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Ana María Matute

La familia

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Todos los días llegamos a diferentes horas. Pero al traspasar la puerta, ya uno vuelve a estar en casa. Algunos pasan tanto tiempo aquí que a veces creemos que hasta pernoctan durante la noche. Cada uno en su espacio, sin ningún miedo de expresar su individualidad, sin ningún miedo de expresarse, esa es la libertad que da el hogar.

Es una sensación difícil de describir, pero para entenderla hay que saber que pasamos en promedio 12 horas juntos. Y debido a la naturaleza del trabajo, compartimos casi todo. Es una labor de equipo, por lo que es inevitable la comunicación diaria y espontánea.

Es un hogar paralelo, y todos somos afortunados de tenerlo. Conocemos a nuestros hijos, tanto que nos convertimos en tíos y hasta padrinos. Compartimos los logros y las alegrías de la casa. Conocemos nuestros defectos, hablamos con franqueza, nos corregimos, nos acompañamos. Son demasiadas las veces que reímos juntos durante una jornada, nos consentimos y nos abrazamos. Son relaciones saludables, llenas de vida.

He trabajado en la mayoría de las redacciones de periódicos de este país, y mi resumen curricular puede decir que no he permanecido tanto tiempo en ninguna como en esta. Debe ser porque llevamos a este periódico en la sangre. La mayoría creció leyéndolo, es natural tenerlo cerca. Yo con tristeza he contado muchas veces que mi padre estuviera lleno de felicidad al saber que trabajo aquí, porque, como digo yo, él no leía El Nacional, se lo aprendía de memoria todos los días. Solamente compró la competencia mientras trabajé allá.

Somos una casa con muchos hermanos. Es una experiencia que va más allá de la profesional. En la primera semana de trabajo asistí a cinco cumpleaños, uno cada día, en la redacción, gritando a voz en cuello y bailando “La araña con pelo”. Es la tradición, tanto así, que hasta al presidente editor le ha tocado bailarla en su cumpleaños. Sí, Miguel Henrique viene a la redacción a cada rato, y cuando no viene, llama. También fue una sorpresa para mí, que venía (hace 13 años) de trabajar en periódicos en los que los directores no abren las puertas de su oficina. Este estilo de dirección libre, abierta y llana lo practican todos, unos más que otros, en esta casa.

Cuando a alguno le duele algo, nos duele a todos, nos preocupa a todos. Y esa solidaridad se mantiene incluso una vez que, por cualquier circunstancia, nos vamos de la casa.

Estos tiempos han sido duros, esta semana fue muy dura. Luego de vivir situaciones inconfesablemente difíciles, me siento en este escritorio a pensar y, gracias a Dios, a escribir, a desahogarme. Y me doy cuenta de que el mayor tesoro que tiene El Nacional es su gente. Miguel Otero Silva fundó una familia hace ya casi 71 años. No tuve el privilegio de conocerlo pero mi padre me hablaba de él, me leía sus escritos y sus novelas. Esta familia tiene sus altas y sus bajas, pero tanto aquí como en la vieja sede hay un halo que nos une, debe ser esa sonrisa que vemos aparecer en las fotos en blanco y negro; deben ser los versos de sus poemas escritos a máquina, deben ser sus palabras. Es su espíritu.

No se trata de cursilerías, aunque confieso que este artículo está lleno de ellas. Pero la familia de El Nacional sabe responder ante las malas. Sabemos defender a nuestra familia, apoyarla. Sean problemas personales o problemas que nos afecten a todos, como también nos pasa ahora.

Mi querido Consalvi decía que este periódico había resistido muchos embates y había vencido. Esta vez no será diferente.

 

@anammatute