• Caracas (Venezuela)

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Armando Janssens

Y tu gente ¿entiende lo que está pasando?

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Con frecuencia muchos amigos  me preguntan, y a los demás colaboradores en el trabajo popular: ¿Qué piensa la gente de los barrios y cómo reacciona frente a la situación actual?

La sospecha implícita de esta pregunta es que la gente de los sectores populares no tiene conciencia clara de lo que está pasando en el país y sigue más bien ciegamente lo que predica gobierno.

Evidentemente, les debo aclarar, con un poco de humor, que la realidad “no es tan calva, ni tampoco con dos pelucas”. Hablar en términos tan tajantes para describir una realidad tan compleja, apuntando sobre la inconsciencia de este sector tan variado, no se puede expresar sino con matices y mucha prudencia.

Claro que en nuestros barrios y pueblos se conoce el fenómeno del encarecimiento permanente de los alimentos y lo definen, como cualquier profesional, como “inflación vergonzante”. Todos saben que la comida de hoy cuesta más del doble que hace un año y, sin excepción, todos están ajustando sus compras, ya que los “mercales” tienen un irregular funcionamiento. El ejemplo más utilizado se refiere al precio de un kilo de tomates que llega a cifras consideradas astronómicas. Por lo contrario, nadie entiende que se mantiene el precio subsidiado de la gasolina en comparación con una botellita de agua. Reacción normal frente a situaciones tan contradictorias.

Igualmente, el desabastecimiento que produce largas horas de colas afecta la vida de toda la gente y obliga a descuidar sus tareas normales en la casa, la escuela y hasta en su asistencia al trabajo. Las colas fastidian a la gente y son con frecuencia motivos de pleitos y desórdenes. Alrededor de este fenómeno se desarrolla una amplia gama de “economía informal” –tan propia a la supervivencia de nuestra gente– que logra sacar gran provecho financiero, hasta llegar a un “mercado negro” de buhoneros que nadie se atreve a enfrentar en serio, como puedo observar en el bulevar de Catia. Un amigo, colaborador de Zulia, me cuenta que un joven estudiante del cuarto año del bachillerato de un colegio cercano dejó sus estudios y que trabaja ahora en el “bachaqueo”, y que logra ganar lo suficiente para vivir holgadamente, con la consiguiente envidia de sus compañeros de clase que le quieren imitar.

Muchos habitantes de nuestros sectores populares saben que hay algunos empresarios que se aprovechen de esta situación; hasta los bodegueros de los barrios sufren tal acusación, muchas veces injustamente motivado por las declaraciones de altos políticos. Igualmente, saben de las trampas de la gente que trabaja en las cadenas de distribución y venta, y que hacen su agosto con gran frecuencia. Lamentablemente saben –y no me gusta  decirlo– que hay militares de no poco rango que están involucrados hasta los codos. La gente que trabaja en las zonas fronterizas tiene relatos que sobrepasan lo imaginado. Se  llega a palpar un país de grandes desviaciones en corrupción y abuso de poder.

Y en medio de este desajuste, el problema mayor: la violencia en las calles y en el transporte, y lógicamente en los propios barrios. La policía, normalmente, no entra en estos sectores, sino solamente cuando hay muertos y  viene a recoger los cadáveres. No se pueden imaginar el miedo y la angustia que reinan en muchas partes, y que no recibe atención continua. Todavía, estos días, una señora mayor me viene a contar, con lágrimas en los ojos, cómo su hijo se está escondiendo y hasta cerró la pequeña bodega que había creado, porque un malandro lo tiene en una lista de siete personas ¡de la cual había matado ya a tres! Son historias sin fin y que siguen creciendo entre nosotros.

La molestia con el gobierno y con el presidente Maduro es muy grande. Cada día lo dice la gente con mayor énfasis dejando atrás el miedo por los militantes del partido que tratan de controlar el sector. Hasta dirigentes vinculados a las misiones y a los consejos comunales me lo confirman, en privado, evitando que sus compañeros lo oigan. “Eso no funciona” es la expresión más simple y directa que se confirma con un movimiento de hombros. Y la palabrita “eso”,   se refiere al gobierno, al presidente, al supuesto socialismo del siglo XXI, a la violencia y la droga, a la corrupción en las fuerzas públicas, a los controles obsesivos y a toda la decadencia de la sociedad que se observa. Lo dicen con dolor y amargura porque se dan cuenta de que un bello sueño se convierte en un fracaso rotundo.

Y díganos, me preguntan algunos amigos cercanos: “Con todo eso: ¿van a votar para los partidos de la oposición?”. Sinceramente, no lo sé, pero no es evidente. No observo un traspaso, en grande, a los partidos de oposición que podría significar un cambio del paisaje político. Va a depender de si la oposición y su gente logran un lenguaje y una actitud cercana a los sentires y necesidades de estos sectores. Y me parece que eso falta todavía en la mayoría de sus líderes.

Con frecuencia oigo que, desde la oposición, se cuestiona el paternalismo y se afirma que lo primero que se debe hacer cuando se llega al poder es eliminar muchas de las misiones y cambiarlas por verdaderos programas de desarrollo y promoción humana. Si bien es cierto que alguna misión debe ser eliminada,  y otras reorientadas, muchas tienen su importancia. De hecho, no pueden ser caridad, debe ser herramientas para resolver problemas que la población no puede resolver por sí sola. De mi parte valoro no solamente el intento de proveer comida por medio de Mercal y las casas de alimentación, pero igualmente valoro la misión Madres del  Barrio que atiende a mujeres solas con varios niños y permite una supervivencia con mínima dignidad.

Todo eso no es tan simple, y durante muchos años más necesitaremos de esos “apoyos paternalistas” a los más débiles, que no son pocos y que más bien su cifra crecerá en las actuales circunstancias, ya llegando a más de 30 % de la población. Salgamos de nuestras alturas teóricas y planteemos nuestra acción con los pies en la tierra. 

Cuando trato de escuchar, muy de cerca, a nuestra gente de los sectores populares e interpretarla en profundidad y respeto, su pregunta es: “¿Quién nos defenderá en el futuro? ¿Quién se ocupará realmente de nosotros?”. Una pregunta que nos debe tocar en lo más hondo de nuestra conciencia como cristianos y llevarnos a una mayor claridad de acción para responder a esta inquietud.

No subestimar la permanente y positiva referencia a Chávez, que sigue cercano a ellos. Si algunos ya se dan cuenta de que el enfoque económico de Chávez y de sus seguidores tiene grandes debilidades, que se manifiestan crudamente en la crisis actual, no se puede poner en duda su atención, su amor por la gente de los sectores pobres. Lo manifestaba en su gran capacidad de comunicador hasta el cansancio, en radio y televisión. Lo mostró en misiones,   que ahora cuestionamos, pero que para la gente era como un bálsamo en su vida, independientemente de las fallas en su  implementación y el frecuente mal uso.

Nos debe animar, como nuestros obispos lo afirman con frecuencia en sus declaraciones, a tratar con dignidad a toda la gente y trabajar para una justicia social que abarque a todos, especialmente los más desfavorecidos, a nuestros pobres.