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Eduardo Mayobre

La gasolina

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El precio de la gasolina puede ser el detonante de una explosión social o el punto de arranque para un diálogo que enrumbe al país a una convivencia civilizada, le permita enfrentar la realidad y eliminar algunas de las terribles deformaciones de la economía que nos han conducido a la inflación y al estancamiento. Se trata de un problema difícil. Porque por miedo, incapacidad o demagogia ese precio se ha mantenido estable durante los últimos 16 años, sin tomar en cuenta la desbocada alza de precios de los otros productos y las devaluaciones reiteradas de la moneda nacional.

De tal manera que actualmente la gasolina en Venezuela es la más barata del mundo, algo así como 100 veces menor al promedio internacional y se vende muy por debajo de su costo de producción. Esto último le ocasiona a Pdvsa y al fisco pérdidas que se cuentan por millardos de dólares, con el agravante de que como la producción no alcanza a cubrir la creciente demanda se ha recurrido a importar gasolina a precios internacionales para venderla casi regalada.

Lo que los venezolanos pagamos en los surtidores no es en ningún caso lo que Nicolás Maduro llamaría, con su lenguaje medieval, un “precio justo”. Las pérdidas multimillonarias impiden dotar escuelas y hospitales y realizar las inversiones necesarias para el mantenimiento e incremento de la producción petrolera; y permiten, por ejemplo, que yo pueda viajar a Cumaná pagando menos de un dólar (a precio oficial) en combustible. Beneficia especialmente a quienes tienen riquezas suficientes para ser dueños de un carro, autobús o camión.

La distorsión es tan grande, no obstante, que corregirla demandará sacrificios de parte de toda la población. Porque el impacto inflacionario de un aumento del precio de la gasolina es indudable, se extiende por toda la economía nacional y se añadiría a los aumentos de precios que han provocado otras políticas económicas equivocadas.

El problema ha sido entendido hasta por varios personeros del gobierno. En los últimos días varios de ellos lo han declarado objeto de estudio y de medidas a adoptar próximamente. Hace algunos años, Hugo Chávez declaró algo parecido pero luego por miedo o cálculo político no hizo nada al respecto.

Ahora, cuando después de las elecciones del pasado domingo, se ratifica que el país está dividido en dos mitades opuestas entre sí, queda claro que una medida de tantas repercusiones solo puede adoptarse sobre la base de un consenso nacional. La última vez que un gobierno intentó hacerlo de manera unilateral, basado en que contaba con una abrumadora mayoría, ardió el país.

El hecho de que existan dos mitades políticamente opuestas en Venezuela no es de por sí alarmante. Eso mismo sucede en muchas partes, comenzando por Estados Unidos. Lo preocupante es la manera como se relacionan entre sí. Los insultos recíprocos y las actitudes agresivas, particularmente promovidas por el grupo gobernante, conducen a lo que este último ha llamado una “guerra económica”. En medio de ella solo se pueden contar las bajas, y por medio de ella nos hundiremos más en el barranco que nos hace insoportable la vida cotidiana con su carga de inflación, escasez y fallas de los servicios públicos.

Por ello, un caso, como el del precio de la gasolina, en el cual todos estamos de acuerdo en que es una situación absurda y todos sabemos que el inicio de una solución requiere de un consenso nacional, pudiera servir de punto de partida para un diálogo que anteponga los intereses del país a los de las parcialidades. Porque se debe ser consciente de que un asunto que por negligencia ha llegado a ser tan delicado puede ser fácilmente aprovechado políticamente por quienes aspiran a sacar provecho de una explosión social, la cual, como suele suceder, se puede saber cuándo comienza pero no dónde termina.

Resulta evidente que la distorsión en los precios de la gasolina es tan grande que es imposible solucionarla completamente de inmediato. Pero también que es necesario comenzar a actuar en la dirección correcta y que si esto se hace pudieran vislumbrarse soluciones a problemas económicos similares que ahora nos agobian.

Tal es caso de la tasa de cambio del llamado bolívar fuerte. Evidentemente es necesaria una devaluación del tipo oficial, el cual se ha mantenido fijo artificialmente, independientemente del comportamiento de las variables económicas, y ha dejado exhaustas las arcas oficiales. Los intentos de introducir devaluaciones disfrazadas, como el Sicad, han sido poco felices, y los de hacer como si la tasa paralela no existiera han fracasado. Como una devaluación trae costos inmediatos que la hacen necesariamente impopular, solo mediante un consenso nacional pueden evitarse las protestas airadas. Para lograrlo y planificar una solución sustentable es necesario el diálogo.