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Arnaldo Esté

El gobierno de transición

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Está grave la cosa. Es ya un lugar común decir que este país tiene graves problemas. A ello hay que agregarle algo que crece en la preocupación de la gente: son tan graves que solo se pueden resolver o tan siquiera abordar con el apoyo de todos. Gravedad que se muestra en la calle.

Es cosa que va más allá del diálogo y debe llegar a la negociación. Negociar para lograr una manera de gobernar. Un gobierno que parta del actual presidente y exprese la mayor cantidad de voluntades y propuestas para iniciar el proceso de construir el país.

Esa negociación será compleja y tal vez larga, y no es cosa de asambleas y consultas. Debe realizarse con la discreción y honestidad que siempre es difícil de lograr en los ambientes políticos.

Sentarse en igualdad de condiciones, sin desniveles ni poses pretenciosas: estudiar los problemas y los nombres para integrar ese gobierno.

Es un manejo frecuente en muchos países cuando se confiesa que los problemas superan a los personajes actuales y su manera de pensar y actuar. Varios de los gobiernos de Latinoamérica son pragmáticos, resultan de coaliciones políticas o de arreglos parlamentarios y no por ello han detenido su curso.

No es fácil.

Los medios de comunicación y las redes sociales han incorporado hasta la discusión familiar, lenguajes y radicalismos. Una jerga política que cada vez significa menos, que habla de izquierda, derecha, fascismo, capitalismo, socialismo, imperialismo, que mete en gavetas y simplifica lo que pasa, usándose con frecuencia como insulto.

Eso es un gran inconveniente político.

Un “golpe de timón” bien puede hacer que el barco siga la inercia de esos radicalismos y los pilotos se queden con solo el timón en las manos.  Con eso también habrá que lidiar.

Difícil, pero hay que iniciarlo.

El gobierno saca cuentas electorales, hace encuestas y las ve negras: la revolución no le basta. Los opositores también sacan cuentas y, escarmentados por anteriores resultados, tampoco las ven claras.

No falta quien busque atajos y caliente orejas de parte y parte: para reprimir, buscar un general nervioso, provocar renuncias, apresar alcaldes o chantajear con el miedo, la anarquía o los locos. 

Pero si algo parece estar claro es que tanto la gente partidaria del gobierno como los opositores, si no son buenos gobernando solos, sí pueden encender el país en la calle y no dejar gobernar.

Vean dos argumentos adicionales.

Uno. De los cálculos del Instituto Nacional de Estadísticas, (http://www.ine.gov.ve/documentos/Social/FuerzadeTrabajo/pdf/informemensual.pdf) para enero de 2014 se puede deducir que solo 20% de la población activa paga impuestos, lo que resulta en un monto insuficiente para cubrir el presupuesto. Como país minero, este se ha venido cumpliendo, mayormente, con ingresos petroleros y empréstitos. Pero tampoco alcanza. A esto se agrega la caída en la producción industrial y agropecuaria.

Dicho de otra manera, gastamos mucho más de lo que producimos. Un país quebrado, desde hace tiempo. Una quiebra que de vez en cuando se mostraba, pero se escondía ignorando el gasto social y corriendo la arruga. Ahora que se incrementa el gasto social y se aumenta la burocracia (y la corrupción), las malas cuentas afloran: inflación, escasez, violencia, corrupción, devaluación.

Estas son algunas de las cuentas económicas, que mi poco saber en esa materia, descubre.

Otro. Más profundo aún. La condición ética del país, su ruptura y desconcierto, el poco apego al trabajo y a la creación, su disposición a la mendicidad y a la espera. Cosas cultivadas por los gobernantes, desde antes y ahora, en raíces y raicillas que tropiezan con la caridad colonial.