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Antonio López Ortega

Las fábulas de Ospina

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El escritor colombiano William Ospina ejerce un seguimiento entusiasta por el llamado “proceso bolivariano”. Escribe, opina, diserta. También viene invitado al país con frecuencia, lo que según sus palabras le permite estar al día de los acontecimientos. En declaraciones recientes a El Espectador, ha dividido a Venezuela en pobres y ricos, lo que es al menos una visión pobre, maniquea, del autor que ha estudiado a Juan de Castellanos, un binacional a carta cabal. Ospina ha dicho: “En Venezuela los pobres están contentos y los ricos están molestos. Eso debería significar algo”. Vamos a ver qué otras cosas pueden significar algo para el ganador del Premio Rómulo Gallegos. ¿Significa algo que después de 14 años de “proceso bolivariano” 80% de la población se divida entre pobreza extrema y relativa? ¿Significa algo un déficit fiscal de 20% del PIB? ¿Significa algo que la deuda externa de 2013 sea 10 veces mayor que la de 2003, habiendo contado en el mismo período con los más altos ingresos históricos por venta de petróleo? ¿Significa algo que las importaciones totales del país hayan pasado de 13 millardos a 50 millardos de dólares en el período 2003-2013, confirmando con ello la destrucción del aparato productivo nacional? Nuestra economía es la de puertos; nuestra industria petrolera, una mueca que con el triple de nómina de los años anteriores produce la mitad de los barriles de ayer.
Si viviéramos tiempos isabelinos –y de esto entiende Ospina– Shakeaspeare estaría escribiendo una obra sobre la siguiente fábula: un rey decide morir en un reino distinto al suyo, el rey anfitrión lo rapta y no lo deja ver por nadie, los emisarios van y vienen trasmitiendo nuevas que son falsas, el moribundo se va convirtiendo en fantasma, los vástagos del reino abandonado no saben qué hacer, todos esperan que el fantasma reaparezca con sed de venganza. Es fábula, ciertamente, pero la realidad se le asemeja. En esta menguada hora continental, el turismo político se concentra en Cuba. Todos los presidentes visitan al enfermo y se llevan información privilegiada para sus respectivas cancillerías, que no es otra que la de repartirse las minas y los mercados venezolanos. Eso es lo que el “proceso bolivariano” llama soberanía: una dinámica en la que todos los cancilleres latinoamericanos saben más que cualquier venezolano.

Pero Ospina se explaya en sus apreciaciones: cree que el enfermo de La Habana ha sido un hombre justo; cree que las elecciones de Venezuela son más democráticas que las de Colombia, donde se “compran y arrean” votantes; cree que el proyecto cubano ha sido generoso; cree que la reelección en nuestra tradición política no es necesariamente mala; cree que a Cuba, después de cincuenta años, “le ha costado encontrar su camino”; cree reconocer en Venezuela el valor de una “política general”. ¿Cuál política general? ¿La de la reelección indefinida? ¿La que desde los poderes Judicial, Legislativo o Electoral produce decisiones favorables al Ejecutivo como si fueran salchichas? ¿La que tilda de apátridas a 45% de los ciudadanos? Porque esta sería otra sugerencia para Ospina, distinta a la de ricos y pobres: dividir a Venezuela entre patriotas y apátridas, que es lo que ha hecho su Presidente justo.

En días recientes, como otra estampa del turismo político à la mode, un diario de Caracas trajo una amplia foto en primera página: aparecían los hermanos Castro y la presidenta Fernández: dos decrépitos y una actriz peregrina –pensé–. O custodios, acreedores o limosneros, como quiera llamarse la fábula de un Shakeaspeare redivivo. Viendo esa estampa ilustrísima de democracia moderna, pensé en Eugenio Montejo y en Juan Sánchez Peláez, poetas como Ospina, a quienes el “proceso bolivariano” negó todo obituario oficial. Otra razón para que indague junto a los amigos escritores y artistas que aquí lo reciben si esto “debería significar algo”. Colombia podrá haber tenido masacres, guerrillas o narcotráfico, pero puedo asegurarle a Ospina que ninguna decisión política en toda su historia se ha tomado en Cuba.

Lasfábulas de Ospina

 

Antonio López Ortega

 

El escritor colombiano WilliamOspina ejerce un seguimiento entusiasta por el llamado “proceso bolivariano”.Escribe, opina, diserta. También viene invitado al país con frecuencia, lo que segúnsus palabras le permite estar al día de los acontecimientos. En declaracionesrecientes a El Espectador, hadividido a Venezuela en pobres y ricos, lo que es al menos una visión pobre,maniquea, del autor que ha estudiado a Juan de Castellanos, un binacional acarta cabal. Ospina ha dicho: “En Venezuela los pobres están contentos y losricos están molestos. Eso debería significar algo”. Vamos a ver qué otras cosaspueden significar algo para el ganador del Premio Rómulo Gallegos. ¿Significaalgo que después de 14 años de “proceso bolivariano” 80% de la población sedivida entre pobreza extrema y relativa? ¿Significa algo un déficit fiscal de 20% del PIB? ¿Significa algoque la deuda externa de 2013 sea 10 veces mayor que la de 2003, habiendocontado en el mismo período con los más altos ingresos históricos por venta depetróleo? ¿Significa algo que las importaciones totales del país hayan pasadode 13 millardos a 50 millardos de dólares en el período 2003-2013, confirmandocon ello la destrucción del aparato productivo nacional? Nuestra economía es lade puertos; nuestra industria petrolera, una mueca que con el triple de nóminade los años anteriores produce la mitad de los barriles de ayer.

Si viviéramos tiempos isabelinos –y de esto entiende Ospina–Shakeaspeare estaría escribiendo una obra sobre la siguiente fábula: un reydecide morir en un reino distinto al suyo, el rey anfitrión lo rapta y no lodeja ver por nadie, los emisarios van y vienen trasmitiendo nuevas que sonfalsas, el moribundo se va convirtiendo en fantasma, los vástagos del reinoabandonado no saben qué hacer, todos esperan que el fantasma reaparezca con sedde venganza. Es fábula, ciertamente, pero la realidad se le asemeja. En estamenguada hora continental, el turismo político se concentra en Cuba. Todos lospresidentes visitan al enfermo y se llevan información privilegiada para susrespectivas cancillerías, que no es otra que la de repartirse las minas y los mercadosvenezolanos. Eso es lo que el “proceso bolivariano” llama soberanía: una dinámica en la que todos los cancillereslatinoamericanos saben más que cualquier venezolano.

Pero Ospina se explaya en sus apreciaciones: cree que elenfermo de La Habana ha sido un hombre justo; cree que las elecciones deVenezuela son más democráticas que las de Colombia, donde se “compran y arrean”votantes; cree que el proyecto cubano ha sido generoso; cree que la reelecciónen nuestra tradición política no es necesariamente mala; cree que a Cuba,después de cincuenta años, “le ha costado encontrar su camino”; cree reconoceren Venezuela el valor de una “política general”. ¿Cuál política general? ¿La dela reelección indefinida? ¿La que desde los poderes Judicial, Legislativo oElectoral produce decisiones favorables al Ejecutivo como si fueran salchichas?¿La que tilda de apátridas a 45% de los ciudadanos? Porque esta sería otrasugerencia para Ospina, distinta a la de ricos y pobres: dividir a Venezuelaentre patriotas y apátridas, quees lo que ha hecho su Presidente justo.

En días recientes, como otra estampa delturismo político à la mode, un diariode Caracas trajo una amplia foto en primera página: aparecían los hermanosCastro y la presidenta Fernández: dos decrépitos y una actriz peregrina –pensé–.O custodios, acreedores o limosneros, como quiera llamarse la fábula de unShakeaspeare redivivo. Viendo esa estampa ilustrísima de democracia moderna,pensé en Eugenio Montejo y en Juan Sánchez Peláez, poetas como Ospina, aquienes el “proceso bolivariano” negó todo obituario oficial. Otra razón paraque indague junto a los amigos escritores y artistas que aquí lo reciben siesto “debería significar algo”. Colombia podrá haber tenido masacres,guerrillas o narcotráfico, pero puedo asegurarle a Ospina que ninguna decisiónpolítica it CAracas da su hstoria se hatomado en Cuba,.

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