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Elías Pino Iturrieta

¿Quién ganó las municipales?

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No es una pregunta que pueda responder con tranquilidad el gobierno, cuyos dirigentes deben estar agobiados pensando en los sufragios que se escurrieron de sus dedos. Cuando los opinadores tienen margen para hablar de resultados que no son determinantes, parten de una realidad que no se orientó con claridad hacia uno de los factores en pugna. Cada bloque ha proclamado el triunfo, pero se les puede desmentir con argumentos que no dejan de tener fundamento y que, a la vez, no aguantan un rebatimiento convincente. Estamos ante una aritmética curiosa: en lugar de señalar con exactitud el resultado de una simple operación de sumar y restar, abre amplio camino para especulaciones que no son peregrinas. La arena movediza de unas cuentas que se prestan a interpretaciones diversas debería preocupar a los estrategas del oficialismo, según se tratará de explicar a continuación.

Parece imposible el cálculo del dinero empleado por el gobierno para ganar las elecciones municipales, de tan cuantioso y generoso que fue. Dispuso del erario a su antojo, para que no faltaran mensajes de proselitismo en los medios radioeléctricos ni imágenes de sus nominados en todos los faroles del país. No hubo oficina pública que no moviera, ni burócrata al que no presionara para que el mapa se tiñera otra vez de rojo. VTV batió récords de desmesura en la apología de las candidaturas del oficialismo y en la negación de las propuestas de la oposición. Sin recato, las propiedades y los vehículos del Estado se colocaron al servicio de los intereses del PSUV. Los gobernadores, los ministros, los oficiales y los subalternos de las fuerzas armadas fueron una sola comparsa en la cola de los acólitos de Maduro. Para reforzar un terreno que  parecía espinoso y en el que se movían con dificultad los “revolucionarios” después de lustros de desidia municipal, se dispuso desde Miraflores una barata de neveras y televisores con cuya adquisición se pretendía ganar la voluntad de los flamantes dueños que votarían en breve. Pero no había que dar pausa al ventajismo: se realizó una singular puesta en escena para la glorificación del desparecido presidente Chávez, en cuya memoria se decretó una jornada de exaltación nacional que debía suceder mientras los electores se ocupaban de votar.

El CNE dejó hacer y dejó pasar, como si todo marchara de acuerdo con la legalidad. Avaló con su silencio las tropelías que fueron prólogo del acto electoral, no se animó ni con una mínima exploración del dinero dilapidado por el Ejecutivo, desconoció la existencia del peculado de uso, se puso de rodillas ante la inoportuna liturgia del Gigante y miró con ojos apacibles las tentativas de amedrentamiento llevadas a cabo por pandillas de motorizados del oficialismo a quienes correspondió la misión de encontrar a la fuerza votos renuentes, o de evitar el crecimiento de los sufragios adversos. Todo está en orden, afirmaron las rectoras mientras el desenfreno del oficialismo se empeñaba en que los delitos electorales se convirtieran en victoria clamorosa. Se desarrolla una manifestación ejemplar de democracia, repitieron sin rubor mientras imperaba la suciedad infructuosa de los poderosos. ¿Suciedad infructuosa? Sin duda. Los resultados del gobierno fueron ridículos, si se consideran los medios ilícitos que empleó para salirse con la suya. La “revolución” no salió por la puerta grande después de su dispendiosa faena, sino apenas por estrecho corredor.

La MUD tampoco llegó a dígitos esplendorosos, pero aumentó sus dominios en una batalla desigual que no sólo fue favorecida por el ventajismo y por la complicidad mencionados, sino también por el alejamiento de los medios radioeléctricos, en especial de las televisoras privadas que huyeron de los líderes de la oposición como si se tratara de demonios pestilentes. Juguetes de la autocensura y divorciados de su obligación de servir a la comunidad, la mayoría de esos medios “independientes” renunció a participar en un juego democrático imparcial para caer en un pantano de colaboracionismo con el régimen. Si se hace un inventario concienzudo de tantos escollos, las cuentas de la MUD son mejores que las de la menguante “revolución”.