• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Sergio Antillano

No se extingue

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

En las manos traen las plantillas de los llamados esténciles y los potes de pintura spray. Llegan al centro de la plaza donde ya hay personas esperando con sus franelas viejas. Aunque nadie conoce a nadie, intercambian saludos y al poco rato ya están estampando las franelas con los lemas y gráficas del gusto de cada quien. La escena se repite a diario desde hace dos semanas en una plaza de la ciudad donde en forma espontánea se ha conformado un grupo abierto y creciente llamado #MusicosEnLaCalle que en pequeños grupos van a lugares concurridos del espacio urbano y cantan para llevar su anhelo de mejor país, su protesta y su propuesta de #Paz. Les hemos visto en el Metro, en mercados populares, parques, colas de supermercados y centros comerciales. A quienes cantan o tocan instrumentos, les acompañan algunos que sostienen carteles o reparten volantes pidiendo libertad y cambio para el errado rumbo del país. La voz se ha ido corriendo y los voluntarios entusiastas cada día son más numerosos. Aunque predominan los más jóvenes, uno no deja de admirar la disposición y aporte de otros más trajinados, como ex integrantes de “Sentimiento muerto” o el creador del Festival Nuevas Bandas.

Así mismo ocurre con el ensamblaje de grupos e individualidades que están llevando el teatro a las calles agrupados bajo la iniciativa #ElTeatroDice. Junto a Javier Vidal o Gustavo Rodríguez, estudiantes de Unearte, grupos como Rancho Teatro y muchos otros, precisan monólogos o sketches, segmentos de obras, pasajes y textos que ponen en escena en acertados collages y con la inteligencia del texto elevan la reflexión sobre lo que somos o lo que queremos ser en un país que no se resigna al saqueo y la represión de los poderosos.

Estudiantes y profesores de las escuelas de Fotografía sumaron su atención hace semanas al caudaloso río que reclama un país mejor y hacen fotos que captan en manifestaciones o guarimbas, o de las víctimas de la violencia, o de los autores de la agresión… su ojo, su mirada y su sentir hacen imágenes que encuentran caminos para ser compartidas con miles de ciudadanos donde quiera que estén con la verdad que les imprime la honestidad de esas miradas múltiples y sensibles. Roberto Mata y muchos de sus alumnos, al igual que los de la Escuela Foto Arte o el contingente de pesada artillería visual de Nelson Garrido, son solo algunos de los que en todas partes están dando cauce a formas capaces de comunicar y provocar cambios.  

La protesta ha tomado formas visuales inusitadas que hacen presencia en afiches, volantes o mensajes en las redes digitales. El escenario múltiple de Internet es territorio de protestas y propuestas que busca afanoso cambiar el rumbo de este país herido. Y la fotografía y el reporte ciudadano es la más poderosa arma de comunicación y defensa, organización y convocatoria de una población sometida a la ausencia y censura de los medios convencionales no oficialistas.

La protesta está tomando nuevos rumbos. No deja la calle, sino que habita de otra forma. No pierde contundencia ni claudica reclamos. Solo evoluciona y cambia a nuevas o diferentes formas de rebelión, resistencia y cuestionamiento. Abandona las formas y maneras donde la violencia deslegitima el justo reclamo. Deja el espacio donde la violencia desacredita la pacífica y justa lucha ciudadana para irse a otros ámbitos donde puede comunicar y convencer, persuadir y lograr cometidos.

Es obvio que al ser una protesta inteligente que pretende lograr sus objetivos, el descontento ciudadano va aprendiendo cada día de la experiencia y modula sus acciones. Así, las primeras protestas estudiantiles que reclamaban seguridad para sus universidades ante el acoso que sufren de secuestros, robos, asaltos y hasta violaciones, derivaron en marchas descomunales en todo el país el #12F que fueron vilmente reprimidas. El asesinato de ciudadanos en esas marchas pacíficas provocó la iracunda reacción que se manifestó en bloqueos de calles y guarimbas. La inseguridad reinante, la brutal escasez de productos, la inflación más grande del planeta y el insólito estado de ineficacia de los servicios públicos ya habían creado el caldo de cultivo (“las condiciones objetivas”) para una rebelión que tomó cuerpo en pueblos y ciudades con rapidez y contundencia inesperada para muchos. El gobierno enfrentó la protesta con represión violenta y provocaciones mediáticas. Balas, gases, atropellos, arrestos y allanamientos ilegales, injurias y descalificaciones son los componentes de la arremetida oficial que siembra ira, violencia y destrucción en muchos estados de Venezuela. Los estrategas del poder saben que allí, donde reina la violencia, perece el reclamo justo y sus maquinarias de propaganda desvirtúan el sentido y razón de las movilizaciones ciudadanas. Tergiversan la intención de las protestas, inventan un enemigo externo, un golpe, un trasfondo satánico detrás de las cacerolas que truenan o los jóvenes estudiantes que gritan sus consignas. La violencia sirve al gobierno para desviar la atención de los problemas gravísimos que azotan al país y que son las causas inequívocas del vendaval.

La protesta inteligente, sabe bien –por reflexión y experiencias amargas– que solo en paz crece victoriosa y se gestionan las soluciones a los problemas de la nación. No hay solución en violencia y sin protesta. El descontento de la población no tiene sentido si no se transforma en protesta, pero esta no alcanzará a generar soluciones si no es pacífica. Por lo demás, está demostrado que nada bueno perdura si nace de un conflicto con muertes y heridos. Aquello que se impone a sangre y fuego no es sustentable en el tiempo sino con sangre y fuego, y no logra consensuar los anhelos de todos. Quienes detentan el poder lo saben. Usan la violencia para evitar el alcance de soluciones porque ellos son parte de los problemas y quienes protestan son parte de la solución.

La protesta se requiere para acercar soluciones y la paz es condición necesaria para que la protesta tenga sentido y se alcancen esas soluciones.

La protesta en paz son las reuniones que empiezan a darse de condominios, consejos comunales, asociaciones de vecinos y asambleas ciudadanas que reciben a estudiantes para escucharles y dialogar, para intercambiar ideas y anhelos y para encontrar caminos de consenso que cambien el país.

La protesta pacífica está en cientos de caminos que dejan colar su honesto deseo de construir un país próspero y para todos, donde impere el respeto a los derechos humanos. Hay quienes se organizan y generan volantes, hojas escritas, carteles y pancartas que distribuyen por todos lados y pegan sobre la piel de la ciudad. Otros hacen grafitis o esténciles y moldes para tatuar las paredes y suelos urbanos con reclamos, ideas, exigencias y propuestas. Hay cacerolazos aquí y allá mientras las protestas por reivindicaciones sociales se multiplican y ya se puede ver que el número de protestas superará la cifra de las más de 5.000 que hubo en 2013.

Cambiante, modulando y ecualizando según necesidades y escenarios, evitando dejarse entrampar por la violencia, la protesta ciudadana poderosa, por pacífica, seguirá dando cauce al descontento y abriendo caminos a las soluciones para alcanzar la verdadera paz, la que está constituida por democracia, Estado de Derecho, tolerancia, igualdad de oportunidades para todos, pluralismo, diversidad, inclusión, participación y respeto absoluto a los derechos humanos. La protesta se comporta según las leyes de la biología evolutiva y cumple también con aquella ancestral ley de la termodinámica sobre la conservación de la materia.

La protesta no se extingue, solo evoluciona. La protesta no desaparece, solo se transforma.  

 

*Ingeniero. Planificador ambiental. Comunicador visual.