La fabulación del plomo
22 de agosto 2012 - 10:58
El martes 7 de agosto, Jared Loughner, el pistolero de Arizona que en enero de 2011, durante un mitin político, mató a 6 personas e hirió a 13 (entre ellas a la diputada demócrata Gabrielle Giffords), fue condenado a cadena perpetua.
El fallo ocurrió dos días después de que otro pistolero, Wade Michael Page, un neonazi y veterano de guerra con problemas de alcoholismo, irrumpiera, con una pistola 9 mm comprada legalmente, en un templo sikh en Wisconsin y asesinara a 6 feligreses que, porque usaban turbantes, confundía con musulmanes.
El ataque prosiguió al que el viernes 20 de julio perpetró otro pistolero, James Eagan Holmes, apodado "el Guasón", en el multicine Century 16, en Aurora, un suburbio de Denver, Colorado. Holmes compró por Internet las armas con que mató a 12 personas e hirió a 59.
Tres días después del ataque en Colorado, la Asociación Nacional del Rifle envió una carta a sus miembros en ese estado en la que, sin mencionar la tragedia del Century 16, solicitaba fondos para financiar una campaña en defensa de la segunda enmienda de la Constitución, que autoriza el porte de armas.
La asociación también guardó silencio después de la masacre del liceo Chardon, en Ohio, el 27 de febrero, y la de la Universidad Oikos, de Oakland, California, el 2 de abril pasado.
En 1787, un año después de que Estados Unidos se liberara de Inglaterra, fue firmada la Constitución que regiría el destino del joven país. El texto garantizaba el derecho de la población civil de portar armas y formar milicias.
Dos años más tarde, en 1789, James Madison redactó el borrador de una Cartilla de Derechos ciudadanos, cuyo segundo punto refrendaba el derecho de armarse para protegerse del poder del recién constituido Gobierno federal.
La cartilla fue sancionada en 1791, hace 221 años. A pesar de que la gente que se arma lo hace, aparte de por su presunta afición a los deportes de caza, gracias a un párrafo de la Constitución con más de dos siglos de añejamiento, Estados Unidos sigue presentándose ante el mundo como una democracia ejemplar y como un prodigio de control social tecnológicamente asistido.
Las estadísticas de asesinatos por armas de fuego en Estados Unidos en 2010 estaban muy por debajo de la hecatombe venezolana: apenas 8.775 en un país que entonces tenía una población total de poco más de 308 millones de habitantes.
Sin embargo, la violencia en ese país es la que tiene más visibilidad mediática y la que más se representa como show, tanto ficticio como reality. Las armas de fuego son el fetiche de un país convencido de su visión y de su valentía.
En el segundo tomo de su análisis sobre la democracia en América, Alexis de Tocqueville advertía que la hipertrofia del individualismo en Estados Unidos podía derivar un día en una tiranía de ciertas iniciativas más exitosas, o más osadas, sobre la mayoría.
En los años treinta del siglo XIX, Tocqueville pensaba naturalmente en los grandes liderazgos económicos y en sus correlatos políticos. Sin embargo, a esas mismas iniciativas las anima una fuerza parecida a la del pionero solitario acompañado de su coraje, su inteligencia y su escopeta. La fundación de la nación y el mito de la conquista del oeste encontraron su soplo en esa misma determinación.
Ese mito ha acabado definiendo el horizonte de expectativas de, por ejemplo, las películas de acción, a través de las cuales Estados Unidos ha exportado su temperamento y, a menudo, sus valores.
En ese contexto, las masacres perpetradas por Loughner, Page o Holmes son producto de subjetividades alimentadas por la ficción, la falta de educación, la ansiedad del estrés postraumático, la desinformación a través del periodismo de espectáculo, la xenofobia y una voluntad planificadora implacable y negada al fracaso. Para ellos, la realidad ha sido la instancia de verificación de sus imaginaciones.
La inconsciencia o el odio son el pretexto para convertir el cuerpo de sus víctimas en piezas de utilería con capacidad de sangrar en serio.

