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Gabriel Antillano

Los extraños entusiasmos del lector venezolano

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Cuando uno se propone hablar de la oferta editorial en Venezuela, es importante tomar en cuenta, de entrada, ciertas consideraciones. Para empezar, no es una industria ajena a la economía nacional. Dicho en términos más simples, si los mangos y la carne suben de precio, lo harán también los libros. La mayoría de las librerías no obtienen dólares preferenciales para traer libros, y aun si los tuviesen, vender a precios bajísimos no genera ganancias que puedan garantizar siquiera la cesta básica de sus empleados. Ambos casos significan un aumento en los precios de los libros. Si ya es difícil que la gente lea en nuestro país, traten de convencer a alguien de gastar 700 bolívares en un libro. Los altos precios en Venezuela fulminan a las editoriales independientes nacionales y atentan contra las librerías, que viene a ser lo mismo que atentar contra el lector. Claro, el oficialismo tiene como defensa las conocidas Librerías del sur y algunas rebajas en la Filven. Lo que la gente no entiende es que ambas son pantallas de humo, el gobierno da un subsidio a Monte Ávila para que puedan producir libros y venderlos a precios insólitos como 20 o 30 bolívares, haciendo creer así que los libros son baratísimos y hay unos libreros crueles –probables socios de la CIA y de la iguana que le hace guerra a nuestro servicio eléctrico, junto con sus camaradas “la derecha fascista”– que ponen unos precios imposibles para hacerse ricos, porque, claro, es posible hacerse rico vendiendo libros según la imaginación chavista. Es sencillo, si papá Estado te da una cantidad de dinero para que hagas libros –o los importes– y no te pide que se los retornes, solo que vendas el producto a bajo precio, lo haces. Ahora, si quieres hacer una editorial independiente, sin que el gobierno te pague, ¿puedes vender tu producto a esos precios? No.

Las opciones están entre editoriales venezolanas independientes, que deben vender sus libros a altos precios para recuperar la inversión y generar ganancias; editoriales del gobierno que venden libros a precios más que razonables, pero debes elegir entre su limitada oferta de títulos; editoriales internacionales con sucursales en el país, que sufren los mismos problemas de las editoriales nacionales independientes, y las editoriales internacionales cuyos libros hay que importar, lo que se traduce en altos precios.

Todas estas consideraciones explican lo difícil que es publicar, importar y/o vender libros en Venezuela. Es entendible que la oferta editorial entonces se vea reducida y existan autores y títulos imposibles de conseguir en librerías locales.

Sin embargo, aparte de esto, es evidente que el lector venezolano, ante la oferta, ha desarrollado ciertos entusiasmos incomprensibles. En algunos casos no queda claro si tales entusiasmos son creados por el mercado o por el consumidor.

Algunos ejemplos.

Argentina es un país que le ha dado al mundo algunos de los mejores escritores de todos los tiempos. Claro, cuando se dice esto se piensa en Jorge Luis Borges, lo cual es justificado y excluyente. La cantidad de magníficos escritores que ha producido argentina es notable. Borges, Adolfo Bioy Casares, Rodolfo Walsh, Cesar Aira, Rodrigo Fresán, Patricio Pron, Copi, Manuel Puig, Alan Pauls, Ricardo Piglia, Roberto Arlt, solo por nombrar algunos. En nuestro caso, el lector venezolano es un gran entusiasta de Julio Cortázar (en especial de su obra más cursi y menos lograda: Rayuela), Borges (en algunos casos contados y casi siempre por referencias ajenas a la lectura), Andrés Neuman (¿?) y Ricardo Piglia, en parte por el premio Rómulo Gallegos y su flema comunistoide (no excluyente de su enorme talento). Aunque estos gustos son en su mayoría entendibles, no lo es el desconocimiento de la obra de los demás escritores mencionados anteriormente. Que en Venezuela se lea con gran placer a Andrés Neuman y nunca se haya leído La velocidad de las cosas de Rodrigo Fresán o El beso de la mujer araña de Manuel Puig, resulta trágico. Por supuesto, ha habido intentos. En nuestro país se puede encontrar Vidas de santos de Rodrigo Fresán (un buen libro, pero lejos de estar entre sus mejores). También la notable editorial nacional Puntocero publicó una antología de cuentos de quien es, en mi opinión, el mejor escritor argentino joven del momento, e incluso uno de los mejores de habla hispana: Patricio Pron. Recientemente se trajeron algunas antologías de Rodolfo Walsh que ahora llevan polvo en algún rincón (alguien habría tenido que decirle a los venezolanos que Rodolfo Walsh escribió la novela de no ficción antes que ese escritor que sí conocen llamado Truman Capote). El caso de Argentina es extremadamente particular e interesante.

Otro ejemplo, desviándonos de la clasificación literaria por geografía, es el de la novela negra. Las librerías en Venezuela están a tope con libros de Henning Mankell. Hasta hace poco a los lectores nacionales los contagió la fiebre de la trilogía Millenium de Stieg Larsson. Entusiasmo que duró y dejó tras de sí la sed por novelas negras. Aparte de best sellers mundiales como los de John Katzenbach y el bombardeo de los libros de Mankell, poco se sabe de los clásicos y de los mejores. De nuevo, se hicieron intentos. Llegaron al país libros de la colección Roja & Negra de Mondadori (colección dirigida por Rodrigo Fresán, por cierto). La editorial Puntocero publicó A la cara (Moneyshot) de Christa Faust. Sin embargo, los extraños entusiasmos del lector venezolano prevalecieron. Se desconoció la obra de los maestros Raymond Chandler y Dashiell Hammett, no interesaron los aportes a la tradición hechos por los más que notables Jim Thomson, James M. Cain y Richard Stark, ni los recientes David Peace, Dennis Lehane y Jo Nesbo. No parecía que el gusto de los venezolanos por el género negro fuera en serio.

No solo surgen estas extrañas preferencias con la literatura internacional, también en nuestra literatura se manifiestan, lo que podría explicar el entusiasmo excesivo con Blue Label de Eduardo Sánchez Rugeles, ya que nunca se leyó Pim Pam Pum de Alejandro Rebolledo.

Es notable el trabajo hecho por librerías como Lugar Común y todo su equipo al traer títulos imposibles de conseguir en nuestro país. Sin embargo, mayor crédito aun merece la Librería Estudios ubicada en La Castellana, cuyo librero, Jesús Santana, constantemente brinda una oferta de las novedades editoriales más diversas y publicaciones indispensables para quien disfruta de la literatura, a pesar de los altos precios del dólar usado para su importación. Hay espacios, solo que a veces uno desearía que fueran más. No parece ser un objetivo cercano a lograrse.