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Jair de Freitas

No es fútbol, es mi país

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Comienza el partido, dos equipos en la cancha y las gradas repletas de fanáticos que van coreando consignas con la ilusión de una victoria. En el terreno de juego el árbitro principal y los jueces de línea comienzan a desplazarse de un lado a otro haciendo seguimiento a todas las acciones de los jugadores con la responsabilidad de cumplir y hacer cumplir las normas que han sido previamente establecidas. De un costado de la cancha, están los banquillos de los equipos repletos de suplentes de mucha calidad profesional que aguardan su momento para aportar al equipo. El cuerpo técnico también está allí, serenos en lo externo, pero con una mezcla de ansiedad que solo la responsabilidad por el resultado permite entender. ¿Y el entrenador? ¡Claro! es la persona que vestida de traje no para gritar con desespero instrucciones que no se oyen mientras camina de un lado a otro poniendo en práctica la teoría según la cual estrés y calorías se eliminan del mismo modo.

Durante los primeros quince minutos, el asunto marcha con el nerviosismo habitual de dos oponentes que tratan de descifrar la estrategia del contrario. De pronto, el árbitro señala una infracción inexistente. El equipo favorecido por la decisión cobra la falta y se reanudan las acciones. Esta situación se repite en reiteradas oportunidades dejando en evidencia la parcialidad del referee, por lo que los seguidores del equipo perjudicado cambian las consignas por abucheos mientras se va acalorando el ambiente. En varios canales que dan cobertura al evento afirman los expertos que es evidente que no se están siguiendo las reglas, en tanto que en una de las señales abiertas de televisión un comentarista dice: “Todo está excesivamente normal”.

Cuando comienza la segunda parte, en el equipo azul hay cambio de jugador, en tanto que en el otro equipo la cosa sigue igual, excepto porque todos rotaron de posición. Parte del grupo grita sin cesar: ¡Chapulín! ¡Chapulín!, el jugador no se llama así pero debe su apodo a su similitud con el superhéroe aquel, su carisma dentro y fuera de la cancha, por su camiseta roja y además porque comparten iniciales de patronímico. Comienzan a repartir camisas con consignas que dicen: “Chapulín corazón de mi patria”, “Chapulín somos todos” y cualquier otro eslogan de naturaleza similar. Al mismo tiempo, alguien pasa lista para constatar quiénes están en las gradas del equipo rojo.

Cuando el equipo azul recibe una falta, el director de transmisiones desvía la cámara y la pantalla instalada en la cancha pasa a transmitir un micro sobre cómo entrena el equipo rojo, lo fantásticos que son y con música pegajosa en la que se repiten verbos en gerundio que denotan acción sin resultados (ganando, venciendo, derrotando entre otros). Los jueces de línea cambian el tamaño de las porterías, es decir, detrás del arquero del equipo rojo colocan una arquería de hockey en tanto que detrás del equipo azul simplemente extienden los parales hasta que tocan los banderines de tiro de esquina. Aun así, si el equipo azul anota un gol el árbitro lo anula, ordena repetir la jugada y expulsa al jugador que lo anotó.

Por razones de salud Chapulín debe ser sustituido del juego, por lo que entrega el banderín a otro miembro de su equipo y antes de salir del estadio exclama: “Pase lo que pase tenemos partido” (todos reconocen que tenía una habilidad especial para quedarse siempre con la pelota, tanto que ni se dieron cuenta de que se la llevó de la cancha). En el parque escasea ya la comida, bebida y papel higiénico, a lo que el nuevo capitán del equipo rojo dice que eso se debe a que los aficionados del equipo azul los tienen escondidos debajo de los asientos porque quieren que los aficionados rojos dejen de apoyar el juego.

Revisan los asientos, poco o nada encuentran pero van sacando gente de lugar (nadie sabe adónde los llevan). Otros muchos aficionados azules están cansados de las injusticias del árbitro, de lo inhóspito de las condiciones y mientras se retiran del lugar le gritan a su equipo que no se presten para eso y que no sigan jugando, pero al llegar al estacionamiento se dan cuenta de que le robaron el carro: nadie responde excepto un cuidador desarmado que dice: “Sí bueno, eso está pasando aquí”.

Mientras tanto, siguen las tarjetas amarillas y rojas a los jugadores del equipo azul, a la banca, a los técnicos e incluso a un señor que vende agua de chorro a precios justos. La luz en el estadio va y vuelve (dicen que fue un animal que cortó los cables), luego dicen que fueron los jugadores expulsados que están saboteando el partido y que hay un complot. Comienzan a allanar los camerinos, rompen los casilleros no encuentran nada. Alguien declara que interceptó unos mensajes donde consta que hay planes ocultos para perjudicar al capitán del equipo rojo. Más tarde, un comunicador social con una afilada crítica y excelente sentido del humor da el desmentido en su programa nocturno, luego de lo cual lo censuran.

Al día siguiente todos quieren comprar el periódico para ver la reseña del juego, pero al llegar al kiosco no hay prensa escrita por falta de papel. Corren a su computador o dispositivo electrónico, abren Twitter y escriben en el buscador la palabra “fútbol”. El resultado es un artículo de opinión del domingo escrito por este servidor intitulado: No es fútbol, es mi país.

@jair_defreitas

jair_defreitas_1@hotmail.com