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Miguel Ángel Cardozo

Lo extremo y lo absurdo en la crisis venezolana

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Advertencia: Si es usted uno de los tantos conciudadanos que no tolera la crítica –aunque con frecuencia se solace en realizarla, y no precisamente la constructiva– o si hace tiempo hizo añicos el espejo de su conciencia, le sugiero no leer este artículo.

 

Atribuciones y transferencias de culpas

Si bien las generalizaciones son siempre injustas, podría afirmarse –con no poco fundamento– que uno de los pasatiempos favoritos de los venezolanos es el de las atribuciones, lo que además de constituir una inagotable fuente de material para la composición de ficciones de todo tipo –pasando una tras otra a ocupar la atención de una sociedad que jamás logra saciar su hambre de escándalos y de públicas lapidaciones morales–, está contribuyendo en la actual coyuntura a dar al traste con cualquier posibilidad de superar un ineficiente e ineficaz modelo, y de construir una verdadera alternativa democrática que –de manera pacífica y constitucional– permita en el futuro desalojar del poder –de una vez y para siempre– a un régimen opresor y declarado enemigo de la decencia y de la venezolanidad.

Es así como se están erigiendo monumentales barreras –tan enormes e infranqueables como la estupidez de sus constructores– ante el anhelo de cambio compartido hoy por una innegable mayoría; todo en nombre de un ofuscante radicalismo que convierte en blanco de feroces ataques a quienes deberían ser considerados necesarios compañeros en la ardua lucha por la libertad y el desarrollo, y que incluso dinamita los puentes que podrían conducir a tierras opositoras a los millones de desencantados emigrantes del rojo reino de la fantasía.

En ese radical juego, se aparta peligrosamente la mirada de los plutócratas responsables de la debacle para centrar la atención en quienes no tienen ningún poder de toma de decisiones gubernamentales y, de paso, se pulverizan las frágiles bases que sustentan liderazgos emergentes y se sacrifican en el patíbulo de la frustración colectiva a los que, alejados del activismo político, siembran valores que forjan buenos ciudadanos.

Lo más grave es la demencial transferencia de las culpas de unos a otros por una suerte de neobiologismo con el que se pretende conectar a las familias en el delito y que lleva a muchos a pensar, por ejemplo, que los parientes de un censor del aparato comunicacional hegemónico del siglo XXI, indefectiblemente actúan o actuarán como él.

Es difícil saber si existe alguna familia en la que no se cuente entre sus miembros una oveja negra –algunas tan abundantes como el impenitente mentiroso o el padre irresponsable, y otras tan abyectas como el despiadado asesino o el vil pederasta–, pero valdría la pena preguntarse si es justo condenar a un individuo por las equivocaciones o los crímenes de otro en virtud del parentesco que los une.

Al parecer, ya no se trata solo de la perversa visión maniquea que se ha extendido a todos los ámbitos de la sociedad venezolana, sino que en el intento de identificar el mal en todas sus formas, se ha ido arraigando un pensamiento inquisitorial que mucho daño hace a las escasas iniciativas de unidad, sin que los inquisidores de esta historia se den cuenta que están representando el triste papel del “tonto útil” de un ufano régimen.

 

La “dialéctica” de la locura continuada

En esta dimensión orwelliano-kafkiana en la que se encuentra atrapada la sociedad venezolana, la peculiar noción de lo “dialéctico” –en el marco de una doctrina tan enrevesada que ni sus más recalcitrantes defensores son capaces de explicar– ha dado lugar a estructuras discursivas que intentan invertir o falsear la realidad en el imaginario colectivo.

La dialéctica no se relaciona en este contexto con tensiones u oposiciones –ni tampoco con argumentaciones–, sino que asume la forma de obscenas prácticas mistificadoras que erigen en santos a maleantes y que, como por arte de una magia sacada del legendarium de Tolkien, convierte en transverberación la experiencia de vivir en socialismo –o lo que es lo mismo, en medio de la escasez, la inseguridad, la insalubridad y la mediocridad–.

Esto movería a hilaridad si no fuese por el trágico hecho de que tales prácticas, a pesar de las aflicciones cotidianas, siguen creando brechas que, aunadas al radicalismo arriba mencionado, impiden la conformación de una fuerza cívica mayoritaria –en la que converjan las más variadas tendencias– que obligue a la restitución del Estado de derecho y que defina un rumbo que sí conduzca al pleno desarrollo del país.

Es por ello que, entre tantas tareas pendientes, es indispensable que la oposición haga también denodados esfuerzos para lograr una unidad discursiva –coherente y efectiva– que permita la aglutinación de sectores sociales hasta ahora confrontados, en aras de impulsar las acciones orientadas a poner fin a una locura continuada de tres lustros.

Y lejos de desestimarse tal propósito, cuya relevancia se evidencia en la conjugación de discurso y carisma que precipitó a la nación a un oscuro abismo, sería conveniente prestar oídos al doctor Francisco Javier Pérez, quien en su extraordinario artículo “Vacío e inconsciencia lingüística 2” –publicado en El Nacional el 7 de julio del corriente– advierte que “cuando entendamos que el lenguaje es fundador de la realidad y constructor de universos, sabremos que la sociedad se salvará”.

 

El colofón: los niños de Gaza y el farisaico humanismo revolucionario

No se requieren de muchas palabras para expresar la repulsión que causa el ver como un régimen que condena a miles de niños venezolanos al hambre, al constante temor e incluso a la muerte –al no proveer una atención sanitaria oportuna y eficaz ante padecimientos como el cáncer–, intenta sacar provecho de la tragedia de otros tan desventurados como aquellos.

Indudablemente, no se trata de reprobar la asistencia que se pueda prestar a las inocentes víctimas de un conflicto de larga data y gran complejidad, pero resulta inexcusable que se pretenda satisfacer las necesidades del hijo ajeno cuando las del propio son olímpicamente ignoradas.

Lo peor de todo es que tal pretensión no pasa de ser otro engaño con el que de modo torpe se busca exhibir ante el mundo la máscara del humanismo socialista del siglo XXI, sin darse cuenta quienes en esto se ocupan que con sus recientes actuaciones la transformaron en un grotesco adefesio que los hace lucir como el más horrendo de los habitantes del noveno círculo del infierno de Dante.

 

@MiguelCardozoM