de 50 centros urbanos del país se han registrado protestas callejeras masivas y generado más de 500 episodios de violencia, pero las del Táchira fueron no sólo chispa para el incendio de la pradera, según el proverbio maoísta, sino referencia nacional por lo masivas, por su vastedad social y geográfica, por lo contundentes, ingeniosas, desafiantes, y por lo tozudas.

The New York Times, CNN, El País, Radio Netherland, agencias de noticias… los medios internacionales han recogido en el terreno el vivo sentimiento de los tachirenses, que va desde el lamento por la postración del estado hasta el belicoso desafío a la autoridad nacional, así como la terca disposición de resistir y enfrentar la adversidad.

Por cierto, el presidente Nicolás Maduro, al instalar su Comisión de Paz, advirtió el riesgo de que factores colombianos animasen una posible escisión del Táchira. Como cuando el fallecido presidente Hugo Chávez alertaba sobre una media luna separatista en el occidente venezolano.

Aquí cabe volver a don Cipriano: cuando nacía el siglo XX, mientras en Colombia una rebelión con apoyo estadounidense amputaba Panamá, en Venezuela los tachirenses fueron a la guerra para todo lo contrario, para obligar al centralismo caraqueño a que los integraran y hasta quisieran.

Por cierto, allí nació lo de llamar “gocho” al tachirense. La palabreja designa al cerdo, según la Academia de la Lengua, y los caraqueños en venganza por el triunfo de Castro se la endilgaron a sus montañeses. Estereotipados, los “gochos” fueron blanco hasta de los malos chistes de laboratorio, pero también eso ha cambiado con la revuelta de estos días. Ahora los ven como héroes y hasta cartas con excusas les escriben desde otras regiones.

Los jóvenes que son la vanguardia de la rebelión en Táchira escriben en sus pancartas y cartulinas, en el asfalto y en el zinc de sus barricadas, en paredes y franelas, en sus rostros y en los mensajes que pueblan las redes sociales: “¡Somos gochos!” Proclaman así su entusiasmo, valor, pasión, beligerancia, ideales, su orgulloso amor por el terruño, y su terquedad.

¿De dónde les viene ese carácter? El gran periodista que fue Antonio Ruiz Sánchez escribió, al explicar la generación de Cipriano y las que le siguieron, que los muchachos tachirenses “hacían mandados y tomaban guarapo”. Guarapo era agua hervida con panela (papelón), que a muchos puso a salvo del paludismo que diezmaba a Venezuela, y los mandados, deber de todo niño en cada casa, significaba asumir responsabilidades desde muy pequeños y tomar decisiones que impactarían el quehacer de toda la familia, del hogar a horas de camino, a veces tras montañas y peligros. Así se incubaba un sentido de responsabilidad, de reflexión, de examen de los asuntos de interés común y de toma de decisiones y de su defensa, que hizo de ellos, ya adultos, tenaces combatientes en la milicia, la política y la vida ciudadana.

Otros autores se han paseado por la geografía tachirense y por la formación de su sociedad. La montaña convida a la reflexión, la paciencia, a la estrategia para encarar la Naturaleza y arrancarle sus beneficios, a la pisada segura para no resbalar y caer en el abismo. La sociedad se construyó, desde la conquista española, con preeminencia de la pequeña o mediana propiedad, escasísima población esclava, mestizaje de blancos con lo que fueron comunidades indígenas de raíz chibcha, una religiosidad intensa que se mantiene hasta nuestros días. Acumulan cuatro siglos de catolicismo practicante, de devoción a su virgen de la Consolación, de Táriba. Con todo ello se han dotado de un sentido de igualitarismo y de respeto a la autoridad y a las normas, con fundamento en méritos, criterios y valores, ideas concomitantes de libertad y orden. Amor al prójimo, cordialidad con el viajero. Florece silvestre el rechazo a la demagogia, la mentira y el desorden.

A ello se sumó la Educación, abrazada como mecanismo de ascenso social desde hace varias generaciones. En Táchira hay una treintena de centros de enseñanza superior, y el nivel de instrucción promedio en San Cristóbal, que tiene la mitad de la población del estado, es de técnico medio. Ello ayuda a comprender su densa politización y la decisiva contundencia con la que toman partido cuando abrazan una causa. ¿Usted los ha escuchado argumentando? Un político no puede desarmarlos o convencerlos sólo con vacías consignas.

Queda mucha tinta en el tintero sobre cómo es que son los tachirenses. Pero sus virtudes o defectos quizá hibernarían en estos tiempos de no darse el castigo recibido por la región dada su condición de frontera. La escasez, padecida en toda Venezuela el último año, ha sido durísima para el millón y medio de habitantes de esa región. Cuando todavía en Caracas se conseguían sin trauma, en Táchira ya escaseaban harina de maíz y trigo, leche, aceite, azúcar, papel, dentífrico… Muy, muy duro para quienes durante generaciones hacían rendir su dinero en la inmediata vecina, Colombia, y ahora ven que sus billetes de bolívares no alcanzan ni para fósforos en la frontera.

Castigados por los apagones, la falta de gas para cocinar, el racionamiento de gasolina  --que ahuyenta a los turistas y liquida fuentes de empleo-- y la escasez y carestía de productos básicos, inundados por la violencia importada, empujados a contrabandear para conseguir algún dinerillo y, encima, reprimidos sus muchachos cuando salen a manifestar, los tachirenses atienden el llamado, un tanto posmo, de “saca el gocho que hay en ti”.

Puede que las barricadas cedan, puede que los manifestantes se agoten. Pero los sentimientos más profundos e intensos de esta región de nuevo ya salieron, afloraron, y, si no imposible, va a ser muy difícil que los tachirenses se devuelvan a sus casas sin alguna victoria entre sus manos.