• Caracas (Venezuela)

Opinión

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S:D:B Alejandro Moreno

¿Se explica?

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Leer la página de sucesos de los diarios en estos tiempos es someterse al estupor y al escalofrío. No por el persistente acontecer del asesinato ni por su cantidad siempre en aumento, en esto ya estamos curados de espanto, sino por las nuevas modalidades que el crimen está presentando y que superan con mucho la maldad e injusticia que estamos acostumbrados a esperar en semejantes hechos y que, por conocidas, tenderíamos a incluirlas en lo que podríamos entender como lo que sería “normal” en el delito y en la perversidad del homicidio. Creemos que por muy mala que sea una acción tiene que tener una racionalidad intrínseca, un sentido y un fin. No nos resulta fácilmente pensable que la maldad se haga exclusivamente porque sí. Si en algo se está caracterizando el crimen actual es que en demasiados casos no parece tener ninguna explicación comprensible. Por eso mismo resulta tan impredecible que echa por tierra todas las medidas de protección y defensa que se nos puedan aconsejar. Es cierto, sin embargo, que siempre alguna razón habrá aunque sea simplemente ejercitar el dedo pulsando el gatillo, quitarse una molestia de encima o gozar viendo el susto y el correr de la gente en medio de los disparos; pero nos cuesta pensarlo porque eso nos parece un sin sentido, un absurdo. Pues vayamos acostumbrándonos porque la noticia diaria da cuenta de cómo estos “absurdos” están proliferando y cada día ocupan un mayor espacio entre las muertes compitiendo con las producidas por el atraco, la venganza, el secuestro o el sicariato.

Lo podemos ver en dos pequeños grupos de hechos recientes que si tienen una modalidad cualitativa común, se diferencian en el tiempo y en el ritmo de la ejecución.

Va el primero: el hombre encuentra a un joven, durante una celebración callejera, echado sobre el capó de su auto, saca el arma y le da tres tiros; muerto. Un joven pide a otro un cigarrillo; ante la negativa de éste porque no tiene, dispara; otro muerto. El hombre está al borde de la calle, pasa un carro y le tropieza con el retrovisor, el afectado reclama, el conductor se baja y dispara.

Modalidad: descarga inmediata, liberación de impulsos, los autores no se dan tiempo para procesar ni en razonamiento, ni en imagen ni en principios éticos la acción.

Segundo grupo: “Esto es por tocar al perro”, dijo, y le disparó a la cara. El hombre había tropezado al pastor alemán del asesino sin mayores consecuencias. Luego se fue, regresó en una moto, lo encontró y le disparó. El empleado del negocio reconvino al señor por estar orinando en la vía; éste se fue al estacionaminto, montó en su carro, persiguió al otro y le disparó. El joven socorrió a su tía herida por un malandro y la llevó al hospital, regresó y se puso a lavar su moto; el malandro lo buscó y lo acribilló. Dos sujetos fueron sacados de la fiesta en la que se habían “coleado”, regresaron armados y dipararon contra todos: dos muertos y doce heridos.

En el primero de estos dos grupos de hechos podemos hablar de impulsividad no reprimida ni educada, de los deseos dejados a sí mismos, de la descarga instantánea de emociones incontroladas; sin tiempo. En el segundo, en cambio, podríamos hablar de lo mismo pero mediado por el tiempo. ¿Dónde buscar la explicación de lo uno y de lo  otro? ¿Qué diferencia cualitativa establece la duración temporal entre ellos? Lo espontáneo y más socorrido por la opinión pública es atribuirlo a falta de educación, a pérdida de valores, a disfuncionalidad familiar y otros tópicos. ¿Qué tendrán que ver realmente en esto la educación, los valores, la familia, y qué se puede hacer con ello, en ello y por ello hoy y mañana?