• Caracas (Venezuela)

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Froilán Barrios

Al filo de la navaja

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Vivimos tiempos difíciles y borrascosos en nuestro país, donde es terreno fértil el sectarismo y la intolerancia a la disidencia, salvo si hay identificación absoluta con el pensamiento del contrario, a tal extremo que las advertencias son asumidas como amenazas, y los sofismas sustituyen toda reflexión coherente sobre el rumbo incierto, que reclama una conducción experimentada a la reconstrucción nacional.

Ante el 6-D, el trance que estremece a Venezuela es del mismo tenor que conllevó en otras latitudes a constituir sólidas alianzas nacionales para superar sus crisis políticas; de esta manera fueron superados 16 años de pinochetismo en Chile (1988), la conformación del Frente Amplio para enfrentar la dictadura cívico-militar uruguaya (1985), el acuerdo nacional para salir de los gobiernos militares en Brasil (1985) y el caso reciente de Argentina (2015) con la victoria de Mauricio Macri poniéndole fin al Kirchnerismo a partir de la conformación de la coalición PRO y Cambiemos.

Son todos escenarios diferentes que determinaron diferentes recetas que apuntaban a restablecer plenamente los derechos democráticos y que permitieron la definición de una nueva etapa política para estos pueblos, entre otras experiencias de América Latina que pudieran citarse como los casos de Paraguay (1989), Bolivia (1982), Perú (2000).

En nuestro caso luego de 16 años de gestión chavista el régimen acude a estas elecciones parlamentarias, con todo el peso del Estado a su favor, para impedir los cambios que la población reclama y que los ha señalado en los procesos electorales presidenciales de 2012 y 2013. De allí que haya sujetado a su antojo el poder electoral al diseñar los circuitos electorales a su conveniencia, igualmente decretado estados de excepción en cuatro estados del país que  enrarecen el clima democrático en 25 municipios, promueve un clima de miedo en la población con atentados a lideres opositores y desata una bestial campaña populista de dádivas de electrodomésticos, vehículos, aumentos de pensiones y salarios para revestirse de una popularidad y lealtad que ya perdió en todos los rincones del país.

Los resultados del 6-D a pesar  de su inmensa capacidad de persuasión, control de la población, persecución a opositores, confirmarán el giro político de la crisis venezolana, donde el proceso de ruptura definitiva de la población con un régimen calificado a nivel internacional de narcoestado, debe manifestarse con  un tsunami electoral capaz de barrer con la manipulación gubernamental del voto.

Por tanto el centro de la nueva situación política no solo se ubica en las cifras de diputados o de quien pretenda presidir la Asamblea Nacional, sino en el programa de reconstrucción institucional que la coalición opositora proponga a la nación, que no se convierta en una nueva frustración que vea sucumbir las esperanzas de cambio de la población y de de sus organizaciones sociales.