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Elías Pino Iturrieta

La fiesta mexicana

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Las declaraciones del ministro Rodríguez Torres sobre el desarrollo de una conspiración masiva se inscriben dentro de una monstruosa operación de inteligencia como pocas veces se ha experimentado en los anales del espionaje entendido en sentido republicano. Un conjunto de observaciones deshilvanadas, pero especialmente el manejo de conjeturas que se proponen como evidencias contundentes de la comisión de delitos políticos, componen un repertorio de dislates que no se pueden comentar de manera coherente por su insensatez intrínseca, aunque sí por las intenciones del vigilante de la estabilidad convertido en ventilador de sospechas, en recopilador de detalles irrelevantes y en inquisidor de pensamientos que solo pueden explicar con propiedad las personas que los tienen en la cabeza.

Son muchos los desatinos desembuchados por el agente antisublevaciones, pero quizá se resuman, tratando de encontrar respuesta convincente a una puesta en escena caracterizada por la indigencia de argumentos, en su insistencia en una reunión de jóvenes activistas que denominó “fiesta mexicana”. En el jolgorio celebrado en comarca de chilangos no se sirvió tequila ni se ofrecieron botanas vernáculas, según el elocuente comunicador de conjuras. Se cambiaron por las tenebrosas recetas de un autor de moda, Gene Sharp, quien se ha puesto a decir lo que dijeron hace siglos san Agustín, el padre Suárez y sus discípulos jesuitas sobre las monarquías que merecen las patadas de los súbditos debido a sus tiránicos procedimientos. Sharp no sigue los consejos contundentes de los patriarcas, sino salidas más parsimoniosas, pero el punto radica en que la tal “fiesta mexicana” fue un evento público y notorio al que acudieron unos líderes juveniles a tratar el tema que les concierne de cómo actuar contra los desmanes del madurismo.

¿Desde cuándo es motivo de preocupación que un grupo de políticos se congregue para hablar de política? ¿Portaban armas de fuego, consultaban manuales de las guerrillas o se adherían a los procedimientos sigilosos de los carbonarios? ¿Se les puede acusar de propósitos inconfesables, cuando todos han admitido públicamente, desde hace tiempo, que son de la oposición y que luchan por la democracia? Si van a conspirar no pasan por la aduana, ni vuelan en aviones comerciales como cualquier hijo de vecino, ni se hospedan en los lugares habituales que ofrece una ciudad de trajines turísticos donde resulta sencillo el seguimiento de sus pasos. Sin embargo, para el ministro cometían un delito digno de divulgarse por televisión, con el aditamento de láminas y fotografías multicolores a través de las cuales se pretendía la exhibición de una pandilla de delincuentes. Estamos frente a lo más preocupante de la declaración ministerial: la consideración de una asamblea política como un acto criminal, la condena de una conducta legítima como si se tratara de una rebelión contra las instituciones. Si recordamos que el funcionario hizo lo mismo con los activistas de organizaciones no gubernamentales, con personalidades que levantan la voz contra la dictadura y hasta con unos muchachos que cometían el pecado de ponerse unas franelas en las cuales se leía la palabra “Oxford”, de acuerdo con lo que se atrevió a sugerir (seguramente un rótulo de procedencia imperial y, por consiguiente, digno de reprobación), se anuncia una persecución capaz de cebarse contra cualquiera que piense según su albedrío o que cometa la falta de tomarse una foto con la persona equivocada.

Tendremos que escoger mejor las amistades, por lo tanto. Los itinerarios deben elaborarse con cuidado, no vaya a ser que uno termine en las jaulas del Sebin. Se deberá prestar mayor atención a las lecturas, si posible con la ayuda de los sabuesos, para evitar peligrosos extravíos. Antes de ponerse las franelas conviene mirar lo que han escrito en ellas los modistos, no en balde esos vocablos aparentemente inocentes pueden conducir a la perdición de las conciencias. Todo un escándalo. Todo un paradigma en materia de persecuciones alevosas. Un tufo fascista o falangista del que uno debe distanciarse expresamente, como si se tratara de mortal pestilencia. Llama la atención que la MUD no haya dicho mayor cosa sobre esta pavorosa y oscura manera de calificar a la oposición.