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Eduardo Semtei

Cuando el futuro se desmorona

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Nunca antes el futuro se presentó tan magro, triste y desalentador. Nuestros muchachos cuando se casan, cuando egresan como profesionales, viven en su gran mayoría como inquilinos/invitados (¿arrimados?) en las casas de sus padres, abuelos, hermanos y tíos. Los sueldos que se les ofrece a los recién egresados de las universidades no llegan en 90% de los casos a 7.000 bolívares mensuales. Luego de deducidos los impuestos y demás cargas se ven disminuidos a 6.000 bolívares. Una cifra irrisoria. Una cifra descorazonadora. Una cifra triste. Una cifra pobre.

Estamos, digo, están ellos, Giordani y su grupete, construyendo una nación de pobres. Las palabras desgraciadas, vergonzosas, despreciables del guapetón Héctor Rodríguez, ay, Dios, nunca el Ministerio de Educación estuvo dirigido por alguien tan ignaro, ineficiente, ignorante, mediocre y patán; decía que las palabras que pronunciara diciendo que los pobres no pueden ascender socialmente a clase media, pues se corre el riesgo de que se conviertan en opositores (el empleó el vocablo ofensivo de “escuálidos”), revelan una conducta comunista de la peor calaña. Revelan claramente que quieren una Cuba en Venezuela. Que ellos, quienes nos gobiernan, prefieren que los pobres sigan siendo pobres.

Un apartamento de una habitación en una zona popular como Caricuao o el 23 de Enero se cotiza en alquiler en 5.000 bolívares. Un carro compacto con 2 o 3 años de uso alcanza en el mercado un precio de 350.000 bolívares. Al final, cuando hacemos un inventario, vemos que nuestros muchachos, no digamos los técnicos y los obreros, arranquemos por los que supuestamente pueden obtener mejores remuneraciones, no pueden alquilar apartamento. No pueden comprar carro. Hubo un tiempo en que hasta podían viajar, ya no es posible. El destino más barato, internacionalmente me refiero, Miami, tiene como asignación 700 dólares para pagar hoteles, comidas, espectáculos y algunas compras de corotos que aquí desaparecieron como por magia. Sin carro. Sin casa. Sin viajes.

Cuando consideran una salida al cine, a cenar o a bailar, el pobre sueldo no les alcanza. Es un salario para mal comer y mal vestir. El futuro de nuestros jóvenes se desmorona. Se desintegra. Se desvanece. Muere. Tales son las poderosas razones que mueven el alma, el espíritu de la juventud venezolana, y los conduce a la protesta. Al justo reclamo. Luchan por su subsistencia. Por abrir en el futuro una pequeña luz de sueño. De promesas. De felicidad. De seguridad.

El gobierno sordo ante el ruido ensordecedor de la protesta justa y oportuna, lejos de oír, como lo hicieron la Rousseff, Piñera o Santos, se limita a apertrechar a la Guardia Nacional, a la Policía Nacional con los más modernos y sofisticados artilugios y artefactos de represión. Un ejército de robocops. No oye; dispara perdigones. No entiende; los acusa de fascistas. No se conmueve; justifica generosamente a los colectivos. No ve la realidad; encuentra conspiraciones, golpes de Estado por todos lados.

Las formas de lucha de nuestros muchachos toman diversas tácticas y técnicas. Siempre ha sido así en el mundo. Se diversifican. Se especializan. Aprenden en el camino. Se hacen de un eco mundial de apoyo. Lula critica a Maduro por negarse a dialogar. La Bachelet le sugiere a Maduro que no venga a su toma de posesión. Sería muy controversial y en mal momento. Artistas, escritores, músicos, atletas, organizaciones mundiales de paz, de derechos humanos, de defensa democrática denuncian a cada rato las razzias de los militares y policías contra los muchachos venezolanos. Es una lucha encarnizada por rescatar los valores democráticos. Si no lo hacen, y la conducta neocomunista triunfa, la condena a la juventud será terrible. Como en Cuba. Unos que quieren emigrar a costa de lo que sea. Otros que viven empobrecidos, marginados, mal vestidos y en penuria. Otros que se prostituyen, y finalmente unos pocos, que cada día son más, que entran en las tinieblas del crimen. ¿Os preguntáis que si vale la pena luchar? Nunca estuvo mejor justificada.