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Francisco Suniaga

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El régimen chavista es un colectivo cuyas creencias y conductas se fundan en unos confusos principios extraídos en su mayoría de la ortodoxia comunista de los tiempos de Stalin, del fascismo mussoliniano, de un indigenismo latinoamericano anacrónico, de un nacionalismo chauvinista, del autoritarismo-militarismo criollo de siempre y de una mala leche que va más allá del resentimiento. Alucinados con ese masacote ideológico, el chavismo, ahora encabezado por Nicolás Maduro, ha sumido a Venezuela en las peor crisis político-económica de su historia. Parece una perogullada, pero no queda sino repetirlo.

También es de Perogrullo afirmar que los chavistas no pueden ni podrán resolver los problemas que ellos mismos crearon. ¿Alguien se imagina a Ramírez, Merentes y Giordani tomando medidas contra sí mismos? Impedidos como están de dar con los mecanismos para salir del pozo recurren al esquema al que han recurrido todos los regímenes de su tipo a lo largo de la historia: reprimir a los adversarios políticos, a quienes quieren hacer aparecer como responsables de sus desmanes. Lo usual ha sido perseguir a una minoría étnica o religiosa a la que se responsabiliza del desastre. Ese no es precisamente el caso en Venezuela, donde se persigue a la mayoría, pero igual aplican el esquema.

Para esos fines y a lo largo de casi quince años, este régimen ha creado un aparato cuyo brazo ejecutor incluye tribunales, fiscales, defensores del pueblo y otros funcionarios e instituciones del Estado. El chavismo ha demostrado carecer de escrúpulos y no se detiene ante nada (cualquier barbaridad es salvada con el principio comunista de la ética superior revolucionaria, la misma que Leonardo Padura expuso en su novela sobre Ramón Mercader y Trotsky).El chavismo arremete contra los partidos y sus líderes, contra parlamentarios y personalidades opositoras, contra empresarios, medios de comunicación, académicos, estudiantes y ciudadanos en general.

Los dirigentes de la oposición política organizada son hostigados a diario, se les graban las conversaciones, se les intervienen los correos electrónicos, se les pretende destruir moralmente, se les encarcela, se les allanan sus hogares y ni siquiera en el exterior están a salvo de la ira que al régimen le produce su atrevimiento. Dicho de la manera más sencilla, quienes hacen política para oponerse a este maléfico engendro tienen que estar dispuestos a perder su tranquilidad, su familia, su libertad e, incluso, su vida.

Ante semejante adversario, todo el esfuerzo, toda la capacidad política de los demócratas de este país tiene que estar dirigida a enfrentarlo en las mejores condiciones que puedan lograrse en el contexto de la actual perversión de la institucionalidad democrática. La oposición política organizada en la MUD ha proyectado que la próxima confrontación a librar será en las elecciones de alcaldes y concejales del próximo diciembre. Hay y habrá otras batallas que dar y otras causas que defender antes de llegar allá, sin duda, pero la grande, la que los chavistas no quisieran tener que librar, aun con su ventajismo es la del 8-D.

Para dar esa batalla, que de ganarse le daría a la oposición una importante victoria política en esta larga lucha, la MUD organizó hace año y medio unas elecciones primarias. Los ahora candidatos de la MUD a estas elecciones son aquellos que ganaron sus respectivas competencias. No hay razón alguna para hacerlas de nuevo porque en nada ha cambiado el mandato y las exigencias de la confrontación.

Así las cosas, bajo el severo asedio del chavismo y concentrada en el objetivo de ganar las elecciones de diciembre, la MUD y su liderazgo no están para repetir debates que ya se dieron ni elecciones que ya arrojaron sus resultados. La MUD y sus líderes no están para aceptar chantajes de egos desmedidos que ahora creen ver una oportunidad de sacar alguna ventaja. La MUD, en fin, no está para vainas, no se las puede permitir. Las candidaturas auto promovidas de aspirantes derrotados por la mayoría en las pasadas primarias, aparte de violar lo pactado, constituyen una distracción del esfuerzo principal y una traición al pueblo opositor.

No tienen razón de ser y a los opositores no les interesan sus odios personales, que es lo que hasta ahora han expresado. El interés de los demócratas es derrotar al régimen chavista el 8 de diciembre y para conseguirlo hay que presentarse como solo bloque y salir a votar masivamente. Ese es el objetivo a alcanzar y la tarea a realizar, quien no esté a favor de eso, así suene terrible, está en contra.