• Caracas (Venezuela)

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Demetrio Boersner

Tres exigencias básicas

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Desde el 12 de febrero, la tensión política y el cúmulo de incidentes conflictivos han aumentado sin cese en todo el país y, mientras escribimos estas líneas, sigue agudizándose la expectativa de posibles violencias y desastres. El mal gobierno iniciado por Hugo Chávez en 1999 ha empeorado de año en año y hoy nos encontramos frente a un régimen despótico, violador de todas las libertades y derechos garantizados por la Constitución, irracional y contradictorio, destructor de la economía y propiciador de caos. La mitad de la población venezolana se encuentra protestando en las calles o apoyando la protesta con variados grados de activismo. Lo que comenzó siendo un movimiento estudiantil y de clase media, de minuto en minuto se extiende más hacia las clases populares de bajo ingreso, que hasta hace poco aún mantenían alguna fe en el régimen que les proporcionó ciertas mejoras sociales (aunque sólo asistencialistas, no estructurales, y siempre inferiores a lo que se regalaba a pedigüeños extranjeros), pero ya se sienten hartos de tanta inepcia, penurias, desorden y corrupción, y confluyen hacia el frente de protesta dirigido por las más grandes federaciones sindicales del país contra el capitalismo estatal-cleptocrático que explota al proletariado.

Conservamos la esperanza de que, a última hora, el presidente y su equipo, arrinconados por la ingobernabilidad política y económica, por los reclamos de nuestro pueblo y de la opinión democrática mundial, y por las presiones de sus propios partidarios disidentes, acepten una gran negociación que produzca acuerdos imperfectos, pero capaces de salvar al país y poner fin a la violencia. Sin embargo, por realismo, no descartamos la posibilidad de que la insensatez prevalezca y ocurran desenlaces indeseables y traumáticos. En ambos casos la oposición democrática, unida y omniclasista, debería insistir en la adopción de tres medidas fundamentales inmediatas para la salvación de la nación.

Lo más determinante es el cese de toda represión y terrorismo de Estado, y la formación de un gobierno apegado a la letra y el espíritu de la Constitución vigente. La segunda gran reforma, simultánea con la primera, debe ser el abandono de la política económica y financiera ultraestatista y confiscadora que ha paralizado la producción y el intercambio, y el retorno a una economía de mercado como las que funcionan en países “normales” (llámense capitalistas o socialistas). La tercera exigencia fundamental es el cese de la subordinación a Cuba y la adopción de una política internacional desideologizada, geopolíticamente equilibrada, inspirada en el interés nacional y los principios de paz, libertad y derechos humanos. Todas las demás reformas dependerán de estas tres exigencias básicas.