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Colette Capriles

La fuerza serena

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“Al espíritu del dios Julio, padre de la patria, a quien el senado y el pueblo de Roma han colocado entre el número de los dioses”. Así reza la inscripción que legaliza el culto a César, un culto laboriosa y deliberadamente construido por sus herederos para marcar el inicio de una nueva forma del poder, ya no republicano sino imperial. En realidad se trató de una masiva operación de mercadeo simbólico que duró años, y que sirvió de precedente a la divinización de Augusto. Curiosamente, el poder absoluto de Augusto estaba sujeto a términos de diez años, vencidos los cuales el entonces princeps insistía, ante cada renovación de su mandato, en el acto de recusatio, de queja por tener que asumir el poder supremo a pesar de no desearlo. Aún debía tributo al espíritu republicano.

En el proyecto del chavismo huérfano hace ya tiempo que la república se ha desvanecido. Mientras vivía Chávez el debilitamiento de las instituciones republicanas, es decir, del balance que permite que nadie tenga un poder absoluto, quedaba camuflado por el pragmatismo del autócrata: había aprendido, después de tantos años, y especialmente después de los eventos de 2002, a administrar el proceso de acumulación de poder. A medir su velocidad y sus consecuencias. Vendió, de paso, su alma al diablo habanero con un contrato siniestro que entregó la independencia de este país. Comprendió que el control de las fuerzas armadas y de la industria petrolera era esencial para sostener su pretensión autocrática y provocó las purgas y crisis de 2002-2003. Y, sobre todo, comprendió la importancia (y los modos de uso) de la dimensión plebiscitaria como técnica de legitimación, junto a las alianzas que convertirían a los escenarios internacionales en benevolentes. Y así se fue diseñando un aparato estatal y paraestatal pantagruélico, gigantesco, un monstruo devorador de petróleo a la medida de la ambición del jefe que ahora, en su ausencia, luce como un cíclope herido, ciego de su único ojo.

Quizás veamos que la desproporcionada emocionalidad inoculada durante las exequias, al crear esa atmósfera de labilidad e incertidumbre, pueda terminar por convertirse en aliada de quienes abierta o secretamente anhelan que otras caras y otras ideas gobiernen. Algunas emociones son como geniecillos de lámpara que una vez invocados quedan sueltos e indómitos. Empiezan a jugar con las percepciones de la gente, y en esos juegos se cuela la realidad, la frustración, la desilusión; se cuela esa batería de preguntas que hacen dudar de la versión edulcorada de la vida que fluye desde las repetidoras, incansables, del sistema de comunicación del régimen.

Esa interpelación que ha sido el centro de la campaña de Henrique Capriles está ya surtiendo un efecto galvanizador que crea una agenda política y práctica para el futuro inmediato. Y el desafío, para ponerlo en palabras del propio candidato, es la confianza. Más que el drama planteado por la desastrosa gestión pública, el nudo de la gobernabilidad en un gobierno de la unidad democrática es recuperar la mesura republicana, la fuerza serena de las instituciones.

Pero supongamos que la inercia del culto a Chávez, la apelación a la identidad chavista y la máquina de persuasión y coerción electoral funcionando como en el pasado, se imponen sobre la decepción bidimensional que evoca la figura del candidato designado. La cuestión, sencillamente planteada, es si Maduro puede, primero, mantener unida esa máquina de mil piezas, recogidas de las ruinas de los sistemas fracasados del siglo XX, y sobre las que muchos barones feudales tienen pretensiones; y luego, moverla hacia el centro, es decir: abandonar el horizonte revolucionario reparando las fracturas horrendas que tiene el país hoy. Si alguno de los mensajes del candidato democrático está hoy impactando en lo profundo, es la promesa de restituir la perdida unidad alrededor del proyecto republicano. Debería el continuismo tomar nota.