• Caracas (Venezuela)

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Ignacio Ávalos

El fútbol mestizo en la aldea balón

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I.

Fui criado oyendo que el fútbol se practicaba según el país de donde se era. Escuchando ciertas metáforas de acuerdo a las que el fútbol  brasilero era una samba, el argentino un tango, el español una suerte de faena taurina y alemán semejaba el accionar de un tanque de guerra. Con tales imágenes se quería señalar que había, así pues, una manera de jugarlo que ponía al descubierto un cierto “estilo nacional”, correspondiente a una determinada idiosincrasia. Ciertamente tales alegorías pedagógicas ponían sobre la mesa dos maneras de entender y hacer el fútbol, la sudamericana y la europea, dentro de la que se reconocían ciertas particularidades que las diferenciaban. La una más florida y artística, de más habilidad y con espacio para la ocurrencia individual y para la picardía. La otra basada más  en la fuerza física, en el sentido colectivo, en la sobriedad y la eficacia.

 

II.

Pero, como se sabe, el tiempo pasa, las cosas cambian y los estilos nacionales lucen desdibujados. Pareciera que en todas partes se tiende a jugar de manera semejante. Hoy en día resulta complicado, si no imposible, identificar la proveniencia geográfica de los equipos tomando en cuenta como se plantan en la alfombra verde y como se desenvuelven a lo largo de los noventa minutos que dura el partido. Desde luego hay diferencias de modo y talante, pero las mismas no son principalmente atribuibles, como si lo era antes, a las características de un determinado país.

En efecto, ha tenido lugar durante los últimos años un proceso acelerado de mestizaje mediante el cual se han entremezclado filosofías, estrategias y tácticas nacidas en muy diversos sitios. Claro: la globalización también ha tocado al fútbol, siendo Europa la mejor demostración de ello. En varios países los equipos no son solo multinacionales, sino también multiraciales y multiculturales. Hay, si cabe el término, una suerte de sincretismo futbolístico.

En suma, en la Aldea Balón, como pudo haber dicho el sociólogo canadiense Marshall McLuhan, las cosas ocurren en una vitrina global. La televisión ha puesto todo a la vista de todos, todo el tiempo. El desarrollo de los medios de comunicación ha desnudado al estilo nacional. Este no es más una caja negra. Se difunden y conocen sus componentes, los cuales se pueden copiar y asimilar

En el mismo sentido de lo señalado cabe observar que en la irradiación planetaria de los conocimientos que fundamentan el balompié actual juegan un papel fundamental los directores técnicos. Estos son nómadas que van de un lado a otro difundiendo ideas y conceptos relacionados con los esquemas de juego, los sistemas de entrenamiento, los patrones de alimentación, el uso del amplio repertorio de recursos tecnológicos disponible, en fin, de todas las bases sobre las que se sustenta el fútbol actual. Por poner un ejemplo, algunos expertos sostienen que la actual selección alemana tiene cierto toque a lo Guardiola, visto que el catalán es ahora entrenador del Bayern, principal suplidor de jugadores al combinado teutón. Incluso en los equipos asiáticos y africanos es difícil encontrar particularidades explicables por su origen. De hecho, casi ninguno tiene un director técnico que sea del propio país y una parte creciente de sus jugadores se desempeñan en el viejo continente

 

III.

Lo que llevamos visto del mundial brasileño ratifica lo anterior. No hay choque de “civilizaciones futbolísticas”, como algún exagerado llegó a calificar, en algún momento, al encuentro entre selecciones europeas y suramericanas. No servirá para dirimir la supremacía en la cancha de dos continentes, cada cual con su interpretación de lo que es mover un balón a lo largo del engramado. Será, más bien, el encuentro entre selecciones de uno y otro lado del charco que juegan parecido, integradas por futbolistas que en su gran mayoría juegan en clubes europeos, aunque en este caso una buena parte de ellos se pondrá una camiseta latinoamericana. En otras palabras, será la manera de ver quiénes son los mejores jugadores de Europa, si los europeos o los latinoamericanos. Será, en fin, el escenario para que rivalicen jugadores del mismo corte, formados en la misma escuela, aunque representando a diferentes banderas.

Visto lo anterior, no pareciera del todo equivocado adelantar, sólo a título de hipótesis, un cierto debilitamiento (esto es, un cambio en su peso y significado) de los elementos nacionales del balompié, puesto de manifiesto en jugadores y entrenadores nómadas, hinchas mediáticos y, como señalé, estilos de juego homogéneos. Ni tampoco preguntarse, siempre dentro del plano de la conjetura, si se podrá seguir afirmando  que “la selección nacional de fútbol es la Patria”, como lo sostuvo el franco argelino Albert Camus, premio Nobel de Literatura.