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Enrique Alvarado

Entre farsantes y maromeros

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Sería injusto no hacerle un reconocimiento a Ramón Guillermo Aveledo por sus aportes a la unidad de la oposición democrática: es una persona solvente, serio, con credibilidad; un intelectual que acude al diálogo propuesto por el Gobierno con sentido de Estado, que actúa de buena fe, convencido de que ese encuentro es la vía para comenzar a recomponer al país, pero con un gobierno en el que reinan los desafueros, priva lo ideológico y donde termina haciendo lo que le da la gana, el diálogo no es suficiente. Nuestro apreciado doctor Aveledo puede terminar haciendo  el papel de “el comenabo”, aquel tonto simpático de la picaresca televisiva venezolana que por creerse todo los cuentos termina embaucado.
Muchos consideramos que el tiempo de Aveledo ya terminó, que su formidable papel ya se cumplió. Ahora debería dejar su cargo en la Mesa de Unidad Democrática y dar paso a una nueva estructura organizativa en la que  tengan cabida todos los actores políticos que, además de los partidos, incluye a la sociedad civil, los gremios profesionales y a los estudiantes, piezas indispensable en el nuevo engranaje de la lucha política.

En las democracias modernas cuando los resultados no les son favorables, los líderes políticos de envergadura, serios,  renuncian, ceden el paso  a nuevas formas de organización. Son cada vez más los venezolanos que sentimos que la MUD no está en sintonía con el momento histórico que vivimos, que no ha podido descifrar la naturaleza del  régimen que tenemos. La verdad es que uno siente que  Aveledo está  presionado, prisionero de las circunstancias y de  los intereses de los barones que controlan los partidos políticos de  la MUD, que lo mantienen en ese cargo.

Los partidos políticos son fundamentales en toda democracia, pero los de la llamada Alternativa Democrática en su mayoría lucen agotados, sin liderazgo, sin militancia comprometida, sin propuesta clara de país, sin rumbo ni agenda. Tienen que modernizarse y democratizarse, lo demuestran todas las encuestas. Nuestros partidos reclaman un diálogo que no practican a lo interno de sus organizaciones. Al que pide diálogo y democracia interna, lo expulsan. Uno de los ejemplos más notorios de estos tiempos fue el del diputado Alfonso Marquina en Acción Democrática. Pidió diálogo y lo expulsaron, quedó como la guayabera, por fuera.
Para nadie es un secreto que las directivas nacionales de algunos partidos políticos de la MUD son resultado de diálogos y acuerdos con actores del gobierno. El régimen los obliga a dialogar con una espada de Damocles  en la cabeza. Autoridades que  fueron  decididas  por  sentencias  acordadas por el  Tribunal Supremo de Justicia y luego convalidadas  en convenciones hechas  a la medida. De eso tengo constancia. Si no pregunten en Copei.

Muchos dirigentes opositores  impulsan el diálogo a cambios de migajas y prebendas. Es público y notorio: desde hace varios meses se habla a voz de cuello de los nombres que van a ser favorecidos con cargos en el CNE y en el TSJ. A estos señores que juegan por bandas, como en el billar, hay que recordarles que en estos cargos hay que postular a gente que además de honestos, probos  y honorables, puedan soportar  la envestida crematística contra esos valores. Recuerden que este es un gobierno sin escrúpulos, que no se para en nada para darle eternidad a su obsesión de poder. Para ellos el fin justifica los medios.

No hay mayores diferencias entre los principales líderes de la oposición, todos están enamorados de la misma novia, el problema son los tiempos. El país no aguanta llegar al año 2018 con este drama de dimensiones dantescas, patente en el desastre económico y la desarticulación del tejido social. O el gobierno rectifica y corrige el rumbo, o las consecuencias de su tozudez y ceguera ideológica barren con todos los venezolanos.

En las dos campañas presidenciales pasadas Henrique Capriles Radonski hizo un esfuerzo superlativo, titánico, pero su comando de campaña, en vez de sumar, restaba. Era una máquina de ahuyentar votos. Lo dejaron solo. Muchos venezolanos, en un gran esfuerzo por salir de este mal gobierno, salimos a recorrer la Venezuela profunda. Le buscamos votos a Capriles con tesón, a cambio de nada, por voluntad propia;  pero su comando de campaña  saboteaba el trabajo, ignoraba  el esfuerzo desinteresado de muchos ciudadanos de buena fe que creímos en un cambio. Ni lavaban, ni prestaban la batea.

Si Capriles no se quita el lastre de esos personajes  que merodean con gran habilidad en sus entorno y el de otros líderes, la va a tener difícil para lograr ser nuevamente candidato en 2018, si es que para esa fecha la unidad de partidos de oposición no es un simple recuerdo.

En esta hora difícil, dura y nada halagüeña del país, Leopoldo López, María Corina Machado y Antonio Ledezma, junto con los estudiantes, los políticos que mejor interpretan el sentir de la mayoría de  los ciudadanos. Son la esperanza de muchos que creen que este es un gobierno que no genera sino ruina y división entre el pueblo  y que hay que ponerle un parao.

Entender bien a la dirigencia estudiantil, pasa por haber sido dirigente estudiantil y haber seguido en la palestra política. Los estudiantes de ahora no son muy diferentes a los de ayer: soñadores, románticos e irreverentes, jóvenes que, como los de ayer, creen en una Venezuela donde quepamos todos, un país de inclusión, una sociedad moderna con libertad y democracia. Mucho de los miembros de este gobierno -ministros, diputados y gobernadores– en su época estudiantil eran connotados líderes de las guarimbas y barricadas  de entonces. En la ULA, donde estudié y también fui dirigente, ocupando varios cargos de representación estudiantil, de los duros de la época, era amigo de muchos de ellos. Cómo olvidar  las tertulias en el Ritz, la famosa fuente de soda merideña diagonal al rectorado, alrededor de una mesa presidida por el guarimbero mayor de la época, mi amigo “el Toby” Valderrama, hoy gran ideólogo de la revolución chavista, jefe en Pdvsa.Y su inseparable Moisés. Recuerdo en esos años la activa presencia de  Adán Chávez, siempre de bajo perfil, en un segundo plano, la de Guido Ochoa y la del “fantasma” Diógenes Andrade, con récord de carros quemados y guarimbas  en los treinta y dos años  que estuvo estudiando  ingeniera en la ULA, hoy todo un ejemplo del hombre nuevo. En la década de los ochenta salieron a la palestra Tarek  William  Saab  y  Tareck el Aissami, así como  el ministro Rafael Ramírez. En la UCV, más recientemente, fueron guarimberos irredentos Elías Jaua y Héctor Rodríguez, por solo nombrar a algunos.  Ahora para ellos, convertidos en ángeles guardianes de la revolución, los estudiantes de ahora son bandidos, guarimberos, fascistas, vagos y terrorista. Pero ellos antes no lo eran. Como cambian las cosas,  un mundo de farsantes y maromeros que se ufanan en confirmar que una cosa es estar en la oposición y otra en el gobierno. Que Dios nos agarre confesados.