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Juan Barreto

La gente del 23

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Cheo Pirela, Sergio Rodríguez, Marisol Valera, Kley Gómez, Alexis González, Angélica Martínez, Nelson Molotovf, Sairo Díaz, Carlos Reina, Javier Arias, Williams Villamizar, Heriberto Egurrola, Freddy Parra, Evel el Indio, Omar Pinto, Douglas Blanco, Julio Lugo, Orlando Marín y decenas de otros camaradas, mártires de la revolución, asesinados por el puntofijismo. Camaradas que nunca serán olvidados. Nombres que llenarían estas cuartillas y que han dado su vida, su sangre y sus nombres para que la parroquia 23 de Enero sea lo que es hoy: un mito urbano, una trinchera aguerrida de conciencia y de lucha. Y hoy la luz que nos ilumina desde el Cuartel de la Montaña, tu luz comandante eterno de la revolución bolivariana.

Desde este espacio y de un modo gentil, es decir, desde la gente, poco a poco, y de manera autónoma, va surgiendo un perfil. Organizaciones deportivas, de ancianos y jóvenes, de mujeres y vecinos se van haciendo comuna, van haciendo posible la construcción del segundo objetivo del Plan de la Patria 2013-2019, el socialismo bolivariano del siglo XXI.

Actividades culturales, cayapas de limpieza, recuperación de ascensores y canchas, jornadas ideológicas, panaderías, talleres metal-mecánicos y actividades económicas endógenas autosustentables; autoconstrucción, consejos comunales, medios alternativos, participación en la reserva militar y muchas otras tareas, son el asunto de la gente del 23.

Perseverar siempre, prepararse para el porvenir, asumir el debate desde la práctica de base y, por sobre todo, ser personas normales, comunes y corrientes que sufren a veces, pero que siempre hacen de la sonrisa su bandera, forman parte de los rostros que encontramos en cualquier cancha o esquina un domingo haciendo una parrilla en la calle o tumbando una piñata colectiva para los niños. Este es el 23 verdadero, el de rostro de carne y hueso; el que hace honor a aquella gesta heroica de hace unas décadas, contra la tiranía. Una rebelión aplastada por más de lo mismo que vino después.

Porque en el 23, numerosos colectivos han entendido que el problema de una política revolucionaria debe trascender la necesaria participación electoral para tocar las fibras nerviosas del corazón y el deseo de la gente, y eso se logra fusionando el verbo ser con el estar. Porque hacer revolución es hacerse a sí mismo en la forja de la calle y los días. Es ir encendiendo lámparas irreductibles que alumbren los caminos. Es sembrar mil veces hasta lograr la cosecha. Es lograr practicar la igualdad para que reine la libertad en un nosotros colectivo, sin abajo ni arriba.

La síntesis es la experiencia que va quedando aquí y allá. Lo que los camaradas del 23 llaman la construcción. Redes, tareas y equipos que caminan juntos desde la base, rompiendo con cualquier visión corporativista de la organización política, un lugar donde nadie utiliza al otro ni intenta neutralizar o controlar el logro ajeno. No es extraño que cada vez que se acentúa la confrontación social entre los revolucionarios y la contra, alguna figura o colectivo del 23 es perseguido y estigmatizado.

Por todo esto, en el 23 hemos hecho buenos amigos, camaradas de la transparencia y la alegría que nos reciben sin prejuicios para favorecer el surgimiento y la conformación de una corriente revolucionaria popular. Aquí estamos, humildemente, como un militante más de las causas colectivas. Pretendemos sembrarnos tratando de tramar la urdimbre de las quimeras libertarias, igual entre los iguales, uno más que se suma a ese torrente de energías vitales que desde la historia mínima de la vida cotidiana hacen de los sueños la excusa necesaria para construir los espacios para los nuevos tiempos. La apuesta de todos es hacer del 23 un lugar emblemático desde donde resurja la Caracas insurgente… Ya ese camino está forjado.