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Antonio Sánchez García

El exitoso fracaso de Fidel Castro

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De allí el profundo error en que incurren quienes cantan alabanzas por “el fracaso” de Fidel Castro. ¿Fracaso? Es el gobernante más longevo del planeta. Y morirá sentado en su trono honorario. Fracaso, el nuestro, incapaces de desalojar al sátrapa a su servicio. Es bueno tenerlo presente.

 

Tras 56 años de indómita tozudez, derrengado y arrastrando su senectud en medio de los vahos y sahumerios del gran gurú, Fidel Castro puede darse por más que satisfecho. Todos los presidentes que gobiernan en América Latina tienen su impronta, crecieron a su vera y le prodigan una veneración digna de un semidios. Los más distantes, como Piñera o Santos, también han ejercitado la genuflexión ante la tiranía. El último papa de la cristiandad va a prodigarle su cuota de veneración –de papa a papa– y la simpatía que le profesa alcanza tales cotas que el hijo del Prometeo caribeño cuenta que parecían dos viejos amigos. No se hable de Barack Obama, que arrió la bandera tras medio siglo de esfuerzos por sacarlo del poder.

Si mañana se lo llevara un soponcio digno de tiranos que desafiaron la eternidad podría exhalar su último suspiro con la inmensa satisfacción de los anhelos cumplidos. Sobrevivió a Mao, a Ho, a Sadam, a Gadaffi, al Che, a Cienfuegos, a Salvador Allende, a Hugo Chávez y a todos los jerarcas rusos posteriores a Stalin, por un lado; y a Eisenhower, a Kennedy, a Johnson, a Nixon, a Reagan, por el otro, así como a generaciones enteras de jóvenes latinoamericanos que ofrendaron sus vidas tras el sueño que alimentara desde La Habana. Gobernó más que todos los papas del siglo XX y sobrevivió a Juan Pablo II, a Juan Pablo I, a Pablo VI  y a Juan XXIII. ¿Qué más pedir? ¿Vivir hasta cumplir el centenario?

¿Fracaso? Superó en vida a todos los tiranos del comunismo internacional, ninguno de los cuales dominó el poder por más de medio siglo. Y solo en América Latina sobrevivió a todos los presidentes de las distintas repúblicas que ya fallecieron y fueran sus denodados enemigos mientras vivieron, de Rómulo Betancourt a Eduardo Frei Montalva y de los generales Jorge Rafael Videla a Augusto Pinochet. Hoy, en el colmo de la chochera pero inflado de halagos, asiste al despliegue del castrismo bajo sus distintas vertientes: desde sátrapas a su estricto servicio, como Maduro en Venezuela a peronistas conversos, como el matrimonio Kirchner o socialistas melancólicas como Michelle Bachelet. Quien se esfuerza por regresar a los setenta. Tiempos que lo vieran azuzando a la guerra civil en el esperanzado Chile de la Unidad popular.

El proyecto más relevante y prioritario de los tiranos es tiranizar. Fracasan, cuando sus pueblos se les enfrentan, los empalan o los despellejan. Como sucediera con Gadaffi y Benito Mussolini. No cuando sus ensoñaciones programáticas se asfixian en sus propias estupideces. El socialismo castrista tuvo el mismo fin que todos los socialismos totalitarios: hundirse en el pantanal de su congénita impractibilidad. Pero ello no constituye un fracaso de los tiranos, sino de sus delirios.

De allí el profundo error en que incurren quienes cantan alabanzas por “el fracaso” de Fidel Castro. ¿Fracaso? Es el gobernante más longevo del planeta. Fracaso, el nuestro, incapaces de desalojar al sátrapa a su servicio. Es bueno tenerlo presen