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Arnaldo Esté

La falsa revolución. El fracaso de las misiones

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Con sólidos estudios y argumentos se ha desmontado lo que el gobierno ha llamado protagonismo de lo social. Las cifras presentadas y los argumentos que de ellas se desprenden demuestran cómo las misiones han fracasado y, más aún, su dependencia de la bonanza petrolera mucho más que de la eficiencia y su adecuada implementación concurren a la frustración que acompaña la crisis general en curso.

En las últimas semanas he estado asistiendo a foros y seminarios universitarios. Primero a los promovidos por la Universidad Católica, con presentaciones de encuestas y estudios realizados por investigadores de varias universidades. También a los foros que se realizan los jueves en la mañana en la sede de la Apucv, convocados por la misma asociación de los profesores de la UCV.

No es nuevo hablar de revolución, Venezuela ha sido fecunda en revoluciones y golpes de Estado. No es mi especialidad la historia, pero cinco cambios de gobierno se han llamado revoluciones: Revolución de las Reformas (1835), la de Marzo (1858), la Revolución Liberal Restauradora (1899), la Revolución de Octubre de 1945 y la actual Revolución bolivariana.

A esas revoluciones se podrían agregar ocho golpes de Estado en 1908,
1948, 1958, 1962, junio de 1962, febrero de 1992, noviembre de 1992, abril de 2002 todos con proclamas más o menos rimbombantes.

De la información que presentan los investigadores se puede deducir que tanto las misiones como las leyes habilitantes han sido, en realidad, recursos políticos para evadir las instituciones. En lugar de sustituir las instituciones existentes y constitucionalmente establecidas con otras de naturaleza “revolucionaria”, como se esperaría que ocurriera en una revolución seria, como la rusa, la cubana, la francesa o en la china, aquí se las ha evadido y menoscabado cuando no burlado. No se ha logrado establecer ninguna nueva.

Las misiones son eso: cuerpos de tarea. Un conjunto de personas más o menos organizadas con pobre eficiencia, muchos y a veces turbios costos, para realizar una tarea. Tareas que corresponderían a una institución. Pero crear nuevas instituciones resultaría difícil y a largo plazo, además de necesitar una sólida argumentación teórica o ideológica para hacerlos. Se optó por improvisar para obtener efectismo político inmediato.

Las leyes habilitantes han tenido un propósito similar. A pesar de tener un Parlamento dominado, se le puso de lado de manera que la ley habilitada, decretada, se vinculara al presidente y no a la institución correspondiente, la Asamblea Nacional.

¿Qué es lo que en realidad se ha buscado?: ¿crear cambios sociales?, ¿incluir a los pobres?

No, lo que se ha buscado y, en buena medida logrado, era conservar y concentrar el poder. El muy mencionado deambular por propuestas tan diferentes como la de la “tercera vía”, del inglés Blair, o el capitalismo regionalizado de los chinos hasta finalmente acunarse con eso indescriptible, metodológica o discursivamente, que terminó por llamarse socialismo del siglo XXI. Algo que los pobres, que eran invisibles y que ahora son amenazantemente visibles en las colas, nunca entendieron sino como oportunidades para lograr una parada de un San Nicolás (Santa Claus, digo para evitar malos entendidos) simpático, elocuente, dicharachero y regalón.

Vanos fueron los esfuerzos de los escribidores y argumentadores internacionales contratados, generosamente pagados y ahora distanciados, para darle “contenido” ideológico al socialismo del siglo XXI. Todos tropezaron con lo imprevisible del comportamiento del mesías que sorprendía cualquier lógica pretendida con su estilo de gobernar con el micrófono. Una hábil combinación de escena con donaciones para sacralizarse. Para trascender lo humano, aun a costa de llevar al país a la crisis general en la que ahora estamos, y que es lo que la historia contará como lo más relevante de estos quince años.


arnaldoeste@gmail.com

@perroalzao