• Caracas (Venezuela)

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La función debe continuar, dijo para la galería el obeso paracaidista que parece haberse sacado el premio gordo en un Atrévete a Soñar y hacerse del poder absoluto en un feudo de 916.445 kilómetros cuadrados, ínsulas incluidas, para, de este modo, seguir al mando de lo que Ibsen Martínez llama "reality colectivista" y "telemaratón estatizante", encadenándose y encadenándonos con un interminable, farragoso, repetitivo e insustancial discurso egocentrista, por cuyos entresijos se evidencia una cada vez mayor falta de cordura. Porque falta de cordura es sostener que después de los desastres de Guarapiche, Cúpira y Amuay su curva de popularidad y aceptación no sólo se mantenga, sino que crezca a un ritmo desenfrenado y delirante, producto de una imaginación pueril alimentada por estadígrafos y actuarios tarifados y oportunistas.

Compite por tercera y nos atrevemos a afirmar que por última vez en lo que encara como un concurso mediático en el cual se enfrentan el insulto y el respeto, el mediocre desempeño de un furriel y la probada eficiencia de un gerente, la torpeza de un peso pesado punch drunk y la agilidad de un peso pluma en óptimas condiciones, en fin, el wishfull thinking y la avasallante realidad; una realidad que quedó al desnudo en el maratón de promesas incumplidas organizado por el Comando Venezuela para desenmascarar al charlatán.

Las emergencias mal atendidas y las soluciones equivocadas hacen que se esfumen su pretensión de prolongar su mandato en busca del récord nacional de permanencia en el poder. Sus rabietas así lo ponen de manifiesto; pero lo más revelador es la grosera radicalización de su monotemático pregón contra el candidato de la modernidad. Como los adjetivos "majunche" y "burgués" no parecen haber tenido el efecto deseado, se empeñó en buscar uno y se inspiró, para ello, en el pelotón de funcionarios mayores y menores que le acompañaban cuando estaba arengando en Vargas y, al pasear su mirada por la corte escarlata, ¡bingo!, "jalabolas"... eso es, "jalabolas del imperio", que no es lo mismo que su imperio de jalabolas, un contingente de paniaguados que optó por guindarse para no halar escardillas al sol.

Así, pues, lanzó el dicterio contra Capriles, y lo repitió como niño chiquito, según Nelson Bocaranda, no menos de doscientas veces. Poco después, el caradura sostuvo que él no había ofendido al candidato de lo que llama la derecha, sin tener claro, nunca lo tuvo, lo que es de derechas ni lo que es izquierdas. Como es zurdo se cree izquierdista, y la inexistencia de un pasado militante (que, de acuerdo con el "Macho" Pérez Marcano, lo acompleja tanto como la ignorancia que suple con exceso de falta de ésta) le lleva a proclamar, en un discurso amenazante y claudicante, que de ganar Henrique Capriles el país se sumiría en una guerra civil. Tan alarmante afirmación provocó que el diario español ABC sostuviera, en su edición del pasado 27 de agosto, que: "La gravedad de su discurso pasó un tanto inadvertida para los venezolanos que están más preocupados por las fuertes lluvias que han azotado la geografía del país en las últimas 24 horas". Este tenebrosos discurso hace pensar en, como lo advierte Teodoro Petkoff, malintencionados propósitos respecto a la transmisión de mando.

La desesperación presidencial ha alcanzado un grado superlativo en el que se detecta no resignación, sino malacrianza, porfía, incredulidad y poca disposición a desprenderse de una investidura que está llegando a su fin porque la población percibe claramente que es tal el cúmulo de accidentes derivados de la negligencia oficial y tal la cantidad de omisiones y torpezas con que el Ejecutivo pretende hacer frente a eventos catastróficos que ha llegado la hora de ponerle freno al caballo, no vaya ser que se desboque por el camino equivocado. Camino por el que ya probó suerte y salió con el rabo entre las patas.

La función, pues, debe concluir, a pesar de que cuando baje el telón el bocazas sea capaz de cantar fraude.