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Sergio Dahbar

Todos los gatos son pardos

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Existen diferentes maneras de entender la crisis que atraviesan los medios de comunicación en el mundo. Numerosos agentes han intervenido en su pérdida de influencia global. Pero ya no serán como eran. La tecnología (quién iba a creerlo) se ha encargado de colocar las cosas en su sitio.

La aparición de Internet fue como la escena tan celebrada de Hitchcock en Psicosis: una dama difusa aparece en la ducha y asesina a la protagonista al comienzo de la película. La red se convirtió en la peor pesadilla del periodismo.

El impacto fue letal. No era posible ya mirarse el ombligo, manipular candidatos o colocar presidentes, alzar las acciones de tal empresa y acabar con la credibilidad de una persona pública. Tampoco apoyar tal tendencia bélica, ni prejuicios xenófobos para ganar una licitación millonaria.

Una vasta comunidad global entendió que podían escribir, por placer y desde cualquier ubicación, noticias que hasta ese momento redactaban profesionales a sueldo. Pero más aún: comprendieron que ya no querían ser víctimas de los intereses que defendían los medios a su antojo.

Se produjeron fusiones, desaparecieron negocios millonarios de avisos clasificados, los anunciantes se apretaron el cinturón de papel porque surgieron otras ventanas para promover productos. Las empresas vendieron activos, redujeron plantas físicas y nóminas, las redacciones mutaron hacia modelos multimedia…

Algo cambió la vida de todos los seres humanos: ya no hacía falta levantarse de la cama y buscar el periódico, porque estaba en la tableta, muy cerca de las almohadas. Y la noción de noticias del día siguiente voló por los aires cuando despachos breves comenzaron a inundar las pantallas de los celulares a toda hora. Solo los dinosaurios siguieron titulando para mañana como si nada hubiera ocurrido durante estos años.

Hoy en día el mundo se separa entre millones de noticias que circulan cada segundo por infinidad de medios y uno que otro periódico (The New York Times, por ejemplo) que verifica las infamias, las inexactitudes y algunas verdades que se mueven por el espacio. O si se quiere, entre la vastedad adormecedora y la precisión letal.

Frente a este proceso de cambio y actualización, surgió en el horizonte nacional la promesa de varios portales que desarrollarán periodismo de investigación desde la red. Una buena noticia, aunque ya sabemos que de noche todos los gatos son pardos.

Habrá que esperar el desempeño de estos proyectos en el día a día; la capacidad para verificar la información que llueve sobre la redacción; la rentabilidad de sus propuestas financieras. Pero sin duda representan oportunidades en un momento de cambio.

Una paradoja será desconcertante para los antropólogos del futuro: mientras periódicos, radios y canales de televisión vivían su peor crisis histórica, grupos de empresarios fantasmas –relacionados con negocios turbios– compraban medios, con “bicicletas” financieras apoyadas en el diferencial entre el cambio oficial y el innombrable.

En Venezuela nadie debate, ni la Fiscalía abre investigaciones, sobre el extraño fenómeno que ha permitido tasar medios de comunicación venezolanos como si fueran más caros que The Washington Post, uno de los últimos bastiones internacionales en ser puesto a la venta. Una exageración que coloca de bulto la opacidad de las transacciones ejecutadas.

Cada quien está en el derecho de gastar más de la cuenta cuantas veces quiera (sobre todo si no es dinero suyo). Pero la compra de medios sobrevaluados tiene una sola explicación: adquirirlo era una orden, pero se convirtió en un excelente negocio para los intermediarios.

Por todas estas razones, y otras que se indagan en este preciso momento, es que resulta urgente y necesario leer la investigación de varios periodistas que han reunido datos sobre las escandalosas adquisiciones venezolanas, y el reporte del acoso de las nuevas directivas a la línea editorial que tenían esos medios.

Este trabajo organiza documentos de los registros y de las ciudades donde se firmaron las operaciones, anécdotas de las transacciones, testimonios de periodistas que fueron testigos del desembarco de estos novísimos propietarios del sector comunicaciones.

El informe profundiza en las nuevas administraciones que llegaron para censurar toda disidencia. Gente que jamás leyó al hidalgo caballero aún cuando hayan abierto sus páginas: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”.

Como diría nuestra historiadora mayúscula, Inés Quintero, esto no es cuento, es historia. Una historia que –como todo lo que ha ocurrido en estos quince años– debe documentarse minuciosamente, para que el futuro conozca el tamaño de la devastación y los actores involucrados en el saqueo.