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Raúl Fuentes

El fantasma de Judas Tadeo

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«—¿De verdad crees que volar el Parlamento hará de este país un lugar mejor?

—Nada es seguro, todo es posible»

(V de Vendetta)

 

Hace ya algún tiempo, a principios de 2012, el comandante presidente, que ya pedía pista para transmigrar en avechucho cantando el postrero me voy del manisero, se empeñaba en vindicar la traición y celebrar la chapucera insurgencia del 4 de febrero –día de la dignidad lo llamó su novelero aparato propagandístico; de la indignación, la vocería de la oposición– con una pomposa parada militar en la que se exhibieron los desechos de la guerra fría con que, mediante jugosas y opacas transacciones, rusos y chinos suplían (y siguen supliendo) la sobreestimada demanda de unas fuerzas armadas cuyas batallas por librar no son más que abstractas escaramuzas de una cacareada guerra económica con Madrid, Bogotá y Miami –Quousque tandem abutere, Nicolás, patientia nostra?– que solo existe en la azotea de quienes carecen de lo que hay que tener para enderezar la cosa pública y reactivar el aparato productivo, no por decreto, sino con políticas serias y estrategias eficaces.

No constituía el desaguisado del ahora santo espíritu de la revolución un hecho aislado; era parte de una narrativa compuesta con base en omisiones, tergiversaciones e invenciones para la forja de un pasado que justificase su felonía y le permitiese bordar, con ribetes de gloria, una épica falsaria que diera paso a cursis y rebuscados mitos y cuentos de camino. A propósito del despropósito –permítasenos una cantinflada– nos dio por elaborar un calendario de la infamia (“Efemérides y antiefemérides”, El Nacional, 13/02/12) para que fichas y fachas del chavismo se acordaran de festejar iniquidades similares a la cruenta aventura de 1992, como el carujazo contra Vargas (8 de julio de 1835), la apostasía gomecista que aventó definitivamente al «Cabito» del poder y del país (19 de diciembre de 1908), el derrocamiento de Rómulo Gallegos (24 de noviembre de 1948), el fraude electoral  perpetrado por Pérez Jiménez, sugerido acaso por Miguel Moreno y Laureano Vallenilla Planchart, para cimentar el Nuevo Ideal Nacional (30 de noviembre de 1952), entre otras datas de alevosas reminiscencias; un memorial de agravios en el que ocupaba preeminente sitio un día como hoy, 24, para invocar la estocada monaguense a la separación de poderes, a modo de refutación de los motivos que hacen del 23 de Enero auténtica fiesta democrática, estigmatizada por el iluminado de Sabaneta para abonar su huerto de sinrazones con falaces alegatos.

José Tadeo Monagas, que en realidad se llamaba Judas Tadeo, al igual que el patrono de las causas imposibles al que pavosos internautas elevan rogativas en cadena, fue uno de los «próceres» que, con Santiago Mariño, Diego Ibarra, Pedro Briceño Méndez, José Laurencio Silva y Pedro Carujo, participó en la conjura contra José María Vargas, y se acreditó celebridad, más allá de la que corresponde al soldado independentista, por su protagonismo en uno de los episodios más ignominiosos de nuestra historia republicana, el asalto al Congreso Nacional en el que perecieron varios diputados (entre ellos Santos Michelena), del cual se cumplen hoy 168 años, y por una frase –«la Constitución sirve para todo»–, colofón de la mortal agresión al Poder Legislativo, que alguno de los Escarrá susurró al oído de Hugo Rafael con intención de que la hiciese suya.

Los fantasmas de ese «asesinato del Congreso» están rondando el capitolio. Ganas no les faltan a Cabello y su pandilla de asestarle un mazazo a la Asamblea Nacional y borrarla del mapa. Y es que usted les ve actuar y hablar y tiene que preguntarse ¿cómo pueden autoproclamarse de izquierdas esos intolerantes castro-fascistas que creen, los mismo que Augusto Pinochet, que «los parlamentos son inaceptables porque significan plazos, diálogo y debilidad»?

A comienzos del siglo XVII, un grupo de ingleses intentó destruir el Parlamento con la intención de cargarse al rey Jacob I y acabar con las persecuciones religiosas; inspirada en esa «conspiración de la pólvora», en la película V de Vendetta (James Mc Teigui, 2005) se plantea la voladura del Palacio de Westminster para forzar la caída de un régimen semejante al que aquí nos desgobierna. Tanto en la realidad como en la ficción, los congresos son tenidos como necesarios contrapesos del Poder Ejecutivo y los atentados en su contra no son remotas imposibilidades. Es prudente tener conciencia de ello ante la reticencia oficialista a la restauración de un órgano deliberante que, por mandato popular, se erige en muro de contención de sus desmanes; es prudente, no vaya a ser que a los sociopatriotas rojos se les vaya la mano si no le dan luz verde a la emergencia económica.