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Colette Capriles

El fantasma de Gorbachov

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Un fantasma que produce un miedo cerval. El espectro de una idea: la de que el  espíritu reformista de Gorbachov destruyó los cimientos de un sistema que, como se mostró (dice esa voz del miedo), no era reformable. Moría o vivía, pero no cambiaba. La Unión Soviética no era una revolución sino un monumento a la opresión y a la asfixia, y Gorbachov creyó que embelleciéndolo, limpiándolo, acomodándolo, resolviendo tecnicismos y desenredando nudos gordianos, podía devolverle su antiguo esplendor. En realidad, todo es disputable. Incluso podría dudarse de que la Unión Soviética haya desaparecido. O de que el Imperio zarista haya desaparecido, también. Pero lo que no deja dudas es que en su satélite tropical la lección quedó escrita en los cuerpos hambrientos y enfermos de los cubanos durante el “periodo especial”. La dominación no admite reformas.

Lo curioso es que como cuenta David Remnick en La tumba de Lenin, la mejor refutación del marxismo-leninismo la ofrece el propio proceso de cambio que Gorbachov puso en obra, sin que se pueda saber con qué lucidez acerca de sus consecuencias: la conciencia social precedió al ser social, para usar ese léxico. El gesto irreversible fue el que le quitó al Partido el monopolio de la memoria y del relato histórico, y abrió la posibilidad de la reinterpretación del pasado y por lo tanto, de la validación de las millones de horribles experiencias que componen el tejido de los setenta años de comunismo. Y ese gesto precedió en años al “derrumbe” soviético, que, lejos de ser una avalancha, resultó ser más bien una erosión. Hay quienes sostienen que fue “la economía, estúpido”. Ciertamente, la crisis de los años 80 irrumpió en el imperio tanto como en el resto del mundo, y la capacidad productiva del sistema parecía para entonces haber llegado a un límite infranqueable. Pero la tesis de Remnick supera cualquier otra explicación: it’s the language, stupid. Fue la neutralización del lenguaje oficial, de la historia oficial, lo que permitió (para usar las palabras de Gorbachov) “llenar los espacios en blanco”. Como gasolina para un incendio, la memoria activó la verdad. El comunismo no “colapsó”. Lo derrotó la verdad de las víctimas.

Veinticinco años después, unos tiemblan porque se ha vuelto manifiesta la inviabilidad del orden chavista y la naturaleza de las cosas impone la reforma. Pero la imagen de Gorbachov ofusca: como ese juego de palitos chinos, cualquier movimiento puede desarmar la figura. Se acaricia la idea de clonar el periodo especial, aprestándose a pagar el costo de la inevitable represión que ya acumula su horrendo saldo, con tal de no sacrificar el “modelo”.

Ah, el “modelo”. Un modelo basado en la absoluta discrecionalidad de una única persona, que ya no está. Eso, más allá de la hermeneútica acerca de qué clase de régimen es este, es lo importante. Las instituciones del legado no funcionan sin su titular. No son, pues, instituciones; eran arranques de mal carácter, en definitiva. Quienes aspiran a una mínima racionalidad económica (o más bien, institucional) se enfrentan al terror gorbachoviano que paraliza las decisiones. Hacen promesas y se reúnen con deudores, pero, siguiendo al Maquiavelo tropical, sólo podrá decidirse cuanto favorezca la conservación del poder.

Esa es la lección que este gobierno pretende hacer buena. Hoy mismo una de las agencias noticiosas oficiales vocea como titular: “oposición cree que con el diálogo la Revolución Bolivariana cederá el mando”. Así se habla desde la tozudez de un poder que, como los eunucos de palacio, es grande y fuerte, pero estéril. Es el mando lo que importa. Nada más. Y sí, eso es dictadura, desde 1999, cuando se violó la Constitución, con la anuencia de las autoridades judiciales, la aprobación popular y el entusiasmo de los notables.