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Alberto Barrera Tyszka

La fuerza del devoto

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Cada vez que Nicolás Maduro tropieza con el lenguaje, en algún lugar del mundo titila una pregunta: ¿qué hace él ahí? ¿Por qué Chávez lo eligió como sucesor? Cuando cualquier periodista extranjero ve en la televisión una escena de la represión desatada por el gobierno durante estos días, de inmediato aparece la misma duda: ¿por qué Maduro es Presidente? ¿Por qué Chávez lo escogió?

Las diferencias entre ambos parecen ser sustanciales. Empezando por lo evidente: Chávez fue un militar. Más de una vez reconoció públicamente que, al entrar en la academia y convertirse en cadete, descubrió su verdadera vocación. Su forma de pensar y de hacer la política está contaminada de la experiencia militar. Nunca pudo con la diversidad. Siempre concibió al otro como aliado o enemigo, sin otras posibilidades. Vivió de manera permanente en “contexto de guerra”. Todo esto, en Nicolás Maduro es oficio aprendido. Él no lleva el uniforme de manera natural. No lo siente igual. Proviene del mundo civil y trata de legitimar su autoridad en el discurso, repitiendo las fórmulas retóricas de Chávez. Pero los protocolos del poder no son sencillos. Maduro puede ser presidente, pero jamás será comandante.

Otra diferencia obvia transita en el ámbito mediático. Chávez tenía un talento comunicacional enorme. Su sentido del espectáculo era extraordinario. Era experto en diagnosticar rápidamente las ansiedades del público y ofrecerle de inmediato una representación adecuada. Esa tampoco parece ser la pulsión personal de Nicolás Maduro. Más bien, por momentos, hasta podría pensarse que se trata de una difícil exigencia, de uno de los requisitos que más le ha costado cumplir. Lo ha intentado todo. Ha apelado a la experiencia, ha ensayado chistes y canciones, ha tratado de ser o parecer amoroso o agresivo… ha mejorado mucho pero, ciertamente, no es su don. No tiene la gracia de poder convertir todo lo que dice en verdad. Todavía no tiene identidad propia. Todavía parece que habla para imitar.

Quizás por eso Nicolás Maduro tampoco ha podido inventar una historia personal convincente y atractiva. Nada parece tener suficiente peso. Chávez conmovía a la audiencia con la historia de un niño que vendía arañitas en la calle; mientras, Maduro no ha logrado convencer a nadie de que realmente era obrero y bajista de un grupo de rock. Maduro no es un ególatra, no está tan fascinado consigo mismo. Lo autorreferencial, en él, es una técnica oratoria, no una pasión íntima. Chávez confundía, de manera deliberada y constante, su vida con la vida del país. Maduro hace lo mismo, pero no su con propia vida, sino con la de Chávez. Es el discípulo perfecto. Borra su existencia para mantener viva la existencia del mesías.

Probablemente esta fervorosa fidelidad sea la respuesta a la pregunta, la razón por la que Chávez legó políticamente a Nicolás Maduro. Era la mejor garantía de su eternidad. Y ahí respira, también, una diferencia profunda entre los dos. Chávez tenía un voraz apetito de poder, una insaciable vocación de poder. Vivía para ese deseo. Era su ansia y también su paranoia. Maduro era un enigma, un segundón que parecía no tener otro deseo que obedecer instrucciones. Era un silencio al servicio de la palabra. La sombra del caudillo. Chávez estaba obsesionado con la posteridad. Necesitaba un respaldo para asegurar su puesto en el cielo de la historia. Y optó por el devoto. Decidió que Maduro era la persona más confiable para administrar su muerte. Quizás tuvo razón. Quizás cualquier otro hubiera estado ocupando La Casona.

Desde hace un año, Maduro se ha hecho cargo de la versión de la muerte del líder. Esa es su misión. No solo gobernar el país sino mantener y promover una religión. Eso le da más fuerza, lo hace más feroz. Ya ha convertido la represión en una cruzada de fe. Las imágenes de los guardias que, después de actuar salvajemente, gritan: “¡Viva Chávez!” son un signo terrible de los nuevos tiempos. Chávez ganó muchas elecciones. Maduro ya sabe que jamás volverá a ganar alguna.