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Juan Esteban Constaín

Por fin otra vez

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Parece mentira, como cada cuatro años, pero hoy por fin empieza otra vez la felicidad. Hoy se reanuda, más bien, tal como la dejamos el 11 de julio del 2010 en Johannesburgo. 1.450 días, si no estoy mal, de una larga espera durante la cual tuvimos que inventarnos toda clase de pretextos y ficciones para sentir que el mundo tenía sentido, que seguía girando como el balón que es. Pero en el fondo todos sabíamos la verdad: que el que se inventó el mundo se lo inventó para poder verse el mundial.

Será un mes apenas, un mes nada más, que se nos irá de las manos como agua –“huye mientras tanto, huye irreparable el tiempo...”– y luego lo recordaremos para siempre en secuencias de televisión, casi en cámara lenta: los goles que no fueron o los que no debían ser, las celebraciones, las banderas, la formación de los equipos cuando suena el himno. Los gritos adentro y afuera de la cancha y esa especie de heroísmo tan absurdo de cada partido, tan absurdo y tan bello.
Hay quienes dicen que el fútbol es el opio del pueblo; y sí, sin duda lo es, aunque también el pueblo es el opio del pueblo. Pero aun ellos, los descreídos, los que perdieron la fe o nunca la han tenido, aun ellos miran de reojo y no pueden evitar emocionarse. Nadie puede ser tan indiferente a la verdad. Así se van acercando con desdén, primero, y luego preguntan cuánto va el partido. Luego preguntan cuál es cuál, que si ahí están Cristiano Ronaldo o Messi. Juegan Irán contra Nigeria. Luego son los que más gritan y hay que pararlos ya.

De todas las religiones inventadas por el hombre, el fútbol es de lejos la mejor: no solo porque Dios sea redondo, como lo aseguró el teólogo mexicano Juan Villoro, y es cierto, sino también porque de todas es quizás la más humana, demasiado humana, la que más se parece a la vida. Nada, ni siquiera el arte o el amor, nada encierra tanto azar y tanta poesía, tantas injusticias, tanta belleza, tanto sufrimiento y tanto alivio. Tanto arte y tanto amor y tanta humanidad.

Dijo alguna vez Jorge Valdano, el filósofo, que “el fútbol es lo más importante entre las cosas menos importantes” de la vida. Se equivoca: hay días, como este y todos los que vienen hasta el 13 de julio, 32 días de felicidad, en que el fútbol es no solo lo más importante entre todas las cosas importantes de la vida, sino incluso la única cosa importante que nos pueda ocurrir. Valdano, que metió un gol en la final de México 86, lo sabe mejor que nadie. Que no blasfeme: el fútbol es sagrado y lo juró un canalla, Roberto Fontanarrosa.

Ese gol fue el segundo de Argentina el 29 de junio de 1986, que es como se mide el tiempo: de mundial en mundial. Nació de atrás, con un pase de Maradona a Enrique que se la pasó a Valdano, que se fue con la pelota, como él mismo lo ha contado tantas veces, rezándole. “Entrá, entrá”, decía su plegaria. El arquero trató de salir pero él, de derecha, se la cruzó al palo izquierdo. Y entró. Dice el delantero que ese día, aun queriendo, no pudo llorar, y solo lo hizo años después cuando oyó su gol narrado por José María Muñoz. El fútbol también es literatura.

Lo confirma el primer cuarteto del soneto al calcio florentino de Lorenzo de Filicaja, traducido al español por el gran Miguel Serrano, licenciado y poeta: “Esta batalla que arde ante tus ojos / bajo un cielo tan gris que aja la tierra / guarda tanto del arte de la guerra / que aun siendo juego, temes los despojos...”. Por fin empieza otra vez el mundial, por fin. Llegó el día de hablar de lo importante, que me esperen en la casa.

Y se detiene mientras tanto el tiempo irreparable. Porque aunque gire el mundo, como el balón que es, cada cuatro años hay un mes que dura para siempre.

catuloelperro@hotmail.com