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Leopoldo Tablante

En festín ajeno

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Como vivo en país prestado, frecuento el reflejo involuntario de segregación de la naturaleza humana. Por ejemplo, hoy en Estados Unidos es el jueves de Acción de Gracias y a mí, como quizás a muchos venezolanos de la reciente diáspora chavista, este paréntesis vacacional al final del mes de noviembre todavía me toma por sorpresa. Aunque la abrumadora mayoría de los venezolanos de Estados Unidos vive en el sur de Florida, donde el origen está más claro, otros nos encontramos dispersos en los destinos erráticos de la contingencia y el azar.

Hace un par de años, de visita en Nueva York, un amigo nos invitó a cenar a mi esposa y a mí justamente durante la misma fecha. El menú, a contrapelo de los colesteroles de la jornada, fueron vegetales asados, salmón horneado con sal, pimienta y eneldo más un pie de manzana con helado de mantecado, postre que propusimos nosotros. La cena, tan deliciosa como austera, fue despachada con tenues descalificaciones a las ofertas insípidas del ágape tradicional angloamericano. Juntos llegamos a la conclusión de que el pavo es un pájaro insulso, creencia alimentada por experiencias con pavos mal horneados más que por verdad verdadera.

Ayer, una enfermera negra veterana, cuidadora de ancianos a punto de estirar la pata en un edificio de Nueva Orleans lleno de millonarios de la tercera edad, me reveló que el secreto de un pavo tierno y jugoso consiste en hornearlo con la pechuga hacia el fondo de su recipiente, lo que aminora el efecto calcinante del aire y de las resistencias instaladas al ras del techo de los hornos eléctricos, lo que se estila por estas latitudes. Sin embargo, otra amiga expatriada con residencia en Massachusetts, en pleno proceso de transformación en una Masshole cualquiera (la gente de Boston y sus suburbios, caracterizada por su premura al volante), nos escribió un correo electrónico colectivo a todos sus amigos expatriados en el norte para enviarnos los buenos deseos correspondientes a la semana de Acción de Gracias. Mi amiga es una persona afectuosa y genuina y su gesto distó mucho de ser una movida de relaciones públicas. Despachado el mensaje principal, exhortó a los destinatarios de su correo a comerse «una cosa tan mala como un pavo” con la mejor compañía posible.

El martes por la tarde, Brad, mi vecino, un muchacho de 21 años con un talento inusitado para la cocina, nos tocó la puerta para invitarnos a una cena adelantada de Acción de Gracias. Sin saberlo, estaba a punto de cobrar una vieja deuda: la de las incontables afrentas dirigidas contra su patrimonio espiritual y culinario por una multitud anónima de venezolanos (y latinoamericanos) tristones: lomo de cerdo, pechugas de pavo (tiernas y jugosas), salsa de arándanos, carne negra de pavo cocinado a fuego lento durante catorce horas, coles de Bruselas horneadas con panza de cerdo y nueces tostadas, salsa a base de calabaza, zanahorias, caldo y especias (entre ellas el estragón y la nuez moscada), pan de maíz, puré de papa con maíz, pie de manzana y panqué de crema de leche según una receta certificada por cinco generaciones de su familia.

No quiero rajarme en consideraciones sensorio-literarias que me quedan enormes, pero tengo que admitir que la cena me hizo rozar el límite entre mi propio pasado y el de un grupo de comensales que en cada bocado iba repasando una historia que ignoro, algo así como lo que le sucede al pedante crítico gastronómico del Ratatouille de Disney. Las emociones que la comida suscitaba eran cosa seria, algo que, entre quienes podían permitírselo, conectaba a los vivos con los muertos: a la nieta aficionada a la mantequilla con la abuela que la enseñó a correr el riesgo, a la hija cuya madre le tostó el paladar con su aleación de papas y maíz dorados al horno. Después de superado el pudor de ser polizonte de una nostalgia ajena, colé una moraleja previsible: que las creencias y los puntos de honor son un modo de intolerancia que separa a las personas y sofoca las variantes degustables del placer.