• Caracas (Venezuela)

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Alberto Barrera Tyszka

Y la fila avanza

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—Yo conocí a mi esposo en esta fila –dice la muchacha.

Todos los demás nos miramos como tratando de recordar ese momento. Hemos votado tanto en todos estos años que los días de elecciones nos han dado un sentido de fraternidad. Somos como los vecinos que no se conocen pero se saludan de manera casi familiar.

—Fue cuando el referéndum –continúa la muchacha–. Él estaba un poco más atrás. Era mediodía y vino a regalarme una botellita de agua.

—¡En ese tiempo había botellitas de agua! –masculla el hombre que está delante de mí y que hasta ahora ha permanecido con el ceño fruncido, como si no quisiera involucrarse en la conversación.

—¿Es uno alto, con el pelo negro y bigote? –pregunta una señora que siempre viene con paraguas.

—¡Ese mismo es! Ese día terminamos jugando dominó. Y me pidió el teléfono.

—¡Te puso el ojo, mija!

La cola se convierte en una pequeña asamblea, donde las mujeres comentan la anécdota y van sumando otras historias parecidas. Es una suerte de chisme-forum que termina cuando una de las presentes pregunta por el marido.

—Tenemos una bebé de 8 meses –dice la muchacha–. Está un poco resfriada. Raúl se quedó en la casa con ella. Cuando yo termine, voy para allá y él se viene a votar.

Un suspiro colectivo convierte al grupo en un coro de sentimiento maternal. El hombre que está delante propone otra mueca de disgusto.

—Yo más bien me divorcié en esta cola –exclama en voz baja, mirándome de reojo–. ¡Uno pasa tantas horas en esta vaina que termina preguntándose hasta qué sentido tiene la vida!

Una joven que está de estreno, votando por primera vez, nos mira desde la fila de al lado. Sonríe y dice algo sobre la democracia que ninguno de los dos alcanza a escuchar bien. Yo decido usar la mueca 37 y ofrecer una sonrisa ambigua, es un gesto peculiar, un sí pero no o un no pero sí que suele funcionarme en estos casos. El hombre que está delante solo cambia de posición.

—¡Mira esa vaina!

Volteo y veo: tres viejitas en tres sillas de ruedas se abren paso hacia la entrada del colegio.

—¡Este es el centro de votación con más gente de la tercera edad que hay en el país! –refunfuña de nuevo–. ¡De verdad! –añade–. ¡Y no se mueren nunca! ¡Cada vez hay más!

Busco auxilio en el grupo de mujeres que, detrás de mí, continúa con su ciclo de debate sobre las historias de amor y las relaciones de pareja. Ahora están en un capítulo difícil: las manías masculinas insoportables. Apenas terminan de hablar sobre las gotas de orine en la tapa del retrete o sobre la desagradable costumbre que tienen los hombres de no secarse dentro de la ducha y dejar el baño siempre chorreado.

—Si yo tuviera real tendría dos baños –asegura una señora robusta que curiosamente ha venido vestida con ropa de trotar–. ¡Uno para mi marido y otro para mí!

—Y si yo fuera su marido –murmura el hombre que está delante–, tendría dos casas, coño. ¡Una para ella y otra para mí!

Trato de fugarme abriendo el libro que he traído. Es de Leila Macor y se llama Nosotros los impostores. Es una reunión de breves, ingeniosas y muy bien escritas crónicas.

—¿Y qué? –inquiere el hombre que tengo delante–. ¿Encima te vas a castigar leyendo de política?

No me deja explicarle que, en realidad, el libro tiene muy poco de política. El hombre desfonda de una vez todo su mal humor. Critica los partidos, los líderes, las instituciones. Abre el grifo de su desesperanza y deja que su mal ánimo fluya. Yo permanezco mudo hasta que siento que se aferra al punto final.

—Solo no entiendo una cosa –le digo lo primero que se me ocurre, lo único que se me ocurre, quizás–. ¿Por qué entonces estás aquí?

Se queda en silencio unos segundos. Como si la pausa fuera el hueso de un durazno dentro de su boca.

—Porque sé –dice finalmente– que si me quedo en mi casa, mañana o pasado, o dentro de uno o dos años, me lo voy a reclamar. No votar no sirve de nada. No votar da ratón.

Y la fila avanza.