• Caracas (Venezuela)

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Gustavo Roosen

De fracaso en éxito

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Si en algún campo el temor al fracaso está a punto de perder la batalla es en el de los emprendedores. Ellos mejor que nadie están en capacidad de comprobar las diferencias entre una cultura paralizada por la aversión al fracaso y otra que ha optado por el estímulo, la superación de las dificultades y la acción creadora. Ellos pueden medir la debilidad de una cultura para la cual el fracaso es una condena, un estigma o una lápida, o la fortaleza de sociedades que lo valoran como experiencia o punto de apoyo y de partida.

Suele hablarse de las culturas anglosajona o china como culturas que, al tiempo que buscan y cultivan el éxito, han sabido entender el fracaso como experiencia vital y aprendizaje, hasta convertirlo en clave para nuevos éxitos. Por oposición, suele atribuirse a la cultura latina una mayor propensión a castigar socialmente el fracaso, a esconderlo, a convertirlo en disuasivo para otros intentos. Más allá de esta apreciación, la mejor prueba de los resultados de una u otra postura frente al fracaso se hace hoy especialmente visible a escala global en los campos del emprendimiento, la tecnología y la innovación. Allí se vuelven más patentes las diferencias entre la visión del fracaso como una derrota definitiva o como plataforma para un nuevo intento, como una humillación inconfesable o como un aval de experiencia, como un lastre o como un estímulo.

No habría sino que recordar los ejemplos de los grandes logros científicos, tecnológicos, empresariales y de todo orden para encontrar en su proceso una enorme suma de fracasos superados, de fracasos convertidos en semillas de éxito. Así tiene sentido la frase tantas veces citada de Thomas Alva Edison: “No he fracasado. He encontrado mil soluciones que no funcionan”. Ni hablar de experiencias como las de Silicon Valley, centro de las gigantes empresas tecnológicas del presente, donde se ha probado, como en pocos ámbitos, el efecto inspirador y dinamizador de una cultura que ha superado el temor a enfrentar un fracaso.

Presente en la mentalidad de las personas, la cultura positiva frente al fracaso ha encontrado también su expresión en el campo legal y en la esfera financiera. De hecho, en los países mejor preparados para la competencia global se ha desarrollado una política de apoyo financiero que favorece abiertamente el desarrollo del emprendimiento y las innovaciones, no penaliza el fracaso, valora la experiencia, no desestima ni discrimina a quienes no han logrado en primera instancia su objetivo. Este mismo espíritu ha dado lugar a las diversas modalidades de capital semilla o capital ángel como fórmulas para apoyar al emprendedor. La oferta de capital de riesgo ha atraído el interés de los gobiernos y de quienes se apoyan en ella para generar innovaciones, crear empresas y sumarse a los esfuerzos de su país para ganar en competitividad. La legislación de algunos países, por otra parte, no solo distingue entre los conceptos de fracaso económico y de quiebra fraudulenta, sino que propende a agilizar el procedimiento para la instrumentación del primero y penaliza severamente los delitos vinculados con el fraude deliberado.

Sería equivocado pensar que quienes se inclinan por una cultura de entendimiento de la significación del fracaso, e incluso de su valoración, avalan la irresponsabilidad, la intención criminal, el descuido, la falta de interés o la improvisación. El fracaso, ciertamente, no puede ser un objetivo válido, no garantiza automáticamente el aprendizaje ni ofrece garantía de no repetirse.

Lo que sigue siendo pertinente es abogar por una cultura que estimule el emprendimiento y la innovación, que conduzca a aprender de los traspiés, que reconozca a quienes son capaces de superarlos, de correr riesgos, de intentar más de una vez y de lograrlo. Ganaremos, sin duda, como sociedad, si logramos superar la inercia fatalista del proceso que conduce de fracaso en fracaso y reemplazarla por una dinámica creadora que permita avanzar de fracaso en éxito.