• Caracas (Venezuela)

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Alicia Freilich

Esta generación del 14

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A medida que desde el 12 de febrero transcurren las jornadas libertarias, cualquiera sea su efecto del cada día, es un hecho que inician un nuevo ciclo en el accionar de la política venezolana.

El siglo pasado tuvo dos generaciones disidentes marcadas por persecución, cárcel y exilio. La del 28 comenzó la lucha frontal antigomecista y la del 58 cerró el perezjimenismo para abrir la etapa democrática. Casi cuarenta años, con los intervalos del medinismo y la breve presidencia de Rómulo Gallegos, de una larga, difícil y heroica resistencia contra ambas dictaduras. Faena de valiosos parias en su suelo natal y el exterior. Precisamente aquella dura experiencia de duelo, penurias y convicción reforzó sus valores centrados en la democracia como sistema que logró para su descendencia, dos generaciones desde la década de los cincuenta que disfrutaron libertades públicas para escalar grados educativos y socioeconómicos bajo un Estado de Derecho garante de la Constitución republicana, civilista y liberal.

Durante aquel bienestar sin graves dilemas políticos con el paréntesis guerrillero rural y urbano, frente a una clase media diversificada y en ascenso surge otra población marginal, menos favorecida por el modelo rentista petrolero y se multiplicó a ritmo agigantado bajo la mirada pasiva o ciega de la partidocracia en el poder negada al relevo generacional que exigía enmiendas actualizadas. Eso, más la indiferencia de los beneficiados, amplio estrato de eficaces profesionales y técnicos carentes de impulso y mecanismos defensivos ante los alarmantes signos decadentes del sistema que los nutrió, dieron origen a la antipolítica y sus puertas al chavismo, copia del sistema militarista castrocubano.

Ahora y en la vanguardia, emergen los hijos y nietos de aquella frágil venedemocracia, a la fuerza repolitizados, pero sin obligación de militancia partidista, juventud puesta a juro en polos adversarios por la ilegítima dirigencia gubernamental. Son ellos quienes protagonizan el estallido de esta febril cuaresma que se extiende en tiempo, espacios y masa incorporada porque la resistencia no violenta logra más adhesiones.

Por un lado, ese manifestante estudiantil desarmado y pacifista que con suma valentía y total derecho reclama necesidades propias y comunitarias de libertad, pan, salud, empleo, soberanía, justicia y un asegurado futuro independiente. Alguno se vuelve un tanto más agresivo en sus métodos porque reacciona frente la bestial represión gobiernera. Activan la cultura de la protesta constitucional mediante un liderazgo colectivo que no busca ídolos, dioses, dogmas ni cargos, sino el despertar de la conciencia ciudadana muy adormecida durante quince años de miedo, bozal de arepas y comodidad. El opuesto grupo represor es también mayormente juvenil, adoctrinado por la cartilla del “ellos o nosotros” en centros educativos o, como en esta ocasión, sin escuela formal, armado hasta las uñas. Ambos grupos oficialistas captan el rechazo comunitario ante su actuación excluyente o brutal pero están atrapados sin salida. Por ahora. En la marca de Caín, porque su conducta  inducida desde un acumulado resentimiento social viene alimentada por sueldos y subsidios de un amo violador de los derechos humanos, que lo entrenó para eliminar con balas a quien opine distinto, así sea su familiar o paisano. Esta porción en particular, analfabeta funcional, fue criatura sin guía paterna, malcriada silvestre en una calle-escuela del delito donde el Estado-pran le facilita armas sueltas o la militariza como guardia o policía nacional bolivariana, asociadas a la Triple C, comandos criminales cobardes, bandas hamponiles que actúan libremente antes, durante o después de cada protesta legal y pacífica del conglomerado civil.

Esta generación conflictuada del 14 retrata al país de bandos extremos que por igual, en idéntica medida, resultan chivos expiatorios del régimen personalista cruel, corrupto, cuya cúpula está dispuesta a sacrificarla por completo para conservar el trono. Léase Cuba, Vietnam del Norte, Siria, Irán y ¿Ucrania? por voluntad del zar neosoviético Putin.

A cincuenta días de rebelión civilista se rompió el grueso vidrio y los escombros dejan un doloroso saldo por asesinato, lesión, tortura y cárcel que también abre paso a un posible final. Sufrir tanto y en carne propia los venenos de esta dictadura perversa facilita el antídoto, esa urgente toma de conciencia crítica y activa generalizada que puede unir a todas sus víctimas por ahora polarizadas, con la excepción de quienes padecen psicopatía monetaria y lavado cerebral irreversible, el sector más radical. Descartando también miriñaques como elección manipulada y diálogo falso, tácticas viejas del ardid fasciocomunista.

Sobre la marcha y con energía móvil solo queda una llave. El cambio de sistema político basado en la transición constitucional abierta. De lo contrario, el chavismo sin Chávez, mitología populista militarizada –Maduro y cogollo– se sostiene por tiempo impredecible como las de Perón y Fidel. O la sustituye una tiranía castrense neta, al modo Videla y Pinochet con el estilo criollo del capitán Cabello y su mafia.

El cuándo, cómo y con quién se procede para la salida democrática, son opciones que siempre aparecen durante el trayecto. La sociedad harta, enferma y herida, con su juventud cada vez más unida y firme a la cabeza, grita que ya basta. Quiere sobrevivir y crecer sin revanchas, bien organizada con anticuerpos integradores. Para la generación del 14 más vale bueno desconocido que malo por reconocer.

Cambias o te cambian. Es ley de vida y su historia.