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Elías Pino Iturrieta

¿Cuándo éramos felices?

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Las miradas que se hacen desde la atalaya de la actualidad tienden a ser benévolas, cuando se llevan a cabo desde el espejo retrovisor. Si uno, desde el centro de un desierto inclemente, se detiene a apreciar los pasos trascurridos, más piensa en las penurias que experimenta que en las que lo atormentaron en el principio del camino. El pasado pesa menos, en la medida en que se compara la antigua carga con la roca de la actualidad. O uno siente que pesa menos. Se trata de una fantasía. Comprensible porque duelen más las espinas cercanas que las zarzas antiguas, o porque muchas de las heridas del ayer se curaron y las que importan son las que martirizan ahora. Pero peligrosa, debido a que produce una distorsión capaz de impedir el entendimiento cabal de la peripecia individual y colectiva que se experimenta.

“Éramos felices y no lo sabíamos”, se ha repetido hasta la fatiga en nuestros días. Es la lamentación del bien perdido, la añoranza de unas horas doradas, la memoria de una época mejor que no volverá, o que solo se puede convertir en realidad si se asemeja a los hechos que una sensibilidad maltrecha se empeña en convertir en elementos del paraíso perdido. Estamos frente a un hábito que se explica por los horrores de la “revolución” bolivariana, cada vez más evidentes y cargosos, pero cuyos resultados no resultan constructivos cuando se anhela la alternativa de un destino mejor. Es una reiteración propia de los adultos, de los viejos y de los que vamos para viejos, pero no se confina al círculo de los que están en capacidad de hacer analogías convenientemente torcidas. Se transmite a los jóvenes, que las reciben en el seno de sus familias o a través de lo que escuchan en lugares públicos para asociarse a un juego de fantasmagorías devenidas recuerdo auspicioso. Es una situación comprensible, pues, pero muy perjudicial.

Si todo fue un primor en el pasado, si nuestros abuelos, nuestros padres y muchos de nosotros mismos edificamos y habitamos un pensil, ¿cómo se explican las atrocidades de hoy? ¿Salieron de un infierno desconectado de la historia contemporánea? ¿No tienen relación con las ejecutorias de quienes hoy lloran la felicidad perdida? La magnificación del pasado reciente encuentra buen asidero en la necesidad que tenemos de alejarnos de las responsabilidades, de mirar desde lejos la función como si no tuviéramos vínculos con lo que desfila frente a nuestros ojos o con las vicisitudes que nos llevan por la calle de la amargura. Pero no es así. El chavismo es criatura de nuestras obras como sociedad. No basta con asegurar que uno no votó por el comandante. Hace falta una explicación seria de su presencia y de su permanencia, que no se limite a la observación de su advenimiento como si fuera asunto ajeno; sino, especialmente, de los motivos que lo llevaron al poder, primero, y después a la construcción de una dominación cuya terminación no parece accesible todavía.

El reciente fallecimiento del ex presidente Jaime Lusinchi me ha llevado a escribir la presente columna. Ciertamente hizo muchas cosas dignas de recordación en su carrera política y en el lapso de su mandato, importantes para la convivencia republicana, pero también encabezó un período de declive que no debe pasar inadvertido. La descomposición de la función pública y el deterioro de la figura presidencial fueron entonces evidentes. Los reclamos del civismo carecieron de eco en el palacio manejado en medio de rumores estrambóticos. El desapego de la gente, producido por el correr de historias rocambolescas y por el conocimiento de casos de favoritismo y corruptela, por la disputa entre la querida de turno y la querida del porvenir, causaron mucho daño al proceso democrático que ya venía marcado por los pecados de la víspera. Parecerá descortés e inoportuna una referencia de esta naturaleza cuando el exmandatario acaba de morir, pero para la verdad, o para lo que el escribidor entiende por verdad, cualquier ocasión es buena. Pese a la dureza del desierto que la sociedad recorre en nuestros días, es obligatorio el inventario riguroso de las cosas que nos pasaron entonces, o que dejamos pasar sin imaginar que el futuro sería más ominoso. Con historias candorosas no salimos del atolladero.

epinoiturrieta@el-nacional.com