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Demetrio Boersner

Contra el falso califa

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Ciertamente los que creen, y los que siguen la religión judía, y los cristianos, y los sabios, en una palabra, todo el que cree en Dios y en el día final y que haya obrado el bien: todos estos recibirán una recompensa de su Señor, el temor no los alcanzará y no estarán afligidos.

El Corán, Sura II, 59.

La decisión del presidente Obama, de enviar la aviación estadounidense a socorrer a los yezidís y cristianos amenazados de muerte por los extremistas del Califato de Irak y el Levante, ha sido aprobada por el secretario general de las Naciones Unidas y hasta por el papa Francisco, poco dado a apoyar acciones militares. Aunque la intervención  estadounidense puede estar motivada en parte por preocupaciones geo-energéticas, lo fundamental parece ser el afán de salvar vidas humanas y de frenar la expansión de un nuevo fascismo. No se interviene contra un nacionalismo liberador sino contra una fuerza agresiva, empeñada en imponer su dominación totalitaria, falseando el espíritu de una religión esencialmente tolerante.

En el siglo 7 de nuestra era, el hombre iluminado en lo religioso y visionario en lo político, a quien el orientalista Maxime Rodinson llama “nuestro hermano Mahoma”, intuyó el mensaje profético que hoy constituye el libro sagrado de 1.500 millones de musulmanes (practicantes del Islam, es decir, la sumisión a la voluntad divina). A la vez que actitud religiosa, el Islam también ha sido, desde sus comienzos, un sistema político y una entidad geopolítica. El profeta hizo de sus creyentes una compacta “tercera fuerza” entre los decadentes imperios persa y bizantino que los rodeaban, sacudió el yugo de ambos, y creó una Arabia unida,  portadora de un mensaje mesiánico liberador que recogió la adhesión de los oprimidos por los despotismos asiáticos. Después de la muerte de Mahoma, sus sucesores expandieron su hegemonía desde la India hasta España, con vasta adhesión de pueblos que se sentían liberados por un régimen religioso y político que pregonaba la igualdad de los creyentes y la accesibilidad de los gobernantes. 

Los califas sucesores de Mahoma mostraron tolerancia a cristianos y judíos en conformidad con la enseñanza del Corán, y no sólo a ellos sino, por sagacidad política, también a hindúes, a mazdaístas y hasta a los yezidís, llamados “adoradores del diablo” por su extraña fe derivada del gnosticismo y del mazdaismo, que hace de Lúcifer el espíritu redentor del universo. El califato, pasado a manos de los turcos y asentado en Estambul, abrió las puertas de la “umma” a los judíos sefardíes perseguidos y expulsados de España y de Portugal y les brindó protección y seguridad hasta que, en el siglo XX, el auge del sionismo introdujo el factor de discordia no resuelto hasta nuestros días.

Durante siglos los musulmanes, tras asimilar elementos de todas las altas civilizaciones asiáticas, superaron al occidente cristiano en conocimientos científicos, en indagaciones filosóficas, en tecnología y en civilización urbana, además del espíritu de tolerancia ya señalado. Sin embargo, del siglo XVII en adelante, se abrió una época de decadencia cultural, social y política, fomentada por factores internos y externos. Estos últimos tenían que ver con la reorientación de los intercambios económicos mundiales y con la expansión dinámica del occidente capitalista, liberal y colonizador.  Gran parte de los pueblos musulmanes recayeron en condiciones de atraso patriarcal y feudal que habían superado en siglos anteriores. De allí nacieron las frecuentes expresiones de rabiosa frustración, traducidas en radicalismo político y violencia extrema, del mundo musulmán en los tiempos actuales. La inconformidad musulmana frente al occidente colonizador se dividió en dos vertientes: la una, nacionalista modernizadora y laica (aunque con frecuencia deformada por caudillismos militares), y la otra panislámica, tradicionalista y regida por influencias semifeudales.

El actual intento panislamista de crear un nuevo califato en Irak y todo el Levante traiciona el espíritu amplio y tolerante del Corán y de los históricos califas de Damasco, Bagdad y Estambul, y representa los intereses de una “nueva clase” de mandones fascistas, aliados con clérigos reaccionarios, remanentes feudales y “perros de la guerra”. Constituye una grave amenaza a la estabilidad internacional, a los principios democráticos universales, y sobre todo a la seguridad y los derechos humanos de los pueblos de la región, musulmanes o no. Por ello, la intervención externa debería contar con el respaldo, no sólo del occidente, sino también de Rusia, de China, de India, y de los gobiernos y pueblos musulmanes –Irán, Turquía, Egipto y Liga Árabe- que rechazan el obscurantismo y la tiranía.

 demboers@gmail.com