• Caracas (Venezuela)

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Alicia Freilich

La frustrachera

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Se debe eliminar el miedo al uso público del lenguaje popular que no es equivalente al ofensivo vulgar o grosero de un Nicolás Maduro y su ignorante pandilla. Es una certeza que muchos años sirvió de pórtico y método al sabio magisterio del profesor Ángel Rosenblat desde sus cátedras en la Universidad Central de Venezuela. El habla común es mina y clave para diagnosticar las verdades más ocultas y prohibidas en una colectividad.

Si algún vocablo expresa el sentir generalizado en el país del hombre nuevo siglo XXI venezolano es el que da título a esta nota. Esta palabra compuesta, pronunciada por lo  bajito, aún no autorizada por académicos lingüistas, resume la fusión de una cólera creciente (la arrecherera) contra la mentirosa revolución chavista y el hartazgo paralizante (frustre) ante los métodos hasta el momento fallidos que insiste en repetir casi toda la oposición formal por interés particular de algunos partidos políticos.

Se agotó la fe en esa costumbre de asegurar un éxito irreversible por el solo voto mayoritario resultante de firmas espontáneas o programadas para su evalúo por continuos mecanismos fraudulentos desde su origen mismo en un CNE comprado y desarrollado para el fraude. Sí, en situaciones límite como la actual, el pueblo bravo firma lo que sea para salir de este desgobierno que los hambrea, humilla y destruye material y moralmente. Pero los regímenes totalitarios son inmunes a la decencia electoral civilista, solo salen bajo la presión concreta y firme de potentes acciones bien organizadas y conducidas por líderes modelo, competentes, desprendidos y ejemplares. 

Prometer, gritar, insultar y en especial amenazar al adversario político y luego replegarse pidiendo taima y repetir equivocaciones muestra una grave señal de profunda debilidad personal y grupal. Produce fatiga, desilusión, disgusto, cuando esa rutina se convierte en fija cartilla básica. Está sucediendo ya entre los ciudadanos al punto de casi resignarse a la tiranía militarista como un mal necesario. Anhelan una dirigencia menos charlista y charlatana, capaz de orientar como buen pastor el rebaño mareado por tantas vueltas repetidas en el mismo círculo como si fuera manada en condena para el sacrificio. Marchas, concentraciones pequeñas, firmas, protestas breves, dispersión sin unidad. No faltarán pretextos, ya también se escuchan, es culpa de fulano y mengano que no supieron hacer esto, aquello, lo otro ni lo de más allá.

En este momento, junto a Henry  Ramos Allup, quien demuestra el temple romulista requerido para la terrible ocasión y muy contados asambleístas de la disidencia, son los presos políticos, más de setenta, condenados bajo tortura por libertarios, fieles a las normas constitucionales, nobles y resistentes en su conducta insobornable, quienes todavía inspiran respeto y alguna esperanza en esta sufriente comunidad cuyos suelo y subsuelo fueron vendidos por ladrones ahora en pánico, dispuestos a quemar la pradera con tal de preservar hasta su inevitable, cobarde escape, la gigantesca riqueza hamponil adquirida a costa de 27.000 asesinados por año, cifra en crecido aumento por desnutrición y mala salud.

Quizá, todavía, la delincuencia bolivarista será recibida por compromiso en la isla caribeña de sus tormentos si una dirigencia opositora corrige, detiene la colectiva frustración arrecha y logra reciclarla como segura energía dinámica.

La sociedad venezolana ya no soporta palabrerío en vez de alimentos, proclamas en vez de medicamentos. Tampoco aguanta por mucho tiempo más, una oposición de mesa que llueve sobre mojado en sádica repetición de errores. Lo dice el dicho. Se acabó lo que se daba.