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Daniel Samper Pizano

El feo, como el oso

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No sé si cayó en desuso aquel viejo dicho, refugio de varones poco estéticos, según el cual “El hombre, como el oso, mientras más feo, más hermoso”. Del mismo refrán existe una variedad bogotana hiperrealista que predica: “El hombre, como el oso, mientras más feo, pior pa’ él”. Como siempre me consideré uno de esos que se consuelan pensando en el plantígrado, a lo largo de la vida he acumulado una batería de razones a favor de los feos.
El feo, por ejemplo, suele ser –solemos– más simpático que el bien plantado, porque sabe que no impacta por la belleza de sus rasgos sino por una suma de otras características. Las principales de ellas, el encanto, la gracia, el sentido del humor y adicionales atributos que no menciono por modestia. Además, es más culto el feo que el churro, porque, al tener menos éxito con las mujeres, goza de más tiempo libre para leer, asistir a conciertos, visitar exposiciones y ver fútbol por televisión. Del feo suele decirse, aunque sea por compasión, que es “interesante”, atributo que rara vez se oye pregonar de un papito. Este tiende a ser aburrido, plano, superficial.

Sobra decir que cada vez que los feos se enteran –nos enteramos—de que uno de los nuestros ha conquistado a un símbolo sexual femenino, lo celebran –celebramos—como un triunfo del gremio. La seducción de María Félix por el longanizo Agustín Lara se sigue festejando en el mundo de los feos. Lo mismo cuando Sammy Davis Jr se levantó a la sueca May Britt guiñándole el ojo de vidrio. Y el gran éxito de Pacheco con las mujeres lo sentíamos como propio.
Por eso los feos están –estamos—de plácemes desde que se divulgó la noticia de que el presidente francés François Hollande, que ya había sido compañero de cama de dos mujeres de extremada inteligencia y belleza, coronó con una tercera: la atractivísima actriz Julie Gayet. El poder reemplaza a menudo la apostura física, lo cual es un incentivo más para los feos. Lo mismo ocurre con el dinero. No digo que el magnate griego Aristóteles Onassis careciera de simpatía y genialidad, pero sospecho que ser propietario de islas, yates y mansiones le ayudó a enamorar a Jacqueline Kennedy. Hay quien asegura que se apoyó también en su especial dotación para las lides amatorias, ventaja que con frecuencia exhiben –exhibimos—los feos.

A pesar de todo lo que llevo dicho, reconozco que, puesto a escoger, escogería parecerme a George Clooney antes que a Mick Jagger, sin desconocer los talentos notables que este tiene. Y es que, en el fondo, lo confieso, hay muchas razones por las que los feos envidian –envidiamos—a los guapos. He conocido la última de ellas en mis exploraciones académicas. Una reciente tesis de dos estudiantes de la Universidad de Wisconsin (Estados Unidos) revela que los ejecutivos bien parecidos tienen mejores sueldos, puestos más elevados y mayores oportunidades empresariales. Se calcula que el promedio de los buenos mozos gana 13% más que el promedio de los horribles. Esto, a lo largo de una carrera profesional, representa 230.000 dólares más.
Según la investigación de marras, la gente tiende a creer de manera inconsciente que los funcionarios bonitos son más vivos y dignos de confianza que los feos. Hay un perjuicio en contra de estos últimos: si se pierde un elemento en la oficina, la primera sospecha recae en el feo. Algo parecido ocurre con los estudiantes. Aquellos bien puestecitos y con aspecto limpio sacan notas mejores, con las mismas respuestas, que los mantecos y feongos.

Capítulos más específicos de la tesis demuestran que los altos emanan más autoridad que los bajitos y los prolijos parecen mejores trabajadores que los zarrapastrosos. Todas estas son, por supuesto, meras sensaciones, puros prejuicios. Al final, ocurre casi siempre que la imagen no corresponde a la realidad y que, salvo para concursar en Mister Mundo, los feos son mucho mejores.