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Sergio Ramírez

El genio de la lámpara maravillosa

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No pocos de los cuentos de Las mil y una noches provienen de la tradición oral china. El de Aladino, por ejemplo, que muchos aprendimos de niños, en el cual una lámpara de aceite, vieja y despreciada, encierra a un genio benefactor que sale de ella con solo frotarla, y es capaz de cumplir los deseos de quien la posea por desproporcionados o increíbles que parezcan: levantar un palacio de la nada, de modo que si el deseo se pide en la noche, el palacio ya estará listo por la mañana.

“¡Aprópiate de todo el terreno que te haga falta!”, dice el rey de ese cuento. “¡Pero te ruego que procures se termine ese palacio lo más pronto posible, pues quisiera gozar de la posteridad de mi descendencia antes de morir!”. Y el genio, cuya única respuesta suele ser: “Escucho y obedezco”, se pone manos a la obra.

Un genio semejante, cuándo no, pueden también conmover las montañas, y obligarlas a que se aparten para abrir cauces gigantescos de un océano a otro. Uno de esos genios de la mitología infantil china, Wang Jing, ha regresado a Nicaragua tras un año desde su primera visita, para anunciar que ya ha elegido la ruta para su tan pregonado canal.

El tratado Ortega-Wang, violatorio de la Constitución Política, concede al genio de la lámpara los derechos absolutos por cien años, para construir y explotar el Gran Canal Interoceánico, que ha permanecido por siglos en el imaginario de la nación. Por mano de Ortega, Nicaragua renunció a su soberanía en los territorios necesarios al canal. Y las tierras privadas que necesite, podrán ser confiscadas por Jing.

Trucos de magia por etapas. Aquella vez de la firma del tratado un año atrás, Jing se hizo acompañar de una fulgurante troupe de cabilderos, relacionistas públicos y abogados de prestigiosos bufetes de Estados Unidos, de esos que cobran por hora servida. Hoy, comparece solo, como si aquella cauda tan brillante y tan bien pagada se hubiera esfumado, con lo que sus poderes mágicos cada vez parecen ser mayores.

Y también parecen haberse esfumado las 4.000 personas que, según sus propias declaraciones al Financial Times el año pasado, se hallaban dedicadas a elaborar los diversos estudios de factibilidad; mientras tanto, un puñado de trabajadores chinos subrepticios clavaba mojones para delimitar la ruta elegida, como en pleno siglo XIX.

Y como para confirmar lo arcaico de la trama, en su comparecencia conjunta con Ying, Daniel Ortega mostró un estudio realizado por el gobierno de Estados Unidos en 1896, más de un siglo atrás, que, grata coincidencia, sigue la misma ruta escogida por su socio chino. Este antiguo documento, y desempolvado de algún archivo, es lo único presentado hasta ahora, pues no existen estudios de factibilidad ni de impacto ambiental, ni menos estudios hídricos, geológicos y sísmicos, ni, mucho menos aún, planos constructivos para un canal que se supone costará 50.000 millones de dólares, y cuya construcción comienza en diciembre de este año.  ¿Y el financiamiento? Ying lo declara un secreto, seguramente porque no existe.

Son maravillas que envidio como novelista. Otra es que el genio de la lámpara hará aparecer, de aquí a diciembre, puertos de aguas profundas en las 2 costas del país para desembarcar centenares de gigantescas piezas de maquinaria pesada, volquetes, tractores y excavadoras, y construirá centenares de kilómetros de caminos de penetración, campamentos para alojar a 50.000 obreros, y viviendas para centenares de técnicos en áreas remotas.

Y en ese mismo tiempo deberán ser entrenados los 50.000 obreros nicaragüenses a quienes se promete trabajo en las obras desde el principio, y deberán estar listos los técnicos en diversas especialidades de la ingeniería, que las universidades estatales prometen preparar, también en ese mismo tiempo, todo gracias a la misma lámpara maravillosa que solo necesita ser frotada.

Pero falta aún la tercera maravilla, la que más envidia mi imaginación. El canal de 278 kilómetros de largo y un máximo de 500 metros de ancho se construirá en sólo 5 años, es decir, en un abrir y cerrar de ojos. Se removerán millones de toneladas de tierra, se drenará el Gran Lago de Nicaragua, se construirán 2 exclusas de 3 gradas, más un lago artificial de 400 kilómetros cuadrados para alimentar las esclusas. Miles de personas deberán abandonar sus comunidades y ser reubicadas.

Y, además de todo eso, se construirán en el mismo plazo plantas de cemento y de acero; 2 puertos, uno en cada costa, para 3 millones de toneladas de carga cada uno; un aeropuerto internacional con capacidad para 1 millón de personas y 22.000 toneladas de carga; autopistas, los puentes que atravesarán el canal, una zona franca industrial en un área de 30 kilómetros cuadrados, y al lado toda una nueva ciudad para 140.000 habitantes. Y un complejo turístico, que al genio de la lámpara se le ha ocurrido a última hora, con 3.400 habitaciones.

El cuento chino se transforma en novela. En Nicaragua, la inmensa mayoría quiere creer, o necesita creer, que Jing, gracias a sus poderes sobrenaturales, removerá las montañas y las selvas y abrirá el cauce del canal de la noche a la mañana. Cuando abramos los ojos, el primer barco estará pasando de un océano a otro frente a nuestra ventana, todos ricos, prósperos y bendecidos. Una fantasía construida en nuestras mentes a lo largo de la historia, que hoy está siendo arteramente explotada para vender una colosal mentira.

Una reciente encuesta levantada por el Proyecto de Opinión Pública de América Latina, patrocinado por la Universidad de Vanderbilt lo comprueba: 75% de los nicaragüenses encuestados sabe del proyecto del canal, en tanto que ese mismo porcentaje ignora que se hizo una reforma de la Constitución Política para permitir la permanencia indefinida de Daniel Ortega en la presidencia. Y entre quienes saben del canal, dominan abrumadoramente los que lo ven como una panacea de riqueza y bonanza. Esta vez, gracias al genio de la lámpara maravillosa venido de la China, la misma patria de Aladino.

 

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