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Mohamed A. El-Erian

¿Un final más feliz?

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El Congreso de Estados Unidos se ha negado a aceptar una propuesta de financiación del Fondo Monetario Internacional aplazada durante mucho tiempo, pese a que era una solución elegante que no entrañaba nuevos compromisos sobre recursos. En ese proceso, desbarató un acuerdo multilateral alcanzado en 2010, en el que el gobierno de Barack Obama desempeñó un papel principal, cosa que resulta irónica para el resto del mundo, y lo hizo en un momento en el que los trastornos financieros que padecen las economías en ascenso están recordando al mundo la importancia de que se afiance sólidamente y se estabilice el núcleo del sistema financiero mundial.Después de la decepción inicial, muchos abrigan la esperanza de que, después de un breve interludio, el Congreso vuelva a abordar la solicitud del gobierno de Obama sobre el FMI. Desde luego, tendrá varias oportunidades de hacerlo al ocuparse de otras propuestas de legislación financiera, pero, como las elecciones al Congreso se celebrarán al final de este año, pocos confían en que los legisladores estén dispuestos a cambiar de rumbo antes de 2015.Se trata de un resultado desafortunado y lamentable tanto para el FMI como para la comunidad internacional en conjunto. La obstinación del Congreso está obligando al Fondo a desaprovechar una oportunidad para fortalecer sus finanzas en un momento en el que la mayoría de los demás países ya han aprobado esa iniciativa.

También se le está impidiendo abordar, aunque modestamente, los déficit de gestión y representación que han ido erosionando constantemente la integridad, la credibilidad y la eficacia de esa importante institución multilateral.Entretanto, la evolución de la situación mundial confirma que el reciente período de tranquilidad financiera sigue sin haberse consolidado. En lugar de estar afianzada con reformas fundamentales y duraderas, la calma actual se ha conseguido mediante el recurso a las políticas monetarias experimentales de los bancos centrales, en particular en los Estados Unidos, Europa y el Japón.

Esas políticas han mejorado las perspectivas internas de las economías avanzadas, pero han acentuado los dilemas normativos que afrontan muchas economías en ascenso. En algunos casos, han desbordado la capacidad de las autoridades y han contribuido a la inestabilidad política: todo ello en un momento en el que nadie conoce la verdadera magnitud de los efectos secundarios y las consecuencias no deseadas de las medidas heterodoxas adoptadas en Occidente.Sí, se trata de una importante oportunidad perdida para todos cuantos valoran el crecimiento y la estabilidad financiera mundiales y de una mala noticia sin lugar a dudas, pero hay un aspecto positivo, porque la decepción del mes pasado puede convertirse en una oportunidad.Al fin y al cabo, el acuerdo de 2010 fue una transacción que, aunque costó mucho conseguirla, hizo avanzar sólo marginalmente la causa de las reformas del FMI, durante tanto tiempo aplazadas. Además,  no hubo suficientes garantías de que los cambios limitados acabaran brindando un trampolín para hacer reformas más sólidas más adelante. De hecho, en lugar de modernizar el multilateralismo económico y renovar su gobernación, lo que muchos habrían considerado una transacción parcialmente definitiva, pero insatisfactoria, podría haber beneficiado a quienes propugnan acuerdos regionales como substitutos del multilateralismo y no como complementos de él.

Pero si el criterio de la comunidad internacional es simplemente el de esperar a que el presidente de Estados Unidos presente al Congreso una y otra vez el mismo plan de reformas limitadas, no se aprovechará esta nueva oportunidad, nacida de la decepción. En cambio, los dirigentes deben unirse y apoyar la necesidad de que se empiecen a celebrar debates sobre un plan de reformas más completo.Dichas reformas podrían comenzar centrándose en una reforma más decidida y muy necesaria de las votaciones y la representación en el FMI, que refleje el mundo de hoy y de mañana, en lugar del de hace decenios. Se podría lograr aplicando tres iniciativas concretas.Los dirigentes deben proponer un cambio que beneficie mucho más a las economías en ascenso que a Europa respecto de las votaciones, la representación en la Junta Ejecutiva del FMI y las obligaciones de financiación.Se debe eliminar de una vez por todas la anticuada reliquia de un sistema que reserva de facto la posición de Director Gerente para ciudadanos europeos.En tercer lugar, las autoridades deben partir de los avances recientes para garantizar un terreno de juego más igual para todos con miras a la aplicación de la vigilancia del Fondo.No hay un momento mejor que el actual para empezar a aplicar esas iniciativas. En el caso de las dos últimas –mejorar aún más los procedimientos que rigen la elección del próximo Director Gerente y conferir una mayor imparcialidad a la vigilancia– se podría hacer bastante rápidamente y sin tener que conseguir la aprobación parlamentaria. Lo que hace falta es una mayor voluntad política de los gobiernos y, en el caso de Europa, una mayor humildad.La primera iniciativa, relativa a las votaciones y la representación, requeriría inevitablemente más tiempo y resultaría mucho más difícil de aplicar. En muchos países, los gobiernos tendrían que obtener la aprobación parlamentaria y el proceso para ello requeriría por fuerza negociaciones y transacciones difíciles. Parafraseando un concepto que el articulista Thomas Friedman utilizó recientemente refiriéndose a Oriente Medio, lo principal es reconocer que en el nivel nacional no debe haber “ni vencedores ni vencidos”. No se refiere a los países en particular, sino al bienestar de un sistema internacional que pueda favorecer y proteger mejor los intereses de los países por separado y a largo plazo.

La comunidad internacional, por mediación de sus 24 representantes en la Junta Ejecutiva del FMI, debería actuar rápidamente para conferir al director gerente la capacidad para nombrar un comité independiente de expertos externos a fin de que formulen propuestas detalladas para cada uno de los sectores, incluido, entre otras cosas, el aprovechamiento de la labor que ya se ha llevado a cabo. De hecho, los recientes episodios de inestabilidad de los países en ascenso y el riesgo de que repercutan en los países avanzados en los que el crecimiento no ha alcanzado aún la “velocidad de escape” son un recordatorio oportuno del peligro de que se paralicen las reformas.Quien desee ver un FMI más fuerte en el centro de un sistema monetario internacional fluido –y la mayoría de los economistas lo consideran muy importante– convendrá en que la obtención de ese resultado con diferentes velocidades es muy superior a hacer más de lo mismo y de forma limitada.