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Sergio Dahbar

Cuatro gatos y el amor

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En estos días Cultura Chacao tuvo la magnífica idea de crear un espacio para la comunidad, llamado Esquina de Ideas. Desde allí promueven conversaciones y encuentros en plazas públicas del municipio del norte de Caracas. Una ventana necesaria para debatir y encontrarse en tiempos como los que corren en Venezuela.

Comenzaron celebrando tres centenarios que se cumplen este año 2014: los nacimientos de escritores fundamentales de América Latina, Octavio Paz, Julio Cortázar y Adolfo Bioy Casares. Participé en el de Adolfo Bioy Casares, junto con Carlos Sandoval y Ricardo Ramírez, cuyas intervenciones fueron lúcidas y divertidas. Una tarde de lujo en la plaza Los Palos Grandes.

Ese domingo, bajo el cielo de Caracas, sentí que me sumergía en el agua de la memoria y a medida que me hundía surgían momentos de la vida de Bioy que me habían interesado en el pasado. Todo había comenzado en mi adolescencia, cuando leí en bachillerato La invención de Morel.

Ya mis padres me habían puesto al día sobre los planes de emigrar de Argentina hacia Venezuela y al descubrir que el protagonista de la novela de Bioy era venezolano, sentí como un mensaje cifrado que debía desentrañar. Me llamó la atención descubrir que ese caballero era de una zona de Caracas llamada La Pastora, que había sido preso de Gómez y que había ayudado a construir la autopista hacia La Guaira.

El misterio sigue en pie, cuarenta años después, porque la verdad es que cuando Bioy escribió La invención de Morel no había visitado Venezuela y nadie ha logrado desentrañar por qué decidió que fuera venezolano ese ser condenado a las vidas paralelas y al amor imposible.

Recordé entonces que años atrás visité la Universidad de Princeton para conocer el Archivo Garro, que esta extraordinaria escritora mexicana, que fuera esposa de Octavio Paz, había resguardado en una de las casas de estudios más prestigiosas de la costa este de Estados Unidos.

En septiembre de 1997 llegaron a la biblioteca de la Universidad de Princeton cinco cajas conocidas en el ambiente intelectual del continente como el “Archivo Garro”. Verdadera caja de Pandora, este material incluye parte de la correspondencia amorosa que mantuvieron la escritora mexicana Elena Garro y el novelista argentino Adolfo Bioy Casares, entre 1949 y 1969.

Ella tenía 29 años y estaba casada con Paz; él no había cumplido 35 y era el marido de la poetisa Silvina Ocampo, hija de un mito argentino, Victoria Ocampo, creadora de la revista Sur.

Fueron veinte años inolvidables, en los que una pasión prohibida ascendió el cauce de todos los prejuicios mundanos del medio siglo y maduró en tres encuentros trasatlánticos (dos veces en París y otra en Nueva York), 91 cartas, 13 telegramas y 3 tarjetas postales.

El día en que se conocieron en París, a finales de los años cuarenta, en el lobby del hotel George V, ambos perdieron el aliento y debieron recuperarlo con discreción. Adolfo Bioy Casares entró atribulado por la fama de ser un hombre rico, amable, risueño y encantador.

Garro sabía que una mujer no se enamora todos los días de un hombre de mundo, buen mozo, magnífico hablador, deportista, que diez años atrás había escrito una de las piezas más enigmáticas de la lengua española, La invención de Morel, justamente una historia de amor en dos tiempos que no se pueden tocar.

Las cartas de Adolfo Bioy Casares perseguían a Elena Garro por todo el mundo (Francia, Japón, México, Suiza, Austria) y eran largas, de renglones apretados, con una letra ininteligible en muchas ocasiones, sometidas a los vaivenes de la nostalgia, cierta adulación obsesiva, autodenigración y desesperanza. En algunos lapsos el escritor asediaba a su amada. Entre agosto y octubre de 1951 llegó a escribir veinte cartas.

Al leer ciertos fragmentos de El sueño de los héroes (escrita en los años de sus amores con Garro), aparecen momentos de exaltación amorosa y cierta descripción explícita del acto sexual, excepcional en toda su obra, como bien lo ha anotado Marcelo Pichón Riviere, su biógrafo.

Adolfo Bioy Casares huyó de la capital argentina a fines de los años sesenta, hacia Mar del Plata. El país se había incendiado con huelgas y protestas, y él buscaba la paz necesaria para escribir una novela. Elena Garro, mientras tanto, vivía en México, separada ya de Octavio Paz, quien se desempeñaba como embajador en la India.

La noche de Tlatelolco agarró a la escritora desprevenida. Un periódico la acusó de encabezar un complot para derrocar al presidente de México, Gustavo Díaz Ordaz. Ella llamó inmediatamente a una rueda de prensa y aclaró que no tenía nada que ver con manifestaciones contra el gobierno.

“¿Entonces, quienes conspiran?”, preguntaron los medios. “Pues, los intelectuales”, respondió Garro. Este malentendido la convirtió de repente en “delatora, vieja y resentida”. Así la describieron los periodistas, enceguecidos con las cien muertes en la Plaza de las Tres Culturas.

Los acontecimientos sociales se deterioraban a pasos agigantados en Ciudad de México. Adolfo Bioy Casares le envió una invitación a Elena Garro para que se encontraran en París, pero ella la desechó de inmediato. Pensaba viajar a Estados Unidos. Y su problema más endiablado eran cuatro gatos que no deseaba abandonar en el caos azteca por nada del mundo.

Entonces recurrió al amante imposible, Bioy Casares. Le envió por avión una caja a Buenos Aires, porque era rico y tenía casas muy grandes donde acogerlos. El aceptó como un caballero: “Los recojo a todos”.

Elena Garro murió un año antes que Adolfo Bioy Casares, el 22 de agosto de 1998. Un periodista la buscó en el ocaso y la entrevistó. Ella recordó el episodio de los cuatro gatos, el fin del verdadero amor loco de su vida.

“Yo pensé que cuidaría los gatos como quien resguarda nuestro pasado de todas las cosas malas del mundo. Pero un día me enteré –por una carta de José Bianco– que Adolfito había dejado mis criaturas en el campo, abandonadas a su suerte. Me dio coraje. Adujo que lo había hecho para darles más libertad. Yo me dije: ‘Pobrecitos de mis gatos’. Entonces me di cuenta que de Adolfo Bioy Casares fue un mal sueño que duró muchos años”.

Las historias de amor casi siempre comienzan bien. No se puede decir lo mismo del final, cuando el agotamiento y las ruinas que suelen acumularse entre las sábanas de los amantes le quitan el aliento a la felicidad. Garro y Bioy se amaron enloquecidamente. Pero si siquiera cuatro gatos entrañables pudieron salvarlos del olvido que casi siempre llega después de la pasión.